Entre invernaderos repletos de color y campos de agave que tardan años en madurar, el Gobierno del Estado de México impulsa una experiencia turística que conecta a visitantes con la esencia de la región: la Ruta de la Flor y el Mezcal.
Más que un recorrido turístico, esta experiencia permite conocer de cerca el trabajo de miles de familias mexiquenses que han dedicado generaciones enteras a cultivar flores y producir mezcal artesanal. Se trata de una inmersión en procesos productivos, tradiciones, sabores y saberes que hoy forman parte de la identidad del Edomex.
En el marco de “Estado de México. Destino futbolero”, la gobernadora Delfina Gómez Álvarez ha impulsado estas rutas para que visitantes nacionales e internacionales descubran una cara distinta de la entidad: la de sus comunidades productoras, su gastronomía y su riqueza artesanal.
La Ruta de la Flor: un recorrido por el corazón de la floricultura del Edomex
La Ruta de la Flor recorre algunos de los municipios más importantes para la producción ornamental del país, como Villa Guerrero, Tenancingo, Coatepec Harinas e Ixtapan de la Sal.
Aquí, los visitantes pueden observar todo el proceso que da vida a flores como rosas, crisantemos, gerberas, lilis, girasoles y claveles: desde el cultivo hasta la exportación.
De acuerdo con el Gobierno del Edomex, la entidad aporta el 50% de la producción nacional de flores ornamentales y concentra el 78.5% de la producción de rosa a nivel país.
Entrar a uno de estos ranchos florícolas es encontrarse con un mar de rosas, gerberas y lilis que parecen no terminar nunca. Filas de flores, colores y muchas manos trabajando con precisión muestran que detrás de cada ramo hay años de conocimiento.
La producción de flores en esta región comenzó en 1987 con cultivos de rosas, gerberas y lilis. Hoy, buena parte de esta producción cruza fronteras y llega hasta ciudades como Los Ángeles y Miami.
Jorge Pérez Miranda, floricultor de Villa Guerrero, explica que todo comienza desde el campo:
“El proceso inicia desde el campo, donde se cultivan las flores que posteriormente se seleccionan, limpian y preparan para convertirse en ramos.”
Gran parte de la demanda se concentra en fechas clave como San Valentín o el Día de las Madres, tanto en México como en el extranjero.
La operación de un vivero implica trabajo constante. Tan sólo en el área de limpieza trabajan cerca de 60 personas, aunque la cadena productiva completa genera alrededor de 150 empleos.
La producción anual oscila entre 8 y 9 millones de flores, una cifra que se ha mantenido estable durante los últimos años, de acuerdo con los productores.
“Para garantizar la calidad del producto, es fundamental conocer el proceso completo, desde el cultivo hasta la selección final”, contó el señor Jorge Pérez Miranda.
Esa exigencia también define el orgullo de quienes han hecho de la floricultura su oficio.
“El orgullo de ser floricultor en Villa Guerrero radica en llevar flores de la mejor calidad tanto al mercado nacional como al internacional”, dijo Pérez Miranda.
Rosas rojas, blancas y fucsias llenan los invernaderos mientras cada flor recibe cuidados específicos. Nada se deja al azar.
La floricultura exige atención todos los días del año. Cada flor debe llegar fresca, fuerte y en condiciones óptimas.
Además del recorrido por los invernaderos, la ruta incluye talleres de diseño floral y experiencias gastronómicas regionales, como la degustación del tradicional pepeto de Coatepec Harinas.
Si la primera parte del recorrido huele a flores recién cortadas, la segunda cambia de escenario.
La Ruta del Mezcal: del agave a la copa
Si la Ruta de la Flor muestra color y delicadeza, la Ruta del Mezcal revela paciencia, tierra y fuego.
Esta experiencia integra municipios con tradición mezcalera como Malinalco, Zacualpan, Tonatico, Tejupilco y Zumpahuacán, entre otros.
Aquí, los visitantes conocen de cerca la elaboración artesanal del mezcal, bebida que en 2025 obtuvo Denominación de Origen en el Edomex.
La ruta permite recorrer todas las etapas del proceso: cultivo del agave, jima, cocción, fermentación, destilación y, por supuesto, degustación.
