En medio del bullicio del Centro Histórico de la ciudad, ahora reducido parcialmente por la pandemia de covid-19, un letrero de “Se renta” llamó la atención de locatarios y transeúntes. Y no es para menos, la lona apareció colgada en las cortinas cerradas de la Cantina La Vaquita, un lugar que resguardaba 100 años de historia.

Se dice que la cantina estuvo cerrada por seis años y que su historia comenzó en septiembre del año 1920. En septiembre pasado, La Vaquita cumplió 100 años de existencia que llegaron para decir adiós a tragos emblemáticos como El Colibrí (vodka,Martini, anís y Campari) y el Perro Salado (tequila, agua mineral, refresco de toronja, sal y limón) y poner fin a cientos de historias de amigos, ciclistas, estudiantes de filosofía y familias que ya no llegarán a reunirse en el lugar.

Historias de cantina

Como todo lugar mítico de la ciudad, los pilares y muros de Cantina La Vaquita -ubicada en la esquina de Mesones e Isabel La Católica- tienen muchas historias por contar. Estas tres son sus más populares. La primera cuenta que el mismísmo Cantinflas —antes de su fama— trabajó por muchos años en el lugar, donde pasó noches enteras al punto de dormir en la barra. La segunda que cuentan los locales es que Frida Kahlo y Diego Rivera eran clientes frecuentes de la cantina y que incluso fueron quienes le pusieron ese nombre. 

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Y la última pero no menos interesante es la del escritor y periodista Carlos Monsiváis, quien hizo de esta cantina una recinto popular por incluirla en su ruta de paradas imperdibles entre los que destacan otras cantinas del Centro Histórico como La Faena, La Ópera, El Tenampa y desde luego, La Vaquita. “Santuarios errátiles en los que prodigan situaciones patéticas, cómicas, trágicas, melodramáticas. En ellas se reúne todo tipo de persona”. Con esas palabras Monsiváis describe las cantinas de su ruta en el libro A ustedes les consta.

Tortas La Vaquita

Foto: Leo Pérez/Chilango

Palomitas, chicharrones y cacahuates era lo que, como toda buena cantina, ofrecían en la Vaquita a todo aquél que llegaba. Para probar el menú del día en donde preparaban platos tan sencillos como un caldo de camarón o tan sofisticados como los escargots, había que pedir tres tragos o cuatro cervezas. Pero las joyas de la corona y estrellas de la casa eran las tortas que por el éxito obtenido ocupaban una de las cortinas del lugar para ofrecer tortas de pollo deshebrado, milanesa o las especiales de pierna horneada y chile relleno.

La Vaquita Voladora

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Además de la magia y el ambiente que hace únicas a las cantinas, eran muchos los detalles que hacían de La Vaquita una cantina especial. Los mosaicos en las paredes le daban un toque mexicano similar al de las fondas y los espejos en las columnas hacían sentir que el lugar era mucho más amplio. ¿Habrán cubierto con pintura la foto del jardín que tenía años en la misma pared? ¿Seguirá colgando sobre las mesas del salón principal la famosa vaquita de madera? No tenemos las respuestas pero se nos apachurra el corazón de pensar que La Vaquita tuviera que cerrar sus puertas como consecuencia de la pandemia.Hasta Google lo anuncia con un “cerrado permanente”.