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Martha Mega: cantar el despecho para hablar de lo que duele

Poeta, dramaturga y ahora cantautora, Martha Mega estrena Pinche Intensa: canciones de ardida que suenan a despecho pero esconden verdades incómodas

Por Carlos Acuña

Al lado de Martha Mega cualquier tragedia parece pequeña. Sus 180 centímetros de estatura hacen honor a su apellido y a ella le gusta presumir esa altura de miras. El año pasado, por ejemplo, para la presentación de su nuevo EP, Pinche Intensa, compró  un vestido azul celeste, con unas hombreras superlativas y una caída larga que la cubría desde el cuello hasta los tobillos y la hacían parecer una montaña.

“¡No sabes cuánto sufro!”, me dijo entonces mientras cerraba los ojos y, dramática, se tocaba la frente con el dorso de su mano. “Amo este vestuario. Lo compré por internet. Pero se nota cuando se moja. Mucho. Y yo soy alguien que suda. Mucho. Sudo nada más por existir. Por estar viva”.

Por fortuna, lidiar con vestuarios, luces, telones, coreografías es justamente su oficio: dramaturga y teatrera profesional, la intensidad es su terreno desde hace años. “Voy a tener que llenarme toda de talco para que no se note”, ríe.

Cuando dice que “lo suyo es el drama”, Martha Mega habla tanto de una decisión estética como de su postura política. Poeta, directora escénica, agitadora cultural, ceramista, jaranera y ahora cantautora: Mega acumula personajes de sí misma como quien colecciona sombreros. El año pasado logró —por fin, dice ella, como si hubiera tardado siglos— que todas esas versiones de sí misma se pusieran de acuerdo el tiempo suficiente para grabar cinco canciones y presentarlas frente a unas 150 personas en el Foro 246, de la colonia Roma. 

Pinche Intensa es, a la vez, una carta de amor a la Ciudad de México, un manifiesto de mujer ardida y un caballito de Troya. Rolas que a primera oída parecen de despecho o de desamor —lo son— pero que, en el fondo, hablan también de personas desaparecidas, narcotráfico, feminicidios, libre consumo de sustancias. Temas serios, aunque Martha Mega se las cante a sus exnovios malvados: aquellos que le rompieron el corazón mil veces. Porque el drama, lo sabe bien, es uno de los muchos nombres que adopta la venganza.

La intensidad como brújula

Pero antes del escenario y los estudios de grabación están las calles: las esquinas donde hubo besos y reclamos, las mesas de pulquería donde se lloraron los amores, lugares que a veces duele caminar. Lo dice mientras cruza el Puente de Oxtopulco, un vestigio virreinal a espaldas de Coyoacán, en la colonia Chimalistac donde sus padres la llevaban a jugar cuando era niña.

Hija de mexicano y argentina, Martha creció entre fronteras. Durante años idealizó una Argentina que apenas conoció. Hace poco comenzó a vivir de forma intermitente en ambos países (tres meses allá, tres meses acá) y la sensación de desarraigo le pesa.

Ser de dos sitios es no ser de ninguno. Una amiga le dijo una vez: “ningún viaje es gratis”. Y es cierto. Cada vez que vuelve a la Ciudad de México, su hogar natal, se descubre tan distinta como la ciudad misma que tanto cambia en su ausencia.

Conocí a Martha Mega hace unos diez años. Era una de las figuras más memorables de los slams de poesía, en donde aprovechaba sus tablas como teatrera para escenificar sus poemas usando su cuerpo como instrumento de percusión y su histrionismo como provocación.

Pero su nuevo EP, Pinche Intensa, es otra cosa: una apuesta total en donde los géneros se licúan.

Si en La Sentencia, Mega subvierte la narrativa violenta de los corridos bélicos al cantar desde la perspectiva de una mujer que sufre las consecuencias de la guerra, en Oye, Morra (la cumbia del spoiler) aprovecha el vaivén de la cumbia para advertirle a la nueva novia de algún ex sobre ciertos episodios de violencia. Después, en C’est fini entona una dulce balada que lo mismo puede hablar del fin del amor que de la crisis de desaparecidos o la necesidad de las autoridades por ocultar información.

“Cuando era niña mis papás ponían todo el tiempo a Silvio Rodríguez”, ríe. “Yo me decepcioné mucho cuando me enteré que no hablaba de amor sino de la revolución cubana: sus rolas eran caballitos de Troya. Me di cuenta que yo quería hacer eso.

“En realidad, Pinche Intensa es una carta de amor a la ciudad, a la ciudad que conocí: a sus sonidos, a mis amigos, a sus calles”, concluye.


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