En cuatro meses, más de 11 mil migrantes —principalmente de Guatemala y El Salvador— llegaron a México huyendo de la violencia y la situación en sus países de origen. Estas tres historias muestran cómo estos migrantes en México han sobrevivido y las razones por las que aún sueñan con llegar a Estados Unidos.

La memoria de Allan* parece imborrable. Puede narrar día a día lo que ha vivido desde el 15 de octubre de 2018, cuando un par de pandilleros llegaron a su casa en San Pedro Sula, Honduras, para recordarle que hacía tres semanas que no pagaba el “impuesto de guerra”, monto que deben cubrir quienes tienen un negocio, trabajan, viven o respiran en los barrios en los que se concentran las pandillas.

Allan estaba en el límite: si al día siguiente no tenía 378 lempiras hondureñas (el equivalente a 300 pesos mexicanos), lo matarían.

Exactamente tres semanas antes de la amenaza, Allan, repartidor en moto de un restaurante, había sufrido un accidente de tránsito y parte del dinero que ganaba a la semana era para la reparación del daño; el resto, para su vida diaria. Luego de que lo intimidaron, la cabeza le dio vueltas, cada minuto le parecía perdido.

“Al siguiente día me levanté muy temprano, tomé el teléfono y le marqué a mi abuela y a mi patrón. Les dije todo, les dije que me iba. Tomé mis cosas y salí de casa sin que nadie me viera o me escuchara. El 16 de octubre del año pasado salí de Honduras pidiendo ride”, recuerda.

Entre octubre de 2018 y enero pasado, 11,500 personas —principalmente guatemaltecos y salvadoreños— ingresaron a México como parte de tres caravanas migrantes en México, de acuerdo con un informe elaborado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

En 2015, la Secretaría de Gobernación contabilizó que 300,000 centroamericanos atravesaron el país rumbo a Estados Unidos, mientras que un año después, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimó en medio millón el número de migrantes provenientes del triángulo norte de Centroamérica –Guatemala, Honduras y El Salvador– que entraron a territorio mexicano sin documentos migratorios.

Al salir huyendo, Allan se unió a esas estadísticas y también se encontró con la primera caravana que salió cuatro días antes que él; sin embargo, sintió miedo de que hubiera infiltrados que pudieran delatarlo y prefirió seguir por su cuenta.

Tras dos días de caminata, Allan cruzó Guatemala y llegó a la frontera con México, donde se puso de acuerdo con dos mujeres y otro hombre para pagar 800 quetzales (alrededor de 1,600 pesos), y a la 01:00 de la madrugada del 18 de octubre se subieron a una balsa y cruzaron el Río Suchiate hacia Tabasco, donde, después de pagar otros 300 pesos, otra persona los llevó con un taxista para alejarlos de la frontera.

“De tanto en tanto nos perdimos y se nos acabó el dinero. Una noche llegamos a un lugar llamado La Concordia, en Chiapas, y ahí fue lo peor”, rememora.

Allan fue secuestrado por personas que prometieron darle empleo, comida y alojamiento temporal en una zona montañosa. Una vez en el lugar, sus captores le indicaron que tenía que pagar por su rescate con dinero o con los trabajos que le pidieran. “Eres hondureño, debes saber manejar armas”, escuchó, mientras cortaban cartucho.

Días después hubo una riña a balazos afuera de donde lo tenían retenido, Allan aprovechó la distracción y se echó a correr entre los árboles hasta que amaneció, pero las dos mujeres que viajaban con él habían sido trasladadas a otra zona. Nunca supo más de ellas.

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La CDMX como alternativa de paso para migrantes en México

Migrantes en la CDMX
Foto: Ana Blumenkron.

El problema con los migrantes en México es que o son invisibles o se les ve como mercancía, explica Gabriela Hernández, defensora de derechos humanos y coordinadora del albergue para migrantes Casa Tochan.

Casa Tochan, especializada en hombres, y Casa de Acogida Cafemin, exclusiva para mujeres, fueron los primeros albergues que recibieron migrantes en la Ciudad de México, ya que el resto de los espacios de descanso se solían encontrar en la periferia de la Zona Metropolitana del Valle de México, cerca de las vías del tren conocido como La Bestia, en el que históricamente los centroamericanos han viajado rumbo a Estados Unidos.

En Tochan pueden quedarse hasta 30 personas por máximo tres meses, tienen un espacio para dormir, comida segura y una organización interna que les enseña, de nuevo, a convivir y confiar en el otro. Es un lugar de paso en el que los migrantes en México deciden si siguen su camino al norte como indocumentados o si se quedan a tramitar su visa temporal.

Gabriela explica que hace poco más de una década los migrantes en México no consideraba a la CDMX como una zona “de paso” sino que las malas políticas hicieron que las dinámicas cambiaran.

“Con Felipe Calderón y la guerra contra el narco los migrantes resultaron muy afectados porque los hacían pasar por narcos o eran usados por los criminales para trabajos forzados y extorsión. Después, con Enrique Peña Nieto llegó el Plan Frontera Sur y las prohibiciones para circular en el tren, los operativos y el abuso policiaco cambiaron la forma de migrar”, señala.

