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24 de junio 2018

Rótulos a domicilio: un oficio que se borra poco a poco

Martín Hernández es el último rotulista de República de Perú. Encargados de llenar de humor y color el paisaje, el oficio del rótulo desaparece poco a poco.

Por: Carlos Acuña

Encargados de llenar de humor y color el paisaje urbano, los rotulistas están desapareciendo. Martín Hernández es el último rotulista de República de Perú, una calle donde hace todavía una década léos talleres de rótulos se contaban por decenas.

La prisa deslava las calles. Desde temprano, las cuadras que circundan el mercado de muebles de la Lagunilla se pueblan de pasos veloces, de vestidos de quince años envueltos en plástico, de camionetas cargadas de tablas y mimbre. El ajetreo diario de República del Perú ha hecho que todos olviden que, hace no mucho tiempo, el pavimento solía estar repleto de manchas de colores.

Durante décadas, Perú fue conocida también como «la calle de los rotulistas». Todavía hace poco tiempo, cuando alguien abría una carnicería o una tienda de abarrotes, lo primero que hacía era contratar a alguien encargado de pintar el nombre del negocio en la fachada. Durante décadas los mejores talleres de rótulos se amontonaban en esta calle populosa. Al final de la tarde era común ver a los aprendices jugar con las natas de pintura restantes de algún trabajo: les gustaba ver los autos rodar encima de ellas y salpicar el asfalto de colores.

el último rotulista de República de cuba
Martín Hernández

De ese mundo queda poco.

En el número 64 de la calle Perú, un local diminuto resguarda lo que sobrevive de aquellos años. Martín Hernández es el último rotulista de República de Perú. Bonachón y bajito, aunque roza los 60 años su sonrisa a veces lo hace parecer un niño que acabara de comer un algodón de azúcar.

–Hubo un tiempo en que había trabajo de sobra para los 13 talleres que había en esta calle –recuerda–. Pintábamos las lonas de las campañas políticas, anuncios en láminas, rótulos a domicilio. Los fabricantes grandes y las marcas nos buscaban. El taller más grande siempre fue ABO, que eran las siglas del maestro fundador: Alberto Bernal Olivares. Mi padre entró a trabajar con él cuando era niño, yo trabajé ahí durante unos 18 años hasta que cerró. Soy heredero de esta tradición y hoy, tal como están las cosas, soy el último rotulista de República de Perú. Me he dedicado toda mi vida a las letras. 

Miscelánea de Gráfica Popular: Cuando el futuro no alcance, carteles hi-nrg de colección

La gráfica popular tiene la capacidad de encapsular épocas. Los carteles de lucha libre, el juego de la lotería, los dibujos de las monografías remiten siempre a una época y a un espacio. Incluso cuando los referentes sean foráneos, encontramos la forma de hacerlos nuestros: pocas cosas más chilangas que un Bugs Bunny vestido de cholo en el parabrisas de un microbús.

Rótulo puerco
Martín Hernández

Los rótulos siempre fueron la expresión popular de los anuncios publicitarios. En el paisaje urbano es, en buen parte de la ciudad, ese montón de letreros coloridos uno después del otro. La caricatura del gallo coqueto, al lado del letrero «Pollos recién matador». El catrín presumiendo sus cacles de oro: «Zapatería Flexi Al buen paso darle prisa». El dibujo de un barco sacudido por una ola gigante: «Servicio Express Lavandería». El vacile y la exageración convertidos en un estilo.

 «Se trata de una manifestación cultural asociada a una condición económica media baja y baja –explica Enrique Soto, en Un guiño en la pared (El Otro Muralismo, Artes de México 95, 2009)–. No encontramos rótulos en los centros comerciales de la ciudad de México ni en las colonias donde se agrupa la gente de mayor potencial económico, como Polanco, Las Lomas o Interlomas; en cambio, en Nezahualcóyotl o Tláhuac, es difícil imaginar un comercio que carezca de un rótulo».

–Hay algo de psicología en este oficio –explica Martín, el último rotulista de República de Perú–. Los colores que usábamos dependían del tipo de negocio. Para una peluquería, letras azules y rojas, hoy también se usa el color morado. Las carnicerías deben ser blancas, con colores rojos que remitan a la sangre. Y hay que usar el humor, sí. En un local de pollos rostizados hay que dibujar pollos en una rueda de la fortuna. Porque ese es el detalle: los rótulos dan personalidad a un negocio. Pero hace años servían para otra cosa: en su momento, mucha gente no sabía leer ni escribir.

Fue la impresión digital la principal razón de la debacle del oficio. La mayoría de los negocios hoy prefieren esta opción para promocionar su espacio, sin saber que los colores se desgastarán más rápido que un rótulo tradicional.

Mariscos rótulo
Martín Hernández

En su pequeño taller del número 64, Martín está por terminar su último trabajo: un letrero amarillo con letras negras para un nuevo restaurante gourmet de la colonia Escandón. El último rotulista de República de Perú ya no pinta letras sobre los muros del Centro Histórico. Se arriesga, dice, a ser detenido pues la policía le exige un engorroso trámite para poder trabajar en la calle.

Pero no todo está perdido. El furor por el diseño mexicano ha hecho que festivales como All City Canvas o el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, el Centro Cultural España o el Museo Tamayo busquen a Martín para crear rótulos en sus espacios o incluso piezas de exposición. que la imagen del puerquito que se baña feliz dentro de un cazo caliente pueda llegar al Museo de Arte Moderno llama la atención. Quizás los rótulos sean como pinturas rupestres, vestigios de una ciudad que comienza a borrarse. Martín Hernández, el último rotulista de República de Perú, piensa distinto:es una forma de devolverle la dignidad al oficio.

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