Darse un toque en la cedemequis no solo tiene un propósito lúdico: también es un acto de protesta. Cada 20 de abril —el famoso 4/20— la comunidad cannábica se deja oler más que nunca para recordar que la regulación integral de la marihuana sigue pendiente. En ese mapa verde de la ciudad conviven hoy puntos oficiales de tolerancia y otros tantos que existen, literalmente, para presionar al poder.
El gobierno de la capital reconoce tres espacios de tolerancia desde agosto de 2025. Uno de ellos está en la Plaza de la Lectura José Saramago, en el cruce de Circuito Interior y Paseo de la Reforma, gestionado por la organización civil Siembra Cultura. Ahí, Rafael Morán explica que el objetivo es ofrecer “un espacio digno, desestigmatizado, de libre desarrollo de la personalidad”, donde el consumo sea responsable y sin criminalización.
El lugar está lejos del cliché. Cada domingo hay torneos de ajedrez, organizan clases de dibujo y de inglés, conciertos, y hay zonas específicas para mujeres y un espacio donde personas de la comunidad LGBTIQ+ pueden sentarse a fumar sin sentirse incómodas. Godínez, repartidores, maestras, bikers, extranjeros y personas de la tercera edad son parte del paisaje cannábico en este lugar. La dinámica es muy sencilla, antes de entrar hay que anotar nombre, hora y firma en un cuaderno. No se permite alcohol ni otras sustancias, y siempre hay una mesa para resolver dudas sobre consumo, permisos o reducción de riesgos.
El segundo punto oficial está en Plaza Tlaxcoaque, luego de que el espacio anunciado originalmente en Plaza de la Concepción fuera retirado y reubicado tras el rechazo vecinal. Aquí opera el colectivo feminista Hijas de la Cannabis, que además mantiene un plantón permanente frente al Museo de Memoria y Tolerancia. Para Norma, integrante del colectivo, la protesta sigue siendo indispensable, pues “lo que empezó en las calles se va a quedar en las calles” mientras no exista una regulación real.
Ese espacio cumple tres años y funciona como un punto de información, talleres y acompañamiento, especialmente para mujeres consumidoras.
“El alcance que tenemos aquí para nosotras es muy importante porque justamente buscamos visibilizar que la comunidad marihuana aquí está”, dice Norma. Y subraya que el objetivo va más allá de fumar: se trata de autocultivo, derechos y redes seguras.

El tercer punto reconocido está en el Monumento a Simón Bolívar —rebautizado por la comunidad como “Simón Porrívar”— sobre Paseo de la Reforma, justo frente a la Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada. La ubicación no es casualidad. El espacio es gestionado por Comuna 420, un colectivo que también mantiene presencia frente al Senado, el Congreso y el Museo de la Ciudad de México.
“Los espacios no hacen derechos, somos las personas las que hacemos los derechos”, señala Víctor Novoa, y por eso, dice, se instalan frente a las instituciones que “nos deben la ley”.
“Si no nos quieren oír, nos van a ver; y si no nos van a ver, nos van a oler”, resume el integrante de la Comuna 420 sobre la lógica de estos puntos de protesta, que combinan consumo, información y presión política.
En todos los espacios —oficiales o no— hay algo en común: mesas informativas y reglas estrictas de convivencia, pero también, posibilidad de adquirir marihuana. A veces alguien se acerca discretamente; otras, la oferta es más directa. No hay alcohol ni otras drogas, y el mensaje se repite: consumir sí, pero con orden.
Así, en el marco del 4/20, la ciudad se vuelve un mapa cannábico donde cada toque cuenta una historia distinta: unas de tolerancia institucional, otras de resistencia. Todas, por una lucha que sigue prendida.

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