Por Bryan Rivera
Docenas de mujeres ejercitan las piernas en una explanada cuyo fondo blanco marca contraste con su ropa azul, color que identifica a quienes ya purgan una condena definitiva.
Van soltando el cuerpo en el frenesí de un improvisado tambor africano, domado por una compañera que todavía viste de beige y que, por lo tanto, sigue su proceso penal, sabrá por qué delito.
Son observadas al frente por Dulce María Ciete Dominguez, “Xibalbá”, quien encabeza la clase de danza afro en esa caliente explanada del penal femenil “Sergio García Ramírez”, en Chiconautla, Estado de México.
Es una irreverente rapera y tallerista sociocultural y laboral que no la piensa dos veces para gritar con áspera voz lo que no debe callarse.
De las rejas al activismo
La identidad de “Xibalbá” se construyó en la violencia de una periferia. Por allá del 2005, esta férrea chamaquita morena de 16 años se trenzó con una chica en una unidad habitacional anclada a las faldas del cerro del Chiquihuite, a quien le tenía guardada la deuda de haberle pegado cuanto llevaba seis meses de embarazo, resultado de una vorágine de roces entre adolescentes y veinteañeras enemistadas.
La agresora devenida en víctima denunció a Dulce María por robo, apelando a que las patadas y golpes perseguían tal fin. “No la robé, y pues me la cuadró bien bonito”, explica “Xibalbá”.
Sus dos semanas como reclusa en Santa Martha bastaron para notar las fisuras del sistema penitenciario de esos años. Sobre todo, la nula política cultural y falta de actividades que ayudaran como terapia ocupacional a las “compañeras” quienes, si acaso, se entretenían pegando popotillo con cera de Campeche o haciendo bolsas de rafia.
Dulce María, quien entonces todavía no se autodefinía como Xibalbá, consolidó su primer taller dentro de la prisión tres años después, en 2008, ya con algo de experiencia en programas juveniles de difusión y promoción cultural que pocos pelaban.
En ese primer taller, 35 presos aprendieron a hacer unos alebrijes que vendieron “bien barato” a las visitas del Reclusorio Norte.
La colectiva carcelaria
Dos años después de ese primer taller, Dulce María formó Arte Arma, el colectivo carcelario que suma 16 años de trabajo. Sus 250 integrantes ofrecen talleres de rap, MC, break dance y grafiti, entre otros, en prisiones de la CDMX y el Edomex.
No son pocas las reclusas que toman más de un taller por la liberación de tener una actividad que suavice la carga de esas paredes grises. Son obvios pero importantes los temas que las reclusas empujan a través del rap, uno de los talleres más concurridos.
“Uy no, pues el abandono hermano, ése no falla. En sus letras vemos que extrañan a su familia, a sus hijos. Es un tema muy delicado para ellas”, dice “Xibalbá”.
Los talleristas usan al arte como una mirilla para que las internas observen otras realidades que se relacionan a la suya, como los feminismos, aunque estos aún no permean en las prisiones con la misma potencia que en otras esferas sociales, agrega.
Internas muestran más interés por el rap
“Xibalbá” se considera una infiltrada dentro del sistema. Y como infiltrada en la prisión, hace que el arte estire los límites: “Metemos música contra el sistema que te abre los ojos, que te dice lo que está, cómo te están utilizando y qué es lo que está pasando”.
Es quizá esa identificación la que ha provocado que el rap sea el arte urbano más demandado por las internas, derivando incluso en la conformación de otros colectivos carcelarios.
Porque se trata de fomentar una expresión en quienes están acostumbrados al ninguneo, interno y externo. Conectar, dice “Xibalbá”, como sucedió en una clase de afro, donde las más revoltosas, sude y sude, empezaron a llorar, como destrabadas del cuerpo.
“Hemos conectado tanto, yo creo que porque también la bandita es banda igual, banda de barrio. Entonces hacen ese clic”, considera.
“Arte Arma” sigue entrando a las prisiones para llenarlas de grafiti, danza y música. Y “Xibalbá”, como el resto, no deja de rapear.