“Tengo 69 años y lo que busco es tranquilidad”, dice Gabriela Elliot, quien nació y creció en la Doctores. Recuerda que escondía ropa en los baños del Centro Médico para cambiarse antes y después del trabajo. Sus referentes eran María Victoria, Tongolele y Celia Cruz.
“Desde chiquita quería ser mujer”. Señala que su transición fue algo que pensó muchísimo porque “era una operación que no tenía vuelta atrás”. Hoy, a más de 45 años de su cambio de sexo en Tijuana, no se ha arrepentido. “Claro que lo volvería a hacer”, reconoce.
Gaby cuenta que salió de su casa muy joven porque su mamá tenía un carácter fuerte. Empezó a convivir con chicas travestis que le daban techo y comida mientras ayudaba limpiando. Más adelante comenzó el trabajo sexual porque “no había otra manera para mantenerse”.
“Conocí a unas chicas que para mí fueron muy impactantes: por el día no dabas ni un quinto por ellas, pero en la noche eran unas divas. Cuando me dieron la oportunidad de irme a trabajar con ellas, se hizo un zafarrancho, le pegaron a una y todas fuimos detenidas. Así comenzó mi trato con los agentes”, recuerda Gaby, a quien llevaron al Tribunal para Menores cuando tenía alrededor de 12 años de edad.
También vivió una relación violenta que duró más de 20 años y de la que fue difícil salir. “Me exigía, me golpeaba. Todo eso lo aguanté”, rememora.
En la década de 1980 estuvo afiliada a la Asociación Nacional de Actores (ANDA), participó como vedette en el show Tercera dimensión y trabajó en centros nocturnos —incluyendo Los Monarcas, junto a Emma Yessica Duvali— y fotonovelas.
Durante los años 2000 pasó cinco años en una prisión femenil por un problema en el que se vieron involucradas varias amigas. Ahí terminó la secundaria y trabajó. Cuando salió consiguió empleo en restaurantes, limpieza y seguridad, hasta llegar al Hospital General.
“Los cachetitos se nos van haciendo aguaditos, nuestras pieles se van arrugando. Con mucha dignidad estoy recibiendo la vejez porque cada grieta ha sido una experiencia de vida”, sostiene Gabriela Elliot, a quien el Archivo de Memoria Trans le ayudó a sacar cosas que llevaba guardadas.
“Me levanta la pila, porque a pesar de que sufrí mucho, las aguas se tranquilizaron”, señala sobre el homenaje que recibió en el Museo Transfemenino. Para Gabriela, la vida es un boleto que no tiene vuelta atrás: “El día que Diosito me llame a cuentas, me voy satisfecha”.