Te has preguntado alguna vez cómo fue la vida sexual de los chilangos de los siglos XVI, XVII y XVIII. A continuación nos ponemos “subiditos de tono” para platicarte un poco sobre este tema. Y para ello, ahora sí que “nos metimos hasta la alcoba” de los hombres y mujeres que sufrieron y gozaron por el sexo en la “Muy noble y leal Ciudad de México”, hace unos cuantos siglos, cuando esta aún era un islote donde se habían construido grandes palacios virreinales.

La CDMX: testimonio vivo de la vida sexual de los chilangos del siglo XVII

La ciudad es un testimonio o una fuente viva para reconstruir la sexualidad novohispana: el palacio virreinal con sus bailes cortesanos; la Plaza de Santo Domingo con su Casa Chata o su edificio del Santo Oficio, tribunal que controlaba y vigilaba la conducta y el pensamiento sexual de los novohispanos, con su cárceles perpetuas para los disidentes transgresores de las normas religiosas, morales y sexuales; la Casa del Arzobispado en la calle de Moneda con su audiencia de la arquidiócesis donde se ventilaban problemas matrimoniales, a veces raptos, estupros y violaciones, y ocasionalmente peticiones de divorcios; la calle de Mesones con sus salones de citas, la calle de Uruguay con sus casas de recogidas para mujeres arrepentidas de “la mala vida”.

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Todos estos sitios son fuentes vivas de la sexualidad, pero también lo son los claustros o conventos donde monjas se azotaban como penitencia por tener “pensamientos impuros”, las vírgenes de los retablos barrocos de iglesias, parroquias, y capillas, arte pedagógico que intentaba inculcar modelos de pureza femenina, castidad, santidad y piedad.

O bien, las esculturas del Purgatorio —de la parte trasera de la Catedral— de ánimas penando seguramente por haber caído en la tentación de la lujuria, (el peor y más perseguido de todos los pecados en esta época); las calles oscuras propicias para toda clase de “torpezas”, los paseos de Iztacalco y de la Viga donde no podía faltar el romance, el cortejo y galanteo; o la Alameda, aquel paseo para aristócratas donde según el cronista y viajero Thomas Gage, no podían faltar a veces duelos o riñas por amor. Como vemos, la ciudad ofrece muchos espacios que nos dan pistas del sexo en aquella época.

Donjuanes y seductores de monjas

En los barcos, los españoles trajeron consigo no solo mercancías europeas, alimentos y animales desconocidos para América, sino también trajeron su religión, su moral, sus creencias e imaginarios en torno al amor y a la sexualidad y con ello llegaron en dichos navíos los primeros donjuanes y libertinos al nuevo mundo.

Al comenzar el siglo XVI, el demonio se volvió la representación y símbolo mismo de la lujuria. Se creía entonces que la sexualidad era un castigo de Dios y que solo debía ejercerse para la procreación. La sexualidad que no tenía por fin la reproducción era indebida, pecaminosa, digna de ser perseguida y castigada.

No obstante, al mismo tiempo se exaltaba la transgresión. Para el historiador Juan Pedro Viqueira Albán, durante el sigo XVII hubo en la Ciudad de México una proliferación de donjuanes y seductores de monjas, lo cual para este autor, “evidenció las primeras fisuras del orden moral tradicional a la vez que su solidez”.

Eran tales los escándalos por donjuanes seductores de monjas y novicias, que una real cédula de 1682 del rey Carlos II, El Hechizado, prohibió que las monjas tuviesen conversaciones con hombres que solían visitarlas dentro de los conventos.

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En dicha cédula el rey escribió “me hallo informado que son muy frecuentes las conversaciones de seculares con religiosas en los conventos de las Indias, pasando a ilícitas”, por lo que “he resuelto (…) atajar este abuso”. Cabe destacar que no solo eran rumores, ya que en el archivo hay registro de un caso del rapto de una novicia del convento de San Jerónimo en 1618.

Pese a que es un documento incompleto, en él se escribe que dicho expediente perteneció al arzobispado de México, por lo que no estaría descabellado suponer que se trataba del mismo convento de la Ciudad de México donde pocos años después se enclaustraría Sor Juana Inés de la Cruz y que ahora alberga un recinto universitario: el Claustro de Sor Juana.

Monjas y beatas lujuriosas

En la época colonial la sexualidad tuvo altas connotaciones sagradas o religiosas, mezcla perfecta para el erotismo. Vemos que frecuentemente muchas mujeres se enamoraron de su confesor, quizás no solo porque para ellas era este una figura de autoridad, sino además una figura sagrada.

Del mismo modo, hubo casos de monjas y beatas que han sido maravillosamente analizados por el historiador Antonio Rubial, cuyas historias terminaron ventilándose al Santo Oficio porque tuvieron pensamientos impuros y visiones eróticas con Jesucristo.

