Así es ser princesa en la calle de Madero

¡Libre soy, libre soooy!

“¡Mira Mamá, es Elsa!”, dice una niña, y sus ojos se abren grandotes, como si no pudiera creer que en pleno Centro Histórico y en un clima cuasi tropical, pudiera estar la Reina de las Nieves de Arandelle. 

Se llama Blaned, tiene 21 años. Como en el cortometraje ‘Frozen Fever’ —la secuela de Frozen—, esta Elsa chilanga tiene gripe y sus estornudos resultan bastante irónicos para alguien que debería ser inmune al frío. Entre foto y foto, le da una mordida a su torta de salchicha porque el hambre apremia. “No siempre como así, trato de comer sano, pero hoy hay mucha gente”, me dice, como disculpándose por el pecado nefando de empacarse una sabrosa dosis de “vitamina T”.  

Llegó a la calle de Madero después de haber estudiado dos años de teatro en el INBA, cargada de deseos de hacer teatro callejero. No se pudo: se encontró con una calle saturada de personajes de caricaturas y de ciencia ficción y un espacio limitadísimo. Así se convirtió en Elsa, un personaje de moda entre las niñas y los niños que vienen al corredor peatonal con sus papás a echar el sabroso paseo de fin de semana. Cuando no está aquí plantando sonrisas en las caritas de los peques, Blaned es edecán y sigue preparándose para alcanzar su sueño de trabajar en Broadway. 

Entre Gatúbelas, Teds y otras Elsas

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Gatúbela, Harley y Elsa (Pável M. Gaona)

En esta calle se ha hecho de buenas amigas: cotorrea con una chava vestida de sensual Gatúbela y otra de Harley Quinn. Incluso encontró el amor: el Sombrerero, un chavo que hace stand up comedy callejero y que siempre tiene un público bastante nutrido, es su novio. Lo conoció  cuando él estaba en la Avenida Juárez y la expresión stand up aún no era popular en México. Su capacidad de improvisar y hacer reír la flecharon y desde entonces viven su propio cuento de hadas citadino. 

Cuando le pregunto cuánto gana, me dice: “en días buenos y si llegamos desde temprano, podemos sacar hasta 600 pesos. Pero a eso descuéntale que tenemos que pagar una cuota a una asociación que nos permite estar aquí. Además los pasajes y las comidas, porque aunque ahorita me esté comiendo una torta, por lo general trato de comer cosas nutritivas, mínimo una comida corrida”. 

De repente volteo y ¡oh my God!, hay otra Elsa a unos cuantos metros de distancia haciéndole competencia. Le cuestiono si no siente gacho que haya un clon tan cerquita y ella, muy tranquila, me dice que no. “La gente se va con quien más le gusta, yo me esfuerzo en mi caracterización y por fortuna he recibido muy buenas críticas”. Luego, con un gesto de ternura, agrega: “ya te dije cuánto gano en lo económico, pero el amor de los niños no se paga con nada”. 

“¿Hay niños que creen que eres la Elsa de verdad?”, le pregunto curioso. “Huy, claro”. A veces vienen y me dicen “Oye Elsa, ¿y tus poderes? Y yo les tengo que decir que sólo funcionan cuando estoy en el Reino de Arandelle. Es muy bella su inocencia. También vienen y me preguntan por mi hermana y les digo que se tuvo que quedar a cuidar el castillo. Hay veces que casi se me salen las lagrimitas cuando vienen, me abrazan y me dicen que de grandes quieren ser como yo”. 

Ser princesa en una ciudad machista

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Con Olaf (Páve M. Gaona)

Aunque la mayor parte del tiempo su trabajo es gratificante por la cercanía con los niños, ser una princesa en una ciudad donde el machismo y la violencia hacia las mujeres son cosa de cada día, la pone en situaciones incómodas e incluso peligrosas. “Hay chavos que pasan y te toman fotos sin pedir permiso o te gritan cosas obscenas. O también están los que creen que porque pagan una foto contigo tienen derecho de ser groseros y te hacen otra clase de insinuaciones. Nosotras, sobre todo las mujeres, tenemos que tolerar esta clase de acoso. Cuando esto pasa, dejamos muy claro que así como nosotras los respetamos a ellos, exigimos exactamente el mismo respeto”. 

En este momento su semblante es frío (je), pero vuelve a suavizarse cuando una niña le pide una foto.  “Elsa” le acaricia el cabello y le entrega la fotografía. La pequeña se lleva bien apretado entre los brazos el retrato, como si el viento o algún ladrón malintencionado fueran a arrancarle su tesoro. 

Le pido a la Reina de las Nieves una foto para la nota y accede gustosa, pero primero va por su querido Olaf para que el cuadro quede completo. A sus espaldas no está el Palacio del Reino de Arandelle, pero está la Casa de los Azulejos, que no desmerece. Escoge la que más le gusta y nos despedimos con una sonrisa y un abrazo, como si fuéramos viejos amigos. Esta tarde conocí a una de esas princesas que no esperan a ser rescatadas por un príncipe, sino que trabajan duro para hacer realidad sus sueños.

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