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7 de noviembre 2018

La solidaridad que alimenta a la Caravana Migrante de paso por la CDMX

Dificultades, cansancio, pero también muestras de apoyo y solidaridad, así ha sido la ruta de los migrantes.

Por: Ollin Velasco

Una hora antes de que se sirva la comida a la Caravana Migrante en el albergue habilitado en Ciudad Deportiva, Iztacalco, ya hay por lo menos 100 personas esperando por ella en dos largas filas. De un lado están las mujeres y los niños; del otro, los hombres, que son muchos más. Esta noche cada uno comerá una porción de arroz, atún de lata y un pedazo de pan.

Comida a la Caravana Migrante: actos de solidaridad

Foto: Ollin Velasco

Por el momento son cerca de 5000. Vienen caminando desde Honduras, el Salvador, Guatemala y el sur de México. Han llegado desde el sábado pasado y no saben cuándo se irán.

Algunos planean cruzar a Estados Unidos, a pesar de que el presidente Donald Trump anunció que blindará su frontera; otros han decidido quedarse en México a buscar jale. Todos huyen de la delincuencia y la pobreza en sus lugares de origen, buscan una vida mejor.

Y aunque el camino les ha tomado entre tres o cuatro semanas hasta aquí y ha sido agotador, la mayoría de ellos asegura que se han encontrado con muchas muestras de fraternidad que los alientan a seguir adelante, a pasar por alto las complicaciones del viaje con tal de llegar hasta donde sus pies les permitan.

“Lo mejor del viaje ha sido la comida”

Una valla metálica separa a los migrantes del comedor general que puso el gobierno de la Ciudad de México al aire libre, en el estadio Jesús Martínez ‘Palillo’.

Ahí está Marcos, de seis años, asido de los barrotes mientras le sonríe a los policías que custodian la entrada. Esta tarde llegó al albergue con su padre, Josué Padía, desde el departamento de Olancho, en Honduras. Vienen agotados. Llevan tres semanas avanzando a pie, pidiendo aventón, durmiendo donde se puede.

Foto: Ollin Velasco

“Ha sido más difícil de lo que imaginé, especialmente para un niño. Pero por fortuna tenemos el apoyo de mucha gente que se ha salido de sus casas para brindarnos una fruta, una torta, un vaso de agua. Eso no tiene precio. Y en caso de que lo tuviera, nosotros no podríamos pagarlo. Por eso nos sentimos afortunados”, dice Josué.

Él se dedicaba a la agricultura en Honduras. Tiene dos hijos más que se quedaron allá. Salió de su casa solo con Marcos, porque dice que él es el mayor y más fuerte, y quiere enseñarle a trabajar. Pero que allá no hay trabajo.

Josué asegura que durante su peregrinaje la gente ha sido siempre generosa, que la vida les ha dado una lección muy grande. Mario dice que la mejor parte del viaje ha sido la comida que les regalan, o cuando juega con los otros niños de la caravana. “Yo sólo quiero cumplir mi sueño: tener un celular”, dice el pequeño.

Los hermanos de todos lados

Caminar da hambre a cualquier hora. Pero en el albergue las reglas son claras: el desayuno es de 8:00 a 10:00; la comida de las 14:00 a las 16:00, y la cena de las 19:00 a las 21:00. Ni un minuto más, ni uno menos. Por cada vez se sirven cerca de 4,000 raciones de alimento. Prácticamente todo, que a su vez se prepara en comedores comunitarios locales, se acaba.

Foto: Ollin Velasco

No obstante, para los que no quedan satisfechos, o para los que van llegando al campamento, está la opción de las donaciones ciudadanas.

Joel es profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y vino con una colega suya a dejar los víveres que, entre catedráticos y alumnos, juntaron el día de hoy. Traen tres cajas con frijoles en lata, jabones en barra, tablillas de chocolate y agua embotellada. Dejan las provisiones en un puesto levantado al lado del comedor donde, como pueden, los encargados se inventan unos molletes que empiezan a repartir a la turba de personas que los rodea.

Foto: Ollin Velasco

“Como antropólogos, somos conscientes de que todos somos migrantes en todo el mundo, y que nadie tiene el derecho de cortarle el paso a otra persona. Todos los compañeros de la caravana, pero especialmente los hondureños, vienen huyendo de una guerra. Lo mínimo que podemos hacer es ayudarlos en lo que podamos. Mañana regresaremos con todo lo que llegue nuevamente a nuestro centro de acopio”, afirma Joel.

Igual que estos profesores, un grupo de religiosas que pertenecen al equipo del padre Alejandro Solalinde, en el albergue Hermanos en el Camino, ubicado en Ciudad Ixtepec, Oaxaca, llegaron en un taxi con la cajuela repleta de medicinas.

“Hay muchos migrantes que, por dormir a la intemperie, están enfermos. Basta con mirar alrededor un rato para ver niños y hasta gente mayor tosiendo, estornudando. Si deciden continuar hacia Estados Unidos, primero deben estar sanos”, asegura Rebeca López, quien es una carmelita misionera de la orden de Santa Teresa.

Tres veces mojado

La oscuridad ha caído sobre el albergue improvisado. Unas cuantas lámparas iluminan los rostros de mucha gente sentada en el piso, hablando de las rutas que han escuchado que los pueden llevar a Tijuana; de los camarógrafos que capturan cómo, desde su primer día de estancia, muchos migrantes ya compraron frituras, o cigarros, o pizzas, y las han empezado a vender.

Lucy Marllori espera en la fila donde algunos brigadistas reparten frazadas. Ella es guatemalteca, tiene 18 años y llegó a México con su esposo y su hija Allison Zoé, de dos años. Allá limpiaba casas, pero no les alcanzaba el dinero y decidieron buscar suerte con otros compañeros suyos que escucharon hablar de la caravana que iba para el norte.

Foto: Ollin Velasco

En el camino le regalaron una carriola, dinero en efectivo, hasta los invitaron a comer en una taquería en Veracruz. Lucy dice que ya preguntó cuál es la mejor forma de pasar “al otro lado”, y que le da mucho miedo cruzar el desierto con la bebé en brazos.

En el estacionamiento del deportivo suena "Tres veces mojado", de los Tigres del Norte. La canción proviene de un grupo de jóvenes acostados en torno a una bocina. Un poco más allá está Isaías López, de Copán, Honduras. El hombre, de manos correosas y con varios dedos sin uñas, viene cubierto con una bandera de México. Dice que vino sin nada, que alguien se la regaló y no se la quitó más porque siente que lo protege.

Foto: Ollin Velasco

“Yo no vengo buscando “el sueño americano”. Lo que quiero es que se me brinde la oportunidad de trabajar, porque mi esposa tiene cáncer y tengo que mandarle sustento. Yo hago de todo, de verdad. Y en todas partes se han portado tan bien conmigo, que estoy casi seguro de que algo me saldrá pronto”, asegura, mientras se anuda la el lienzo al frente y posa para una foto.

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