Cuauhtémoc, la alcaldía donde habita Jorge, es la que presenta mayor población callejera, pues excede las mil 300 personas en situación de calle

Desde hace 15 años, afuera de la estación Tlatelolco vive Jorge, un adulto mayor en situación de calle. Antes tenía su puesto como los demás comerciantes del pasillo que conecta al Metro con la avenida Ricardo Flores Magón, en la alcaldía Cuauhtémoc, pero ahora ya no puede moverse por sí mismo. Permanece acostado en el suelo sobre un colchón viejo de sofá y un poco de cartón, junto a una silla de ruedas con una cartulina en la que se puede leer: “Hola ¿cómo estás? Tengo dos días que salí del hospital, ¡ayúdame por favor! Necesito, para mis medicinas o algo con lo que pudiera ayudar, gracias y que Dios se lo multiplique”.

Jorge tiene 61 años. La calle lo ha hecho reservado, de pocas palabras. Su único entretenimiento es ver pasar a la gente. No le gusta hablar con nadie. Irónicamente prefiere la soledad, a pesar de estar justo en medio del paso principal por donde entran y salen cientos de personas que van y vienen del Metro. “Señor, ya comió, ¿le puedo ayudar en algo”, pregunta una vecina. “Déjenme de estar chingando, carajo. Ya me estaba durmiendo”, contesta Jorge, justificando su enojo en un fuerte dolor de estómago, luego de haber vomitado toda la noche. “Lo único que quiero es que me dejen descansar”.

No tiene documentos de identificación. Nadie sabe sus apellidos y él prefiere que solo le digan Jorge. Tampoco se sabe si tiene familia. Jorge confiesa que alguna vez tuvo una, con la que vivía en un departamento, allí mismo en Tlatelolco, cuando tenía su propio puesto. Siempre fue comerciante, pero por sus adicciones perdió todo. Su familia lo abandonó, y para recuperar su casa le pedían 40 mil pesos. Al no poder pagarlos se vio obligado a vivir en la calle.

De acuerdo con el Diagnóstico Situacional de las Poblaciones Callejeras en la Ciudad de México 2017-2018, basado en datos del INEGI 2015, son 6 mil 754 personas las que “subsisten en el espacio público; de manera temporal o permanente, es decir, pernoctan, desempeñan sus actividades de vida diaria y cubren sus satisfactores básicos de manera precaria, con recursos obtenidos a través de diversas fuentes y actividades, ocupan espacios no convencionales como vivienda, por ejemplo: plazas, puentes, jardines, campamentos, instalaciones de transporte público, edificios abandonados, automóviles, banquetas, camellones, entre otros”.

Foto: Andrés Rangel

Cuauhtémoc, la alcaldía donde habita Jorge, es la que presenta mayor población callejera, pues excede las mil 300 personas en situación de calle, seguida de Gustavo A. Madero con mil tres, Venustiano Carranza con 869 e Iztapalapa con 465. Entre estas cuatro suman 3 mil 640, más de la mitad de la población callejera total de la Ciudad de México.

“Me gusta ser discreto, quedarme aquí acostado, sin llamar la atención. No me gusta que sepan de mí las autoridades porque a los de la calle nos llevan a albergues donde llevan a los drogadictos. Ahí nos pegan y nos maltratan todo el tiempo. Mejor estar aquí”, confiesa Jorge, mientras se queja por su dolor de estómago.
Luego se toma un analgésico que le compraron. Huele una botella de alcohol. Poco a poco se va quedando dormido, arrullado por el bullicio de mediodía, entre murmullos de gente que lo mira con lástima y asco.

Algunos otros le dan dinero, más billetes que monedas, el cual guarda en una bolsa de plástico debajo de su cobija, a la altura de su pecho. En tan solo una hora llega a juntar hasta 300 pesos. Cuando las personas le preguntan en qué le pueden ayudar, él responde: “Solo deme para mis medicinas”, y estira la mano.

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El miércoles 24 de abril pasado se desmayó y los comerciantes de los puestos aledaños llamaron a una ambulancia. Se lo llevaron a una clínica para atenderlo, pero al estabilizarlo lo devolvieron al mismo lugar. El mismo Jorge reconoce que no padece ninguna enfermedad en específico, sus dolores son provocados por la falta de higiene o mala alimentación.

