El amor en la capital es intenso, problemático, ineficiente, diverso, resiliente, genuino… así, como la ciudad misma. Siempre nos toma por sorpresa y no hay forma de evitarlo, igualito que con el tráfico en Viaducto a las siete de la noche. Aquí presentamos cinco historias de amor chilangas que pueden devolverte la fe en el amor o no, pero seguro tocarán tu corazón.

Serpentear el amor

–Astrid Velasco

Para mí, lo importante de una historia amorosa es el inicio, define la memoria y se mantiene ahí, impoluto. Pero el recorrido ha sido esencial: el paisaje arbolado de las plazas del Centro, San Ángel y Coyoacán, los restaurantes con terraza en la Roma y los cafés destinados para una cita me llevaron a inventar trayectos para que, disfrazados de plática, los cuerpos acortaran la distancia hasta el abrazo.

Yo empezaba a domesticar las lágrimas tras mi divorcio cuando hallé a quien echarle el ojo y dejar que me echara los suyos, y sus manos, su cuerpo y una cantidad de malos poemas que me escribió y me alegraba recibir. Dejé de llorar en los altos de Insurgentes, en el cine y en los lugares más inadecuados para volverme asidua de los mensajes que me enviaba al teléfono celular y que yo respondía como adicto que no quiere que nada lo interrumpa de su droga.

Con mis dudas a cuestas emprendimos el paseo (y las borracheras). Regresé a opacar el recuerdo infantil del Desierto de los Leones para descubrir que el convento es más pequeño de lo que pensaba, pero más hermoso. Y las tardes construyeron caminos para expurgar el deseo. Una de ellas, apresurando la bebida en un bar cerca de la Plaza Luis Cabrera, aterrizamos en una sex shop de la calle de Durango (ya desaparecida) a surtir la fantasía con nuevos habitantes. Y del beso al juego repetidos en los días y en el espejo de su departamento, me di cuenta de que el amor es como andar en bici: siempre se sabe cómo hacerlo, aunque se serpentee buscando el equilibrio.

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mitos del amor
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Rutas

–Paola Tinoco

Nunca antes me gustó el té pero al Morrillo le gustaba y yo quería estar cerca de él. Me aficioné a las mezclas orientales, al blanco, al de jazmín. Pensaba que lo vería en una casa de té la primera vez que nos encontráramos sin que mediara una junta o cena con amigos, pero me citó en la plaza del Estadio Azteca. No sabía dónde encontrarlo hasta que me acordé del Sol rojo, esa especie de tripié negro con un círculo rojo brillante en el centro.

Morrillo besaba bien, lo supe en la segunda cita. En la primera todo fue hablar de las esculturas de la Ruta de la Amistad. Después cambiamos a la ruta de los tés. Me recomendó La esquina del té y Thomas Editora Tea House. Le pregunté si conocía lugares fuera de la Condesa. Respondió que conocía un hotel en la Escandón y no quise saber más de casas de té.

Así pasamos varias citas. La quinta fue inolvidable. No solo por los besos sino porque confesó que quería mi ayuda para conseguir un contrato. No supe qué responder. Sólo atiné a confirmar que lo vería el 14 de febrero.

Nunca había estado en tantas recepciones de hotel en un solo día. Los nueve que recorrimos tenían filas con avance lento. Las ganas que tenía de estar con él por última vez se esfumaron y decidí soltarle la bomba en otro lugar. Lo llevé al Sol.

Hace poco estuve en Bellas Artes y recordé al Morrillo. Pensé en el Sol de Takahashi y en la cara que puso el Morro cuando le dije que no podía conseguir su contrato porque se trataba de hablar con contactos de mi esposo y prefería no hacerlo. Se puso rojo y silencioso por un minuto. ¿Estás casada?, preguntó en voz bajita. Se notaba que la noticia le había importado, eso me confortó. Iba a reconsiderar cuando sacudió la cabeza, resopló y agregó: “Podrías intentarlo sin decirle que tuvimos algo”.

mexicanos en el amor
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Una chica camina sola

–Noemí Moreno

La primera cita fue un bar de República de Cuba. Lo había invitado al cumpleaños de una amiga. Llegué tan temprano que me dio tiempo de batear chavitos en la barra. Sonaba Depeche Mode, New Order y yo tenía el humor perfecto para emborracharme sola. Para cuando llegó mi amiga, yo estaba feliz; cuando él apareció, yo ya estaba en el cielo etílico. Lo encontré afuera del bar y no volvimos.