Por esa razón, la Ciudad de México se convirtió en una alternativa de cruce, en la que la violencia no parecía latente, donde los migrantes podían descansar, trabajar unas semanas y seguir su camino. Incluso, para alrededor de 10% de los migrantes, según cálculos de Hernández, la CDMX significó la posibilidad de empezar de nuevo.

A pesar de todo, aún son pocos los migrantes en México que se interesan en vivir en la CDMX o en el país. La razón es más económica que de otra índole: en El Salvador, por ejemplo, se rigen por el dólar y en el resto de Centroamérica muchas familias adoptaron la divisa estadounidense debido a que reciben remesas enviadas desde Estados Unidos, mientras que en México se paga en pesos.

La meta de Allan también era llegar “al norte”, trabajar, contactar a su familia e intentar saldar la deuda que casi lo mata. A diario repasa la suerte que tuvo al encontrarse con personas que lo llevaron “de aventón” entre estados: el trailero mal encarado que arriesgó su trabajo para traerlo hasta la entrada a la Ciudad de México y a ese amigo que meses antes salió de Honduras hacia la capital mexicana y lo ayudó para alojarse en Casa Tochan.

“Ya me dieron mi visa por razones humanitarias por un año y estoy esperando las entrevistas para obtener el refugio. Tengo mi CURP, seguro social y metí papeles en una empresa para trabajar. Siento que van a venir buenos momentos ahora que estoy legal y que pueda tener un empleo. La ciudad me gusta porque aquí puedo andar en todos lados y nadie te molesta. Ya no tengo miedo. De nuevo soy libre de moverme”, dice Allan.

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¿De qué vive un migrante?

Jasiel* ha trabajado en una empresa para hacer tabiques y en el área de limpieza en un cine de la Ciudad de México desde hace un año. En El Salvador, de donde viene, se dedicaba a la carpintería y tenía nociones de imprenta. Salió de su país porque la Mara lo quería reclutar y a él no le interesaba. Y es que ahí, rechazar o traicionar al crimen se paga con la misma moneda: la muerte.

El joven de 28 años estaba en contra del pago de las “rentas”, que oscilaban entre cinco y cien dólares semanales (entre 100 y dos mil pesos mexicanos. Jasiel caminó de Tapachula, Chiapas, a Oaxaca. Vivía de lo que la gente le daba: agua, tortillas, un plato de comida y algunos limones para vencer la deshidratación. Se bañaba en los ríos, caminaban entre montes y dormía en los cementerios.

En Ixtepec, Oaxaca, solicitó la visa humanitaria y se la entregaron con vigencia de un año. Desde entonces se ha dedicado a trabajar y ahorrar. Está convencido de que su vida puede cambiar si logra llegar a Estados Unidos y desde allá enviar dinero para su mamá y sus dos hermanos, que dejó en El Salvador.

“Aquí en la Ciudad de México la construcción es la primera fuente de trabajo, porque no les piden papeles, pero eso implica que cualquier riesgo lo tienen que asumir ellos (los migrantes en México). Nos hemos dado cuenta que hay constructoras que los subcontratan y les pagan menos, incluso pasa lo mismo en obras del gobierno en las que trabajan empresas externas, reportan un salario y pagan otro”, detalla Gabriela Hernández, de Casa Tochan.

Otras de las áreas en las que se emplean los migrantes son en restaurantes, como meseros, cocineros o lavaloza; y en todo lo que tiene que ver con limpieza, pues también se trata de empresas que subcontratan y envían cuadrillas a oficinas, hospitales y plazas.

“Hemos visto que sí les ponen más horas de trabajo o buscan pretextos para pagarles menos. Muchos de ellos se aguantan porque necesitan recibir el dinero. Hay programas de gobierno que los apoyan, pero no es lo mismo darle $3,000 a alguien que está en su casa a que se lo entregues a los que deben pagar renta y mandar dinero a sus familias”.

Jasiel ha vivido esa situación. Asegura que los 2,600 pesos que le pagaban en el cine no le permitían vivir en la Ciudad de México. “En El Salvador con un dólar comes, puedes comprar un cuarto de dólar de tortillas, un cuarto de queso, uno de huevo y un refresco y ya tienes suficiente. Aquí con los 20 pesos que es más o menos el equivalente no se puede estar”.

La meta de Jasiel es renovar la visa humanitaria que se le venció hace un mes para empezar a caminar hacia “el norte”. No sabe si tomará un camión hacia Monterrey, Nuevo León, o para Ciudad Juárez, en Chihuahua, pero está convencido que una vez que entre a Estados Unidos empezará a ganar más dinero y a ahorrar para poner una pequeña empresa en Centroamérica que le permita vivir y darle empleo justo a quienes lo necesitan.

Migrantes en la Ciudad de México
Foto: Ana Blumenkron.

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Las otras caravanas de migrantes en México

Para Andrés Ramírez, coordinador general de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) de la Secretaría de Gobernación, la conceptualización entre migrantes y refugiados es una tarea necesaria para entender los contextos de los flujos migratorios.