A pesar de vivir en condiciones deplorables, Jorge se niega a ser atendido por las autoridades correspondientes, bajo el argumento de que es maltratado en albergues.

Por no contar con documentos de identificación, Jorge no puede recibir la ayuda que reciben los adultos mayores. De acuerdo con el portal web del Instituto para la Atención de los Adultos Mayores (IAAM), de la Secretaría de Desarrollo Social de la Ciudad de México, es necesario por lo menos contar con la credencial del Instituto Nacional Electoral y comprobante de domicilio.

Según el IAAM, la dependencia que atiende estos casos directamente es el Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS), el cual se encarga de apoyar a las personas que no pueden valerse por sí mismas para integrarse socialmente. Maricela Gómez, personal de atención ciudadana del IASIS, explicó que se requiere del consentimiento de las personas en situación de calle para poder llevarlas a algún albergue donde pueden bañarse, dormir, comer y ser atendidos por un médico.

Sin embargo, Maricela comenta que el problema radica en que “las personas no quieren perder su libertad, pues en estos albergues no se les da dinero. La mayoría se va porque no se adaptan a estar en un solo lugar. Muchos tienen adicciones, y no quieren dejar de conseguir dinero con limosnas para comprar drogas, como solventes, mariguana o incluso alcohol”.

“Por parte del IASIS se mandan brigadas para llevarlos a los albergues, pero el protocolo indica que no los podemos obligar. Derechos Humanos no nos permite obligarlos a recibir la ayuda. Hasta nos han demandado por querer ayudarlos”, comenta Maricela. “En los albergues, son los mismos internos quienes se pelean entre ellos. Hay personas que crecieron en la calle y son muy agresivos. Pese a esto, no porque prefieran estar en la calle pierden sus derechos, el problema es que no podemos ayudarlos si no quieren”.

De acuerdo con el diagnóstico mencionado anteriormente, de las casi 7 mil personas en situación de calle, el 38% está por problemas familiares, el 28% por problemas económicos y el 14% por adicciones. Dos mil 400 habitan en albergues y 4 mil 354 en la vía pública. Una cuarta parte de estas personas son personas mayores de 60 años, como Jorge.

Desde el 25 de junio de 2002, cuando entró en vigor a nivel federal la nueva Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, entre los derechos de los adultos mayores destacan el derecho a una vida con calidad (que el Estado garantice su sobrevivencia), y el derecho a la asistencia social.

“En caso que el adulto mayor carezca de lugar en donde vivir, de alimentos, de ropa, de atención a sus problemas de salud, tiene el derecho a que se le atienda. Para lo anterior, el Gobierno del Distrito Federal puso a su disposición al Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS), el cual tiene diversas instalaciones y programas”, señaló Maricela.

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Margarita N, una vecina que prefirió mantener sus apellidos en el anonimato, confesó para Chilango que ha visto en diversas ocasiones a varias personas que se acercan a hablar con él y le quitan el dinero.

“Son como una mafia, también le quitan a otros indigentes, como si pagaran cuota. A este (refiriéndose a Jorge) por eso no lo dejan mover, porque saben que saca buen dinero. Vienen en la noche. Por eso él no habla mucho y dice que lo dejen en paz, para no dar información. Por eso no quiere que lo ayuden. Prefiere estar dormido y drogado con tanta medicina”.

Los comerciantes a veces le ayudan a llevarle cosas. Lo conocen desde hace años porque él les ayudaba a cargar cosas. En estos 15 años que Jorge lleva en la calle no siempre estuvo tan mal. “Antes podía caminar y se iba a dar la vuelta por las colonias cercanas. Ahora sus pies están agusanados”, cuentan los comerciantes.

Un día antes de que se desmayara, fue dado de alta en el Hospital General por no tener una enfermedad en específico. “Me sacaron los doctores porque dijeron que no tenía nada. Ahí estaba muy bien. Duré dos meses. Luego me tiraron de nuevo para acá”, recuerda Jorge.

Ahora su única esperanza es volver al hospital o a un lugar donde no lo maltraten y pueda descansar de verdad. Sin embargo, es tanta su desconfianza por las autoridades que prefiere permanecer acostado. Le molesta que no lo dejen descansar, pero se niega a moverse de lugar, a pesar de que lo tienen que ayudar por lo menos 3 personas para cargarlo hasta los baños del Metrobús en la estación Tlatelolco, sobre la calle Guerrero, a unos 300 metros de distancia.