Las avenidas, insoportables entre semana, estaban vacías. La ciudad en sábado por la noche me acariciaba con su aire fresco. Era joven, era primavera, estrenaba un vestido azul muy corto y abrazaba por la espalda a ese hombre que me llevaba en moto a su casa.

El vino y la música espantosa que puso debieron de advertírmelo. Pero pies y cabezas se dedicaron a revolverse en posición horizontal. Ese juego valió la pena por un rato. Luego vinieron mi tesis y mi insomnio; sus viajes, sus proyectos, sus siempre tengo-trabajo y debo-despertar-temprano.

Una tarde lo invité a la Cineteca. Pasaban A girl walks home alone at night. Lloré en la escena de amor del vampiro falso con la vampira verdadera. Entonces entendí que nosotros ya no teníamos en común ni la mentira de ser novios. Regresé a mi casa tal como había llegado y visto la película: sola.

Mientras mi alergia por su gato empeoraba, me dediqué a descubrir alguna infidelidad para que todo terminara de la manera más vulgar y civilizada. No reuní las pruebas contundentes, pero si las necesarias para recuperar mi libertad de solterona.

Hasta que no llegue mi vampiro falso y suene de fondo Death, de White Lies, prefiero caminar a casa sola por la noche.

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El novio de Selene

–Leticia Ochoa

Selene es una chica muy delgada que siempre usa falda, medias y tacones dos números más grandes que su pie. Camina, y sus tacones a punto de salir volando suenan como cuatro pies o dos caballos o a veces como el chancleteo de alguien en la playa, pero con eco. Algunos días, de regreso a casa, ella prefería tomar un camión para no caminar tres cuadras a donde toma otro camión, para que sus tacones del 13 no se hicieran del 11.

Un día llovió muy fuerte y la vi cruzando sin problema el río que se formaba en Insurgentes. Entendí la razón de sus tacones: ni se salpicó, ni chancleteó y el río de agua negra se deslizó suave y frágil entre el tacón y la plataforma de su zapatilla. Volteé hacia el otro lado de la avenida y capté el momento exacto en que un chico de Selene se enamoró.

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Nadie odia a los organilleros como yo

–Fabio T.

Era noviembre y Pedro, mi roomie, estaba por recibir visitas. No estaba listo cuando sonó el timbre, así que yo salí a recibirles. Me topé con un hombre guapísimo: cabello y barba negra, y ojos aceituna que brillaban con la poca luz de esa tarde. “Hola, soy Joan”. Le hice pasar y antes de escapar a mi habitación me detuvo: “Espera, sé que suena desquiciado pero es que me has gustado demasiado y siento que necesito saber más de ti”. Lo que brillaba en sus ojos era locura, sin duda.

A partir de ese momento Joan y yo no nos despegamos. Él no entendía por qué los mexicanos desayunamos “pesado”, pero le agarró cariño a las tortas del mercado de la Condesa. Todo iba deprisa, Joan estaba por terminar su doctorado y volvería a España; teníamos sólo dos meses para conocernos, disfrutarnos y querernos.

El día de la despedida nos abrazamos por la mañana y guardamos las lágrimas porque aún nos quedaba tiempo para una comida. La idea era encontrarnos en la Alameda.

No tenía cabeza para nada. Llegué tarde al trabajo y olvidé el celuar en el Uber. Por si fuera poco, una de mis juntas se alargó. Una hora después de la cita pactada con Joan salí a su encuentro. Él no estaba. Esperé sentado en una banca y memoricé todas las melodías de los organilleros. Evoqué nuestros paseos en bici por Reforma, la gracia que le hacía que tuviéramos una glorieta de la Cibeles, los chilaquiles divorciados de Maque…

Han pasado cuatro años. Aunque hicimos las paces, Joan y yo ya no cruzamos palabra. Y de una cosa siempre lo culparé: la música de los organilleros me hace llorar.