Un migrante es todo aquel que de manera voluntaria o forzada deja el lugar en el que vive, sin importar si ocurre al interior de un mismo país (entre estados) o hacia el extranjero y en la mayoría de los casos tiene un carácter económico asociado a buscar una mejor calidad de vida. Mientras que la legislación internacional de 1951 reconoce que se encuentran en condición de refugiados personas que, por motivos fundados de persecución, abandonaron su país y atravesaron una frontera internacional.

Años después la Declaración de Cartagena amplió la definición a quienes dejaron su país por violencia generalizada, violación sistemática a los derechos humanos o una situación de desorden público.

“Esto ya no implica una persecución claramente individual, sino que es por motivo de una situación generalizada de violencia y derechos humanos lo cual está reconocido en México en la Ley de Refugiados de 2014. Esto quiere decir que nuestro país no recibe migrantes ‘por buena onda’ sino porque está obligado por leyes locales e internacionales. Son compromisos que debe cumplir”, precisa el titular de la Comar.

Por ello, Ramírez considera “hipócrita” el rechazo de la sociedad hacia los migrantes en México. Reconoce en ello algo de xenofobia, racismo e ignorancia, pues, dice, históricamente México ha sido receptor de otras caravanas.

De acuerdo con cifras de la Comar, en 2013 llegaron 1,296 personas a solicitar la condición de refugiado a las oficinas de la Comisión —incluyendo la ubicada en la Ciudad de México, que ocupa el segundo lugar en afluencia después de Chiapas– y a partir de ese año, la cifra ha ido en aumento.

En 2014 fueron 2,134 personas. Para 2015, el número creció a 3,424 y un año después, en 2016, la cifra se duplicó y se atendieron 7,896 solicitudes. En 2017 fueron 14,696, mientras que el año pasado se registraron 29,600 solicitantes.

Tan solo en enero pasado se recibieron 3,940 peticiones y se proyecta que el número crecerá para llegar a cerca de 48 mil solicitudes en este año. Del total, apenas alrededor de 10% corresponde a personas que viajan en caravanas, mientras que el resto son de personas que migran por su cuenta.

Las cifras también revelan que los hondureños son los que más llegan al país, seguidos de venezolanos, salvadoreños, guatemaltecos y nicaragüenses. La diferencia es que los originarios de Venezuela llegan a México en avión, mientras que los migrantes provenientes de Centroamérica lo hacen a pie.

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Volverse chilango

Oswaldo* asegura que es un hombre con suerte por haber salido de su país, Honduras, sin haber experimentado problemas de violencia. Él dejó todo porque el dinero no le alcanzaba para vivir: los sueldos eran precarios, las horas de trabajo altas y los gastos se hacían cada vez más grandes.

En la búsqueda por llegar a Estados Unidos, este joven de 27 años hizo el recorrido en La Bestia, dónde, dice, las condiciones no te permiten estar tranquilo. “No sabes con quién vas, hay muchos que están con la mafia, te hacen la plática, te sacan tu celular y empiezan a extorsionar a tu familia. Piden hasta 10,000 dólares por cabeza y hay familias que lo pagan con tal de no ver a sus hijos o hermanos muertos”, dice.

Migrantes llegan a la CDMX
Foto: Ana Blumenkron.

“A mí gracias a Dios no me pasó nada, pero sí tuve escapones con los Zetas, me pude librar. Arriesgué mucho la vida en el tren y todo para que cuando por fin llegué a Estados Unidos me deportaran. Ahorita le estoy echando ganas, no soy conformista, me gusta trabajar. Vivir en la Ciudad de México es difícil porque las rentas son muy caras, se te va la mitad del sueldo, pero por lo demás, aquí hay muchas oportunidades para vivir bien”, reconoce.

Después de 15 meses viviendo en la Ciudad de México, Oswaldo ha desarrollado habilidades camaleónicas y ha empezado a camuflajearse entre los chilangos. Además de adaptarse al ritmo de la ciudad, el joven, de manera quizá inconsciente, ha tratado de acortar las diferencias culturales para que en las calles, en los lugares de trabajo y entre amigos no se note el cambio.

Sin embargo, lo más camaleónico no es su forma de vestir sino la manera en la que habla: Oswaldo dejó la velocidad de las palabras que caracteriza el hablar del centroamericano, integró sonidos y palabras chilangas y de vez en vez, durante la entrevista, se atreve a soltar uno que otro “chido” y hasta unos cuantos “chingá”.

“En mi cabeza todavía ronda la posibilidad de irme a Estados Unidos por el tema económico, pero también es probable que me quede aquí, que me establezca. Está pasando el tiempo y los años pesan en el cuerpo. Si me quedo aquí ya tengo unos sueños que quiero cumplir, los he venido pensando desde hace meses. No te los puedo decir porque son cosas muy personales que solo he tenido en la cabeza. Son de esas cosas que, a pesar de todo lo que he vivido, siguen siendo solo mías”, dice.

*** Los nombres de los migrantes que proporcionaron sus testimonios fueron cambiados para proteger su integridad.