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La afición mexicana y sus rituales: Entre el Ángel de la Independencia y la fe

Con el Mundial dando la patada de inicio este 11 de junio en la CDMX, recordamos esos elementos que le dan latido y alma a la afición chilanga

Si la Selección Nacional va a jugar, no sólo el equipo se prepara: también lo hace toda una nación de aficionados lista para ponerse la camiseta y apoyar con emoción al once que la representa.

Las maneras son muy variadas, pasando por actos de fe y cábalas hasta el unirse a otros hinchas para echarse versos del “Cielito lindo”. Cada uno, cada familia, cada grupo de amigos tiene su ritual que puede iniciar antes o después de que comience el partido. El punto es transmitir energía positiva al equipo para que, si se vence al contrario —-en especial uno de los considerados históricamente difíciles—, no falte el que diga: “¡Vámonos al Ángel!”.

Todo sea por unirse a una masa verde en la que se grita, se festeja eufóricamente, las banderas ondean con fuerza y los papelitos y espumas vuelan por doquier. Pero ¿cómo llegamos a esto?

Vámonos al Ángel: así nació una tradición

Antes de que México recibiera su primer Mundial, el Ángel de la Independencia no era motivo de concentración. El único festejo grande que se había hecho a su alrededor había ocurrido durante su inauguración en 1910. Pero eso cambiaría con el Mundial de 1970, cuando la felicidad se desbordó no sólo porque México era el anfitrión, sino porque también le metió una goleada a El Salvador de 4-0 en el entonces Estadio Azteca (hoy Estadio Banorte); era su segundo partido de la fase de grupos.

Este último evento condujo a la afición a concentrarse para celebrar en el emblemático monumento. Sombreros de ala ancha, banderas y globos se unieron al júbilo entre cientos de personas, principalmente jóvenes, y autos alrededor. Si te preguntas por qué aquí y no en otro lado, la razón es que cerca se encontraba el hotel donde se hospedaba la Selección. Fue la primera vez que la escuadra nacional pasó a la siguiente ronda, en aquel entonces todavía cuartos de final.

A partir de ahí, la afición del Tricolor ha celebrado grandes victorias mundialistas como el 1-0 sobre Alemania en el debut en Rusia 2018 —que derivó en el cántico “Eeel Chucky Lozaaano” al ritmo de “Seven Nation Army” de The White Stripes— o el empate 2-2 contra Países Bajos en Francia 1998, que significó el pase a octavos de final y condujo a una cascarita gigante en el tramo entre la Diana Cazadora y el Ángel.

Por supuesto, la diosa Niké ha recibido también bajo sus alas a quienes siguieron lo logrado en la Copa Confederaciones de 1999, el Mundial Sub-17 de 2005, los Juegos Olímpicos de Londres 2012, la Copa Oro de 2025 y más juegos triunfales. De igual manera, americanistas, pumistas y cruzazulinos han encontrado aquí el “nido” para reunirse, como recién se vio con Cruz Azul proclamándose campeón del torneo Clausura 2026.

Entre cánticos, cornetas y “apropiaciones”

Basta con que una persona muy animada se ponga a entonar “dale, dale, dale, México”, “¿en dónde están?, ¿en dónde están?…” y otros cánticos para que más se unan. Ni qué decir de la “ola”, que mueve a los aficionados aliados y enemigos por igual. Y las extravagancias que van subiendo de nivel, desde máscaras y pelucas hasta vestimentas más elaboradas.

Gestos de frenesí que ocurren dentro y fuera del estadio —-de ser posible—, mientras  son acompañados por porras prohibidas, clásicas o espontáneas; sonidos estridentes de cornetas, matracas y tambores; pancartas y banderas; saltos, empujones y abrazos de desconocidos… Lo intrigante es que no todo lo que la afición utiliza al festejar o apoyar ha salido totalmente del ingenio mexicano, pero ya se adoptó como parte de su identidad futbolera.

Tal es el caso del “Cielito lindo”, ese segundo himno que canta la afición tanto en alegrías como en tristezas por su sentido resiliente. Aunque ya es parte de la identidad mexa, la composición de Quirino Mendoza y Cortés siempre ha sido motivo de disputas por sus raíces andaluces. Otro es la “ola mexicana”, que en realidad nació en Estados Unidos. Y está el “Chiquitibum” del 86, que, recordado por el famoso comercial de una cerveza, es una porra con una historia que involucra al jugador Carlos Garcés del América y cantos infantiles españoles.

También está el “ole”, que se tomó prestado de la tauromaquia desde un partido entre el Botafogo y River Plate en México en 1958, en el que los regates del brasileño Garrincha sorprendieron a la multitud que empezó a decir el bisílabo. Su similitud también remite al cántico “oé, oé” u “olé, olé”, que se atribuye al “hobé, hobé” del euskera o a un cambio fonético del tema “Anderlecht Champion” para México 1986, donde se dice “Allez, Allez”.

La preparación es la que importa

Lo cierto es que la emoción de correr al Ángel de la Independencia o soltar un “gooool” profundo es incomparable. Pero existen aficionados chilangos que, igual que otros mexicanos o latinos, van calentando la emoción desde una serie de preparativos que en su sentido más físico se notan en su proceso para ver el futbol y en el más abstracto en su fe puesta en cábalas o rituales, incluso rayando en lo religioso.

El artículo “El futbol como ritual social: símbolos, cábalas, creencias y sentido de comunidad” de UNAM Global recuerda que el ser humano es un ser simbólico y, por ende, requieren de “espacios simbólicos donde expresar emociones, construir identidades y generar experiencias compartidas”.

“Para algunos aficionados, asistir al estadio, reunirse con amigos para ver un partido o seguir determinadas costumbres antes de cada encuentro forma parte de una rutina tan significativa como cualquier otra práctica ritual. Pero los rituales futbolísticos no se expresan únicamente en lo colectivo. También aparecen en prácticas más íntimas y personales mediante las cuales jugadores y aficionados buscan enfrentar la incertidumbre propia de la competencia”, añade el autor Pepe Herrera.

Así, el más claro paso puede ser la compra de botanas y cervezas para consumir viendo el partido en casa. Este puede ir seguido de la invitación a familiares o amigos a unirse planeando preparar una carnita asada u otro tipo de platillos para ver el juego —-a lo que las redes sociales ya han añadido ideas para decorar una watch party—- o las propuestas para ir a un lugar en especial a disfrutarlo, como un restaurante o una cantina.

Pero en el sentido más íntimo se encuentran los rituales y las cábalas, por las que la afición puede decidir no moverse de lugar —sea en una misma silla o hasta no salir de casa— para no salar el juego, usar el mismo jersey “del triunfo” para partidos importantes, utilizar un determinado amuleto, repetir una frase o mantra especial, vestir de una manera específica, entre otros. Estos sólo son algunos ejemplos comunes.

Si la fe religiosa interviene, tampoco falta la afición que se encomiende a Dios a través del rosario, prenda la veladora, ponga la figura o imagen en estampa de un santo a un lado, haga una manda a cambio de la victoria o se lance a la Basílica a pedir por la Selección. No por nada existe el Santo Niño de los Milagros, al que se viste de futbolista y con bandera de México en la mano.

Regresando al artículo ya mencionado, incluso los cánticos y porras pueden funcionar como cábalas para sortear los momentos en que un partido se está poniendo complicado. Y en ese sentido, vale la pena mirar alrededor, encontrar a personas que como uno portan algo que los identifique como parte del mismo equipo y hacer migas por el triunfo colectivo.


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