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Pesimisma: Cisma futbolero

Entiendo la importancia del futbol en la vida de la gente, pero es que nomás no siento la puta vibra. Parece ser que no solo soy inmune, sino que soy cismática.

Tengo un exnovio muy futbolero que intentó predicarme el evangelio del Mundial pasado. Yo, una escéptica total de su religión, hice como que la virgen me hablaba, pero conforme las primeras fases de eliminación iban pasando, ya no hubo forma. Así que se hizo el sacrificio de sentarme ante la enorme pantalla, verde de lado a lado, a degustar un partido de octavos de final con él y sus amigos, para ver si acaso, mediante un bautismo de chela, la conversión ocurría. Cuando empezaron los gritos a la televisión, la gente en necesidad de pararse para semicontrolar el nerviosismo de sus piernas, el desborde de intensidad en las expresiones (por ahí del minuto 15, tampoco es que requirieran mucho aliciente), una acidez me subió por el pecho y mejor emprendí la discreta retirada. Eso le agüitó el partido también a él, que deseaba fervientemente que yo entrara también en el fervor. 

Entiendo la importancia del futbol en la vida de la gente, pero es que nomás no siento la puta vibra. Parece ser que no solo soy inmune, sino que soy cismática.

Hay una simple realidad detrás: no trago la euforia. No es una postura moral, sino una reacción física real. El entusiasmo masivo me pone los pelos de punta y no en un buen sentido. Me pasa en las iglesias, a veces en los conciertos, en ciertas borracheras y mucho más en los deportes. Tiene que ser una cosa que me importe muchísimo o que me guste muchísimo para que pase por alto todas las sensaciones de corto circuito que me agobian. 

No estoy sola en el mundo, las personas fóbicas al descontrol somos legión. En aquel partido con mi ex, los movimientos golpeados por el sentimiento me aceleraron el corazón y me pusieron a la expectativa de un desastre. Hay algo real de fondo: las peleas extrafutbolísticas alrededor del Mundial son vastas y tupidas. Conozco varias instancias en las que lo que debería ser la amigable degustación de un juego, se torna un escape room social. Demando una estadística (real o inventada) de los sentimientos que se desatan en torno a la temporada que se nos viene encima. Pero no es solo ese sustrato de la posibilidad de desastre lo que me pone así. Sería deshonesto decir que es nada más por precavida. Lo cierto es que mi alma de pollo sufre de a gratis. Mi sistema nervioso venía mal equipado para carreras de alta tensión.  No soy antipática por pose, sino por fisiología. 

El pedazo de Mundial que se jugará en México solo me da dolor de cabeza. Si a mi problemita de somatizar el entusiasmo ajeno le sumamos que hace ya muchos años me cuesta casarme con algo, se me complica todavía más el amor al convite colectivo. Y además, lo demás. Una lista larga y conocida: el nacionalismo detrás de apoyar un equipo de tal o cual país; los millones y millones de dólares que mueven este negocio para lxs ya de por sí millonarixs; el fanatismo de seguir a un equipo hasta la muerte (propia o ajena); las dinámicas machistas que siguen viviendo dentro y fuera de la cancha; que a todo el mundo en nuestro corrupto gobierno parezca importarle un pepino el despojo inmobiliario, ahora en anfetaminas por todas las estancias de renta breve para la gente que viene unos pocos días a esta ciudad. Simplemente no entiendo (soporto, literalmente) la vibración física, colectiva y testosterónica del futbol y ya está.


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