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Abramos cancha: La revolución ya firmó contrato con la WNBA

Histórico: la asociación de baloncesto profesional femenil de EE.UU. aprobó un convenio que aumenta los ingresos de las jugadoras y profesionaliza toda la liga

La Women’s National Basketball Association (WNBA) y su sindicato de jugadoras acaban de marcar un antes y un después en el deporte profesional. El nuevo convenio colectivo no es solo un acuerdo laboral: es una señal clara de que el negocio del deporte femenil ya no es promesa, es una industria en expansión que empieza a redistribuir su valor.

El acuerdo, pactado a siete años (2026–2032), llega después de más de 17 meses de negociaciones intensas y bajo la amenaza latente de un paro. No era menor lo que estaba en juego: por primera vez en la historia de una liga femenil profesional, las jugadoras tendrán participación directa en los ingresos del negocio, un modelo que redefine la relación entre talento y rentabilidad.

Las cifras explican por qué este momento es histórico. El tope salarial por equipo pasará de 1.5 millones de dólares a 7 millones en 2026, un salto sin precedentes. Los contratos máximos arrancarán en 1.4 millones y podrían superar los 2.4 millones hacia el final del acuerdo, mientras que el salario promedio rondará los 600,000 dólares.

Pero más allá del impacto inmediato, lo verdaderamente relevante está en la estructura: los salarios dejarán de crecer de forma fija y comenzarán a estar ligados al desempeño económico de la liga. Es decir, si el negocio crece, las jugadoras también ganan más. Este cambio rompe con décadas de modelos donde el talento femenino no participaba proporcionalmente en los ingresos que generaba.

El contexto ayuda a entender por qué este acuerdo llega ahora. La WNBA atraviesa uno de sus mejores momentos históricos: récords de audiencia, expansión de franquicias y nuevos contratos de derechos de transmisión valuados en más de 2,000 millones de dólares a largo plazo. Este crecimiento no es casualidad, es el resultado de años de construcción de marca, talento generacional y una narrativa que finalmente encontró eco en audiencias globales.

Además, el convenio no solo impacta el bolsillo. También mejora condiciones estructurales: viajes en vuelos chárter, expansión de rosters, mejores beneficios de salud, maternidad y desarrollo profesional. En otras palabras, profesionaliza la liga en todos los niveles, algo que durante años fue una de las principales demandas de las jugadoras.

Sin embargo, el acuerdo también abre nuevos retos. El incremento salarial obliga a las franquicias a replantear su estrategia deportiva: mantener a varias superestrellas bajo un mismo tope será más complejo, y la gestión de talento se volverá un ejercicio mucho más sofisticado. La WNBA entra, así, en una etapa donde el crecimiento económico exige también madurez operativa.

En perspectiva, este convenio no significa que la brecha con las ligas varoniles haya desaparecido, pero sí confirma que el deporte femenil está entrando en una nueva lógica: una donde el valor ya no se discute, se negocia.

Lo que hoy sucede en la WNBA no se queda en el basquetbol. Funciona como referencia para otras ligas, otras disciplinas y otras generaciones de atletas que entienden que el talento también debe traducirse en condiciones justas.

En pocas palabras, el dinero crece, el modelo evoluciona y el mensaje es contundente: cuando el deporte femenil se convierte en negocio, deja de pedir espacio y empieza a ocuparlo.

¡Abramos cancha!


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