Imagínate una ciudad donde los departamentos que puedes pagar están cada vez más lejos de tu trabajo; donde para llegar a la oficina tienes que salir de tu casa cuando todavía está oscuro; donde una parte importante del día se te va en el Metro, el Metrobús, el camión, el coche o una combinación de todos. Ahora imagina que, mientras tú te alejas, en las zonas centrales quedan edificios, escuelas, hospitales y servicios con cada vez menos personas.
Para muchos chilangos es una realidad cotidiana, pero no es exclusiva de nuestra ciudad. Es, en buena medida, el modelo urbano que todo México ha construido durante las últimas tres décadas.
El Centro para el Futuro de las Ciudades (CFC), del Tecnológico de Monterrey, analizó el crecimiento de 69 urbes mexicanas entre 1990 y 2020 y encontró un patrón que se repite en 63: se expanden hacia periferias cada vez más grandes y dispersas, mientras sus zonas centrales pierden población. Y aunque no lo creas, Chilangolandia no es ni de cerca el caso más preocupante.
La conclusión de la investigación no es que las metrópolis deban dejar de crecer, sino cuestionar cómo lo estamos haciendo: “Mientras crecemos hacia afuera, lo hacemos sin dirección: cada vez más lejos de la ciudad que necesitamos”.
México, un caso inusual
La ampliación urbana ocurre en muchas partes del planeta, pero nuestro país tiene una particularidad que llamó especialmente la atención de los investigadores del Tec.
“Vemos que las ciudades se expanden, pero la densidad poblacional en las periferias es muy baja: viviendas aisladas, una casa por aquí, otra por allá, y las densidades más altas las tienes en las zonas centrales”, explica Roberto Ponce López, líder del equipo del CFC que hizo la investigación. “Aquí en México se rompe esa norma”.
Durante los últimos 30 años, las mayores densidades poblacionales dejaron de estar en el centro y pasaron a las periferias urbanas. En 1990, cuatro de cada 10 habitantes urbanos vivían en una zona central. Hoy son apenas dos de cada 10.
Es decir: llegaron millones de personas nuevas a las ciudades —por crecimiento natural o migración—, pero no se fueron a vivir a las zonas centrales. Más aún, el centro perdió parte de la población que ya tenía y el crecimiento terminó ocurriendo en círculos cada vez más alejados.
Cuando el CFC habla de “centro” no se refiere únicamente al Centro Histórico o al primer cuadro de una ciudad. Se trata de una franja más amplia donde se concentran actividades, empleo, servicios y equipamiento. En la Ciudad de México, por ejemplo, el análisis toma como referencia el Zócalo y un radio de aproximadamente 14 kilómetros; en otras ciudades, esa distancia es menor.
Ciudades que crecen mucho… y otras que se desbordan
Los datos del estudio Centrar el Futuro: De la gran pérdida a un nuevo modelo urbano para México muestran diferencias importantes entre ciudades. Los Cabos y Cancún destacan entre las que más crecieron tanto en población como en superficie urbana. En el destino turístico sudcaliforniano, la población se multiplicó 11 veces y la superficie urbana ocho, una expansión territorial que, en términos generales, guardó cierta correspondencia con el aumento poblacional.
Pero hay casos donde el desequilibrio es mucho mayor. Puerto Vallarta, Pachuca y Zacatecas aparecen entre las ciudades con mayor exceso de expansión: su superficie urbana creció mucho más rápido que su población.
Y están aquellas cuyos centros se han vaciado de manera abrupta. Piedras Negras perdió 55% de su población central, mientras que en Guaymas y Veracruz la caída fue de 51%.
El resultado es una paradoja urbana: construimos y extendemos la ciudad hacia nuevos territorios mientras dejamos subutilizada buena parte de la infraestructura que ya pagamos y construimos durante décadas.
La CDMX también perdió habitantes en su zona central, pero en mucho menor proporción que otras urbes (apenas 2%).
¿Por qué nos vamos a la periferia?
Una de las claves está en la falta de vivienda accesible en las zonas centrales. El suelo es caro y existen barreras normativas que dificultan construir más casas en los lugares donde ya existe infraestructura. A esto se suman décadas de impulso a la vivienda periférica, particularmente a través del Infonavit y de la construcción informal.
“Las causas son institucionales: la escasez de vivienda asequible en las zonas centrales, producida por un suelo caro y una normativa que impide aprovecharlo, empujó el crecimiento hacia donde la vivienda era producible: el límite urbano”, sostiene Roberto Ponce.
El problema es que la regulación también puede terminar funcionando como una camisa de fuerza. José Antonio Torre Medina, director del CFC, expone que seguimos anclados a un modelo de vivienda que no corresponde con la sociedad actual: familias más pequeñas, jóvenes que buscan independizarse y hogares que necesitan opciones más económicas, accesibles o en renta.
Así, para muchas familias la periferia termina siendo el único lugar donde pueden encontrar un hogar que puedan pagar. El costo aparece después, en forma de traslados largos, menor acceso a servicios y más tiempo perdido.
Cuando el centro se vacía
El despoblamiento de las zonas centrales no significa únicamente que haya menos vecinos caminando por sus calles. También implica desperdiciar infraestructura y aumentar los costos de hacer ciudad.
Torre Medina indica que en las zonas centrales suelen concentrarse los empleos, hospitales públicos, escuelas, universidades y otros equipamientos. En cambio, muchas de las nuevas áreas periféricas carecen de esos servicios: “Estamos creando ciudades que en lugar de resolver los problemas públicos o de contribuir a resolverlos, los están incrementando”.
La consecuencia de todo ello es que la ciudad termina fragmentándose y hay que invertir en nuevas vialidades y transporte para conectar sitios cada vez más distantes. Y eso tiene altos costos económicos, sociales y ambientales.