El ecofeminismo en México no solo lucha por los derechos de la mujer, sino que busca reclamar la necesidad de acceso a los recursos naturales, de comer productos sanos y de moverse con libertad.

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Cuando íbamos en primaria nos enseñaron geografía. Aprendimos sobre capitales, ríos, lagos y fronteras, pero nadie nos enseñó que el primer territorio es el cuerpo mismo.

“Es bien importante entender que cuando se habla de ecofeminismo, hablamos de recuperación, del cuidado del territorio. Ese territorio eres tú, tu casa y la ciudad en la que estás”, asegura Melissa Bonilla Barillas, integrante de la colectiva Nahuala Indómita.

Karla Helena Guzmán Velázquez, una de las mayores exponentes del ecofeminismo en México, coincide: “Hay muchas geografías, muchas formas de hacer territorio, de habitar el espacio y en todas nos atraviesa el cuerpo”, dice en entrevista con Chilango.

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Ambas mujeres explican que el ecofeminismo o feminismo ambiental encuentra una conexión directa entre la violencia de género y la explotación de recursos naturales.

Señalan que la violencia contra la mujer y contra de los recursos naturales emana de los mismos lugares y tiene puntos en común.

Por eso, el ecofeminismo reconoce todas las luchas como parte de lo mismo: la discriminación racial, por orientación sexual, por identificación sexogenérica, por clase, por origen. 

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Ilustración: Angélica Cadena.

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En los años 70, en medio de una serie de revoluciones sociales sobre el cuerpo y el cuidado del medio ambiente, nació el ecofeminismo.

Françoise d’Eaubonne, escritora y feminista francesa, acuñó el término “écoféminisme” y desarrolló los primeros escritos sobre el tema, de acuerdo con la agencia EFE.

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A nivel internacional, algunas de las ecofeministas más destacadas son Vandana Shiva, de la India, Carol Adams, Mary Daly y Karen Warren, de Estados Unidos; Val Plumwood, de Australia, Alicia Peleo y Yayo Herrero, en España; y Maria Mies y Petra Kelly, de Alemania.

También se debe reconocer a Wangari Maathai —conocida como la “Mujer Árbol” por impulsar la plantación de millones de árboles— quien fue la primera mujer en África en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2004.

En América Latina, una de las ecofeministas más reconocidas fue Berta Cáceres, líder indígena hondureña, asesinada en 2016 por defender su territorio. En esas latitudes, este movimiento funciona diferente, pues se aboca más a la práctica que a la teoría. Muchas defensoras de medio ambiente lo hacen desde la perspectiva de género.

En México se ha gestado el feminismo ambiental desde colectivas como Mujeres y La Sexta, que pertenece al movimiento zapatista. También es importante mencionar los nombres de Yásnaya Águilar y Aura Cumes, que desde diferentes frentes han estudiado sobre las opresiones hacia los territorios y su gente.

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Ilustración: Carmina Vergara.
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Los datos de violencia contra la mujer y el medio ambiente en México son brutales.

Cuatro de cada 10 mujeres del país viven en pobreza laboral, indica el Semáforo de pobreza Cómo Vamos.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), 80% de la producción de alimentos está a cargo de las mujeres y ellas son quienes sufren más el impacto del cambio climático.

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Además, según varios reportes, ellas casi siempre son las encargadas de ir a recoger agua cuando no llega directo a las casas y entre menos agua hay, más difícil es para ellas.

“Es urgente y clave que CDMX se vuelva más ecofeminista”, asegura Raiza Pila, ecofeminista, bióloga y creadora de Planeteando. “La crisis que vivimos aquí surge también de la desconexión de procesos naturales y de las relaciones de género y cómo están integradas”.

Lo que plantea Raiza es que todos los problemas son atravesados por el género y por una perspectiva de medio ambiente.

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Ilustración: Ana Karina Romero Ulloa.
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Cuando se habla de defensoras de la naturaleza es común imaginarse a unas amazonas; sin embargo, hacer ecofeminismo en México es más sencillo.

Se trata de hacer valer el derecho a habitar el cuerpo, así como el ambiente. Es reclamar la propiedad y la necesidad de respirar aire limpio, de comer productos sanos y de moverse con libertad.

La Ciudad de México nunca ha dejado de transformarse, pero muchos de los cambioshechos desde la ciudadanía en los últimos años, apuntan a crear dinámicas comunitarias, que ayuden a reconectar con la naturaleza y los propios ritmos de vida.

En cada alcaldía ya hay por lo menos un huerto comunitario. También hay proyectos que impulsan técnicas agroforestales y agroecológicas y hacen actividades en las que se cuestionan las dinámicas sociales, la concepción del género y su impacto en la vida. 

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Estas son algunos de los lugares en los que se hace ecofemismo en México:

También hay colectivos y movimientos sociales, como Nahuala Indómita y Luz Verde, que promueven la reconstrucción de la naturaleza y la restauración de las dinámicas sociales.

Sin embargo, no es necesario salir de casa para hacer ecofeminismo.

Una de las prácticas ecofeministas que podemos hacer es cuestionar el origen de los productos que consumimos.

Dado que más de la mitad de los alimentos son cosechados y producidos por mujeres, vale la pena indagar cómo les impacta nuestro consumo, dicen las especialistas.

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¿Son remuneradas justamente?¿Cuáles son sus condiciones laborales? ¿De dónde vienen esos productos y qué recorrido hacen para llegar a ti? ¿Cuántas personas estuvieron involucradas en todo el proceso?

“Es incómodo porque cuestionas cosas que tenemos tan naturalizadas, que hacerlo puede ser alarmante”, explica Brianda Suárez González, también integrante de Nahuala Indómita.

De esta manera el ecofeminismo en México y el mundo propone romper con estructuras implantadas en la cultura. Por ejemplo, la violencia agropecuaria, la explotación del agua y quiénes tienen acceso a los recursos, los patrones de consumo de la ciudad o la forma en la que se valora el trabajo de las mujeres.

Las prácticas que propone el ecofeminismo pueden impactar la dinámica de la ciudad. Cuestionar y modificar lo que hacemos cotidianamente, así como consumir productos que no opriman a mujeres, usar baños secos, hacer composta y exigir que las autoridades respondan a las necesidades con conciencia tendrá como consecuencia una ciudad en donde haya mucha más calidad de vida, señalan las colectivas.

“(El ecofeminsmo) Puede ser restaurativo para muchas cosas, para el tejido social, para disminuir la violencia de género, para contrarrestar al cambio climático”, asegura Karla Helena y Agrega que se trata de un esfuerzo colaborativo.

Ilustración: Melissa Bonilla Barillas.
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Pese a que surgió en los 70, el ecofeminismo en México es un movimiento pequeño, discreto, pero en crecimiento.

“Aún hay pocos espacios en los que el ecofeminismo es abrazado y bienvenido”, aclara Karla Helena; sin embargo, agrega, cada vez hay más.

“Es como esas hierbitas que van cubriendo suelo y no quieren subirse a los árboles, sino cubrir todo el suelo para nutrirlo”, añade Melissa.

Para que el ecofeminismo continúe en expansión es necesario crear espacios en los que más mujeres y hombres se inspiren y comiencen a entender de qué se habla y por qué.

Al igual que CDMX, el mundo entero está llegando a un punto de no retorno. Ya no se puede ignorar que hay problemas estructurales graves. Es claro que las cosas tienen que cambiar y el ecofeminismo tiene muchas propuestas para lograrlo.

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