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Las infancias en el 8M: Habitar el cuerpo, desobedecer el destino

Crecemos con la idea de que la niñez es una sala de espera, un tiempo de preparación para cuando seamos grandes.

Por Hannah Karime Rocha Lara , Colaboradora de la CIGU

Cada 8 de marzo, las calles se llenan de voces que denuncian la violencia, la desigualdad y las múltiples formas en las que el género sigue marcando nuestras vidas. Sin embargo, muchas de estas discusiones suelen centrarse en la vida adulta, como si la desigualdad comenzara después.

Mirar hacia las infancias, adolescencias y juventudes en esta fecha es también fundamental, porque es precisamente ahí donde los mandatos de género empiezan a instalarse: en los juegos que se permiten, en los silencios que se exigen, en las expectativas sobre quién debe cuidar, obedecer o arriesgar.

Si el 8M es un momento para cuestionar las estructuras que sostienen la desigualdad, también es una oportunidad para preguntarnos cómo estas estructuras se aprenden desde temprano y cómo escuchar a las personas jóvenes puede ser parte de construir relaciones más libres y justas.

Cuando el género dicta el destino

Crecemos con la idea de que la niñez es una sala de espera, un tiempo de preparación para cuando seamos grandes. El mundo nos dice que las opiniones de las infancias y adolescencias no tienen el peso suficiente porque carecen de esa madurez que, supuestamente, solo llega con un número. Sin embargo, si nos detenemos a mirar, descubrimos que los mandatos de género no esperan a que cumplamos 18 años; se instalan en el cuerpo desde el primer juego, desde el primer silencio impuesto, desde esa sutil instrucción de quién debe cuidar y quién tiene permiso de explorar.

En el marco del 8M, esta reflexión nace de la ternura radical y del reconocimiento de quienes hoy, siendo jóvenes, ya sostienen el mundo.

Para las infancias, el género se presenta como un mapa de lugares prohibidos. Como bien ha señalado la antropóloga argentina Rita Segato (2018), el patriarcado no es solo un sistema político, sino una pedagogía de la crueldad que nos enseña, desde muy pequeñes, a desensibilizarnos y a aceptar jerarquías como si fueran leyes naturales. A las infancias que se salen del molde binario, se les impone el mandato del cuidado y la pasividad, mientras que a otras se les exige la conquista y la fuerza.

CIUDAD DE MÉXICO, 08MARZO2025.- Niña realiza pinta en la marcha del 8M FOTO: ADRIANA ALVAREZ/CUARTOSCURO.COM

Esta socialización diferencial muestra cómo el género se aprende y se encarna desde edades muy tempranas. Como señala Judith Butler (2006), el género no es una esencia natural, sino una serie de normas y expectativas que se repiten hasta parecer inevitables. Desde la infancia se nos enseña, de maneras sutiles y explícitas, qué comportamientos son aceptables y cuáles deben evitarse. En ese proceso, muchas personas aprenden a ponerse al servicio de las expectativas ajenas antes que a escuchar sus propios deseos, limitando la posibilidad de descubrir quiénes somos más allá de lo que se espera de nuestro sexo asignado al nacer, erróneamente nombrado como género.

Reivindicar a las infancias hoy significa reconocer que la autonomía no es un interruptor que se enciende a los 18 años; es un proceso de construcción de identidad que debe ser respetado y acompañado. Como señala Segato (2018), romper con el mandato de la masculinidad hegemónica y la feminidad subordinada es el primer paso para desmantelar la estructura de violencia que nos atraviesa.

Reivindicar la juventud como acto político

Este 8M también marchamos para sanar a la niña que fuimos y que tuvo que aprender a hablar bajito, a no reaccionar ante las injusticias y a estar calladita para verse más bonita. Reivindicar la infancia es un acto de justicia reparadora. Es dejar de ver a las personas jóvenes como seres incompletos y empezar a verles como aliades en la construcción de una realidad donde el género no sea un destino manifiesto, sino un territorio de libertad.

Que nuestra lucha sea siempre desde el amor y la validación. Porque una sociedad que no escucha a sus infancias es una sociedad que se niega la oportunidad de renovarse con la honestidad que solo elles conservan. Sigamos caminando, con el corazón por delante, hasta que ser una persona joven no signifique nunca más tener que renunciar a ser una misma.


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