Fábrica Re-Mula
En la fábrica Re-Mula, ubicada en El Palmar de Guadalupe, en Malinalco, el maestro mezcalero Rómulo Medina Núñez comparte el conocimiento heredado por generaciones.
Todo comienza con la paciencia. El proceso de maduración del agave requiere entre siete y ocho años antes de poder producir mezcal.
“Digamos que tarda de siete a ocho años. Nosotros no llevamos un conteo exacto de la edad de este agave, pero sí sabemos que al cumplir siete años se va a abrir la espina y va a crecer su flor”, contó.
Cuando el agave está listo, comienza a desarrollar el quiote, una estructura floral que puede medir entre tres y cuatro metros.
Rómulo explica que este momento es clave.
“Nosotros a la flor le llamamos quiote, alcanza como unos tres, cuatro metros de altura y florece”.
Sin embargo, para producir mezcal, ese crecimiento debe interrumpirse.
“Cuando va creciendo, lo que hacemos es cortarlo para evitar que el agave florezca y, en lugar de que los azúcares suban, se almacenen solamente en el centro y es lo que vamos a utilizar nosotros para el mezcal”.
Después de cortar el quiote, el agave descansa un año más. Eso permite concentrar azúcares en el corazón de la planta. Las piñas pueden variar considerablemente en tamaño.
“Hay piñas que alcanzan a pesar nada más cinco kilos, hay piñas que alcanzan hasta superar los cien kilos”.
En el caso del espadín, explica Rómulo, la planta es más uniforme.
“Digamos que todas las piñas alcanzan un promedio de 50 a 80 kilos”.
El agave también tiene dos formas de reproducción: por hijuelos y por semilla.
“Los agaves pequeños vienen siendo hijos del mismo agave. Pero si queremos una plantación mayor, se deja florecer el agave. No va a funcionar para el mezcal, pero sí para la reproducción”.
Cocción en horno de tierra
En la destiladora El Palmar, el siguiente paso del proceso ocurre bajo tierra. Aquí se mantiene viva una técnica ancestral: la cocción en horno de tierra.
Todo comienza con un hoyo en la tierra. Ahí se acomodan piedras que se calientan durante cuatro o cinco horas con leña de tepehuaje, una madera que genera brasas intensas y conserva el calor por más tiempo.
Cuando las piedras alcanzan tonos rojizos o blanquecinos, el horno está listo. Entonces se colocan las piñas de agave, generalmente partidas por la mitad. Esto es necesario porque algunas pueden pesar hasta 200 kilos.
Si entraran enteras al horno, el exterior podría cocinarse mientras el corazón quedaría crudo. Después, las piñas se cubren con palma verde y tierra. Durante tres o cuatro días, el calor y el vapor hacen su trabajo lentamente.
Cada día se agrega agua para generar vapor que ayude a cocinar uniformemente el agave.
Al finalizar la cocción, el aroma cambia por completo. El agave desarrolla notas dulces, ahumadas y terrosas que anticipan el perfil final del mezcal.
Después vendrán otras etapas: machacado, fermentación y destilación.
El resultado final es una bebida profundamente ligada al territorio y a la identidad mexiquense.
Para Rómulo Medina, el turismo puede marcar una gran diferencia para las familias productoras:
“Nosotros les ofrecemos, en primera, un buen mezcal, darles la prueba y atenderlos bien para que se vayan contentos”.
El beneficio no termina en una botella vendida.
“A nosotros nos serviría que el turismo nos visitara porque de ahí podríamos mantener a nuestra familia, gente que nos ayuda a trabajar y tendría más salida el mezcal”.
Fechas y precio de la ruta
Si te interesa vivir esta experiencia, considera que el costo estimado de la ruta oscilará entre $1,500 y $2,000, que incluirá transporte, talleres y degustaciones. Aunque por ahora aún no se han confirmado fechas de inicio, se contempla que esta propuesta turística forme parte de la oferta permanente del Edomex.
Mientras se anuncian las primeras fechas, la Ruta de la Flor y el Mezcal promete convertirse en una de las mejores escapadas para conocer otra cara del Estado de México: una donde el aroma de las rosas se mezcla con el del agave recién cocido y cada parada tiene una historia que contar.