Dos mamás trans compartieron su experiencia con Chilango y Agencia Presentes México.

Hace 24 años pude haber dicho que no o dejarlo pasar, pero me ha llenado de metas, de felicidad y alegría. Tengo alguien por quien luchar, por quien pensar, por quien despertarme como cualquier otra persona que así lo eligió.

Mis hijes son el motor de mi vida y han movido mi historia. Como mujer trans, nada me va a impedir gozar de estos derechos: tener a mis hijes, mi propia familia, que rompe con tantos estereotipos. Hoy puedo decir que tengo una familia extraordinaria.

Sonriente y con sus ojos pequeños y brillantes, Oyuki Martínez cuenta por videollamada cómo define su experiencia de maternidad. Ella, mujer trans de 43 años que vive en Iztapalapa, tiene seis hijes –como les nombra a cada rato–, defensora de derechos humanos y licenciada en Ciencia Política y Administración Urbana por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Más tarde, Roshell Terranova, actriz, activista y empresaria, me atiende por videollamada desde Casa Club Roshell, espacio cultural para personas trans y travestis que ella dirige. De cabellera rubia y siempre sonriente, responde lo que para ella significa ser parte de las mamás trans:

“Es tener una oportunidad y sentir orgullo. Sí, soy una mujer trans y soy una madre amorosa, proveedora, educadora. Aún más con las dificultades de ser señalada por la sociedad, que nos dice que no podemos ser madres, padres, porque se cree que podemos dar una mala educación, un mal ejemplo e incluso un abuso”, dice

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Así como Oyuki y Roshell, hay muchas mujeres trans que crían, educan y cuidan a otras personas como sus hijes. En nuestra sociedad, tomar el rol de la maternidad siendo trans supone una ruptura con lo que nos han dicho en la escuela, la familia o la iglesia sobre lo que tienen que ser y hacer una mujer y un hombre.

Hablar de personas trans y el ejercicio de maternar o paternar sigue siendo un terreno poco explorado para las investigaciones, para el periodismo…

Mamás trans: transgredir el cis-tema

Roshell dice ser afortunada.

“Mi familia nunca reprimió mi identidad de género; tampoco mis procesos, mi exploración, pero sí me tocaron los tiempos de las redadas de la policía, la criminalización, y en esos años no había mucha información”, aclara.

“Aunque a los ocho años me di cuenta de que era diferente, tuvieron que pasar casi 20 para asumirme como mujer transgénero y darme cuenta de que había otras posibilidades de ser trans, al no ocupar el lugar sórdido, violento, donde la sociedad nos coloca”.

El camino de Oyuki Martínez fue algo diferente.

“Por las limitantes que impone la sociedad: que por ser mujeres trans no podemos ser madres, no podemos ser amadas, no podemos formar familia o que estamos destinadas al trabajo sexual, ser madre no fue algo que pensara posible para mí”, cuenta.

“Pero cuando llegaron mis hijes fue un parteaguas. A mis 18 años elegí ser responsable no solo como figura paterna sino materna, y es algo que me hace muy feliz, pero al asumirme madre trans también entendí que conlleva luchar contra prejuicios institucionales, sociales y romper con estereotipos y visiones dicotómicas de lo que es ser padre, madre, y también sobre lo que significa ser hije de mamás trans”.

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La familia de Oyuki está conformada por su mamá Tere, su hija Sorey, adolescente que estudia psicología; cinco pequeños que están en la primaria: Iker, Carlos, Edwin, Dónovan y Neytan, y su pareja.

La hija e hijos de Oyuki han sido criados junto a la señora Tere, a quien también llaman “mamá”.

Juntas se hacen cargo desde que sus madres biológicas, “por su historia de vida, por ser sobrevivientes de violencia y por su contexto, decidieron no asumir esta responsabilidad, pues fueron madres muy jóvenes”.

–¿Cómo te llaman tus hijes?

–Me dicen mamá, papá, mamá-papá. También me llaman Oyuki, porque les he enseñado que somos semejantes; ni mi edad ni mi identidad ni mi lugar en la familia son barreras para generar confianza.

–Cuando te nombran papá Oyuki, ¿qué sientes?

–Antes no me gustaba; ahora no me genera ruido porque entiendo que ser madre o padre no implica un asunto biológico. Se trata de un vínculo.

El rol de madre para Roshell se presentó de manera fortuita. Hace poco más de 30 años conoció a Paola, su hija, y hace 6 a Luna, su nieta.

“Mi hermana Maru decidió ser madre soltera. Así llegó Paola a mi vida. En su niñez Paola empezó a llamarme papá; yo entonces me identificaba como un chico gay y era la única figura masculina en casa”, narra emocionada.

“Pasó el tiempo, me encontré a mí misma y me asumí como mujer trans. Así se dio que al transicionar me convirtiera en mamá, porque Paola asumió que yo era su segunda madre y yo me asumí mamá trans, porque desde siempre estuve en los aspectos económico, moral y afectivo. Así gestamos esta relación, este lazo de madre e hija”.

A la conversación se une Paola y no puedo evitar preguntarle cómo fue crecer con una mamá trans.

“Fue crecer en la diversidad y ha sido una superexperiencia porque no cualquiera tiene la oportunidad de conocer, de adentrarse en este mundo, de respetarlo, de entenderlo”.

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“Yo me siento parte de la diversidad, aunque sea una mujer cisgénero, porque desde el minuto uno de mi existencia soy parte de esta comunidad. “Y cuando Roshell me habló de Roshell por primera vez, porque yo no la conocía así, aunque obviamente siempre había existido, se aclaró más el panorama porque vi a una mujer más feliz, más plena”.