En muchos casos, el Santo Oficio determinó que se trataron de ilusiones o engaños del demonio, en otros casos de fingimientos y embustes de las propias mujeres para conseguir favores sociales, sobre todo cuando se trataba de beatas, mujeres por lo general pobres que, sin ser monjas hacían vida religiosa, y que se ganaban a menudo el pan mediante el favor de los vecinos por su supuesta santidad.

Amores de confesionario

Según la historiadora Solange Alberro, en la Nueva España podemos observar cómo en los delitos inquisitoriales, “se sustituyó lo herético por lo erótico”; es decir lo que más persiguió la Inquisición en la Colonia fueron delitos concernientes al ámbito de las transgresiones eróticas.

Los delincuentes que más hubo y fueron perseguidos en la Nueva España por el tribunal del Santo Oficio, a diferencia de Europa, no fueron herejes sino una enorme lista de bígamos, polígamos, casados dos veces y solicitantes. La solicitación era un delito que cometían los religiosos, frailes y párrocos al requerir en amores torpes a mujeres (y ocasionalmente también a hombres) en el confesionario.

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Fue un delito que se cometió con alta frecuencia durante la Colonia pero, a pesar de que la Iglesia y el Santo Oficio hicieron todo para que no salieran a lo público estos delitos, la realidad es que eran escándalos conocidos por todos, tan populares que en la segunda mitad del siglo XVIII constituyeron el punto de quiebre del prestigio y respeto que debían de inspirar los ministros de la religión, los curas de parroquia y los religiosos de conventos en los feligreses.

De fraile a demonio del Puente de San Francisco

Muchas canciones populares de la época satirizaron al cura o religioso solicitante. Sin duda la más conocida fue la del Chuchumbé. Este vocablo hacía alusión al miembro sexual masculino, por eso la canción comienza diciendo “En la esquina está parado un fraile de La Merced con los hábitos parados y enseñando el Chuchumbé”.

En otra canción popular de la época salía a la luz un lugar emblemático de la ciudad: el Puente del Convento Grande de San Francisco que se hallaba en la esquina de la avenida Madero y Eje Central.

Según dice una estrofa de la canción, al morir algún fraile que había sido famoso solicitante del convento de los franciscanos, este se había convertido en un demonio que se aparecía en el puente del convento causando hostilidad a las mujeres aún después de muerto: “Al pasar por el Puente de San Francisco, el demonio de un fraile me dio un pellizco y mi madre me dice con gran paciencia, deje que te pellizque su reverencia”.

De la seducción a la herejía

A menudo las transgresiones eróticas conducían a levantar sospechas de herejía como el caso del estudiante de derecho del Colegio de San Idelfonso, Manuel Farfán de 25 años.

En 1815 Farfán fue denunciado ante el Santo Oficio por su tía doña Gertrudis ya que, entusiasmado de lecturas de los filósofos ilustrados como Voltaire y Rousseau (que por cierto fueron calificados por la Inquisición como “filósofos libertinos modernos”), intentó seducir a su prima para que se fugara con él y se casaran a escondidas sin necesidad de un sacerdote.

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Así, Manuel se deslizó del terreno de lo que debía ser una transgresión sexual al terreno de las heterodoxias religiosas, pasó de ser un seductor a un hereje. Como vemos en lo sexual, la línea entre lo bueno y ortodoxo, lo malo o heterodoxo, era muy frágil.

Así nuestro estudiante de derecho terminó en el calabozo de la Inquisición, en aquellas temibles “cárceles perpetuas” que se hallaban en la actual calle de Venezuela, no solo por su conducta sino por pretender seducir a su prima con argumentos basados en autores prohibidos para el momento y fuera del dogma que marcaba la iglesia católica.

Sexo en la ciudad (virreinal)

La experiencia sexual de los chilangos del siglo XVII dio pie a situaciones aparentemente opuestas, como lo fue la combinación del fenómeno religioso con el fenómeno sexual.

A menudo la sexualidad de los novohispanos estuvo impregnada de fuertes dosis de sacralidad, religiosidad y de elementos del ámbito de lo sobrenatural, tales como tener pensamientos o visiones “sucias e impuras” con figuras sagradas o incluso con seres celestiales o infernales.

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Además, frecuentemente una transgresión moral daba pie a una infracción en materia religiosa. Así, en la ciudad virreinal, en medio de sus majestuosos palacios y conventos, Eros se rozaba con lo sagrado y se deslizaba poco a poco al terreno de la herejía.

Finalmente, la sexualidad en aquella época vio nacer emociones contradictorias tales como placer y culpa; deseo y prohibición; censura y obsesión; miedo y goce; castigo, vergüenza, dolor y sufrimiento tormentoso y gozoso, todo ello englobado en una experiencia altamente intensa.