Para ella, añade, fue de lo más normal pasar de hablarle en masculino a femenino.

México no conoce a su población trans

En México no sabemos cuántas familias hay como las de Oyuki y Roshell.

De acuerdo a la última encuesta del Inegi, en Ciudad de México 40% de los hogares son dirigidos por mujeres. Sin embargo, la estadística no aclara la inclusión de mamás trans como referentes de familia, porque sus marcadores de sexo solo incluyen dos opciones: mujer u hombre.

¿Y cuál es el problema? Que limitar las opciones al modelo binario impide conocer la existencia, necesidades y experiencias que atraviesan las personas trans.

En la Ciudad de México, desde 2014 las personas trans mayores de edad pueden cambiar su nombre y sexo en su acta de nacimiento. En 2009 se permitió el matrimonio igualitario y para 2010 el Código Civil reconoció el derecho de adopción para estas parejas.

Además, la Constitución de la Ciudad de México reconoce y protege “todas las estructuras, manifestaciones y formas de comunidad familiar en igualdad de derechos”.

En el apartado sobre derechos de las personas LGBT se especifica “la igualdad de derechos de las familias formadas por parejas de personas LGBTTTI, con o sin hijas e hijos”. Bajo estos supuestos, las maternidades, paternidades trans y las diversas formas de construcción de sus familias deberían estar protegidas.

“En un supuesto de que los padres ausentes se presenten y quieran llevarse a mis hijes, yo no tengo armas, herramientas legales, para no perderlos. En los códigos civiles, en el derecho familiar, no existimos: las personas trans no estamos contempladas”, lamenta Oyuki Martínez.

“¿Y qué, me tengo que asumir como gay y casarme bajo una identidad de género que no es la mía para poder adoptar bajo la figura de pareja homoparental y cumplir con esa construcción de familia? No solo no estamos en el discurso de familias diversas, hace falta incluirnos en la ley”.

Para que se reconozca el vínculo de Oyuki con sus hijes, ella tendría que iniciar un juicio, por demás tardado y costoso, esperando que la jurisprudencia sobre diversidad familiar de la Suprema Corte de Justicia se aplique, pues las reformas del Código Civil sobre adopción a personas LGBT se limitan a parejas del mismo sexo.

Cuando se habla de familias diversas LGBT, el común denominador siguen siendo las familias homoparentales y lesbomaternales. No figuran las mamas trans.

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¿Cómo incluir en el derecho y en la categoría de familias diversas a mujeres y hombres trans que construyen una familia? Responde Janet Castillo, coordinadora de la Clínica de Derechos Sexuales y Reproductivos de Ledeser, organización que busca garantizar el acceso a la justicia, los derechos civiles, sexuales y reproductivos de las poblaciones LGBTI sin discriminarlas:

“Existe una urgencia de que los códigos civiles y leyes secundarias se homologuen con los criterios progresistas de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que reconocen las vivencias de las familias diversas”, dice.

“Esto solo será posible mediante una reforma de diversidad familiar que reconozca la vivencia de las disidencias y de sus formas de familia. Otra forma es continuar con la visibilización de las vivencias de las personas trans, lo que resulta fundamental para romper con los prejuicios y estigmas que también son perpetrados por el derecho.

Amor, humildad y respeto

En más de una ocasión, por la falta de un documento jurídico que avale la maternidad de Oyuki Martínez, personal docente ha ejercido violencias contra ella y sus hijes por el simple hecho de no ser reconocida legalmente como “madre o tutora”.

Esta es una de las experiencias de discriminación y violencia que ha experimentado su familia en entornos escolares:

“Los profesores y directores se valen de esta circunstancia para violentar, estigmatizar, generar prejuicio y ambiente de violencia. En preescolar uno de mis hijes pidió permiso para ir al baño y la maestra no lo dejó. Al niño le ganó. Me informaron hasta la hora de la salida. De manera estratégica, la directora omitió el proceso de denuncia porque solo la madre o padre podían hacerlo y para ella yo no era ni la mamá ni el papá.

A la fecha la institución no ha reconocido su falta y no han sancionado a la profesora por el acto de violencia contra mi hijo.

En ese sentido, Janet Castillo nos recuerda que “cualquier acto que restrinja los derechos familiares de un padre o madre trans, por el hecho de ser una persona trans, es un acto de discriminación que puede ser motivo de queja o denuncia”.

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Oyuki y Roshell coinciden en la importancia de educar con base en el amor, la humildad y el respeto.

“Me parece fundamental que existan el respeto y la inclusión al otre, la otra, el otro. Confío en que desde dentro hacia fuera de nuestras familias podemos romper todos estos mecanismos del heteropatriarcado, los prejuicios, estereotipos y estigmas”, sostiene Oyuki.

“Mis hijes y mi familia tenemos herramientas para defendernos, pero también para hacer visible que otras formas de ser, sentir y pensar son posibles para una cultura del respeto”.

“Educar desde el amor, el respeto y la información ayudará a no tener miedo. Nos da miedo lo que no conocemos. No abrirse al amor, el respeto y la empatía puede impedir que nuestros hijos y nuestras propias experiencias como mamás trans no sean felices y merecemos también eso”, concluye Roshell.

Este reportaje forma parte de nuestro número de mayo, titulado Madre no solo hay una. La edición completa la puedes leer GRATIS por acá.