Los profetas del sapo 🐸 en CDMX

Una nueva cultura psicodélica se vive en la ciudad y nos sumergimos en ella

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Ilustración: Tavo Montañez

¿Cuánto tiempo ha pasado? Cinco o seis minutos desde que la “facilitadora” me dio a fumar seis miligramos de 5-metoxi-N,N-dimetiltriptamina (5-MeO-DMT), una sustancia obtenida al exprimir las glándulas del sapo bufo alvarius de Sonora.

No entiendo cómo, pero estoy de regreso. Poco a poco –respiro, respiro– el mundo recupera su consistencia. Los colores y las texturas se posan otra vez sobre mis ojos. Es como cuando el agua de un estanque recobra la calma luego que una piedra ha caído en él. Desconozco dónde me encuentro y qué día es hoy, cuál es mi nombre o la forma de mi cara. No recuerdo si tengo un nombre, una forma o una cara. Apenas existo.

Con una sonrisa enorme –como si me compartiera una golosina y no uno de los psicotrópicos más potentes del planeta– acercó una pipa de cristal a mi boca, me pidió́ exhalar todo el aire y después respirar el humo que emanaba de una pequeñísima costra verde que hacía combustión. Al inhalarlo, las paredes se evaporaron de golpe, y yo con ellas.

¿Cuánto tiempo ha pasado? Unos minutos acaso, pero pareciera que hace siglos el tiempo dejó de transcurrir. Mis sentidos no traducen más los estímulos que me rodean. Tampoco el espacio funciona, ni las ideas. Esto es el principio antes del verbo: un laberinto de materia –células, moléculas–, una especie de red eléctrica –átomos que se atraen y se repelen–, y luego la nada, mi identidad, lo que creo ser, se disuelve en algo que no parece tener inicio ni fin.

Y es ahí́, en medio del vértigo, que de pronto siento un latido, otro y otro más. «Respira, respira», dice la “facilitadora” –como se hacen llamar quienes proveen el 5-MeO-DMT –, y yo escucho el sonido largo y oscilante de los cuencos tibetanos que ella sigue tocando. Sonrío como si el aire a mi alrededor fuera una caricia.

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Ilustración: Tavo Montañez

Vengo del mundo de los muertos, pienso con asombro. Soy un fantasma. Repito para mí mismo: cinco, metoxi, ene, ene, dimetiltriptamina. Lo hago para tranquilizarme, para recordarme que lo que estoy sintiendo es solo el efecto de una sustancia.

En medio de la taquicardia, reconozco el óleo que está sobre mí: un sapo enterrado en un entramado de jeroglíficos y símbolos rupestres. A lo lejos, atravesando mi éxtasis como una interferencia de otro planeta, escucho el motor de un camión que se acerca y la sirena de una ambulancia que corre por alguna avenida de la colonia Condesa: la vida regresa a su cotidiana y dolorosa vulgaridad. Con la consistencia de las cosas vuelven también los juicios morales, la culpa. Entre la bruma miro a la “facilitadora”, con su sonrisa de duende, su vestido folclórico, y me pregunto qué carajos estoy haciendo, quién es ella, qué derecho tiene a hurgar en mi alma. Por un segundo, el pudor se convierte en pánico.

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5-MeO-DMT: Atisbos de otro mundo

Algo sucede en nuestra ciudad, en el mundo entero. Entre risitas curiosas, un rumor se esparce: una nueva psicodelia bulle y varios están ya inmersos en ella. Es una psicodelia silenciosa, menos estridente y colorida que la de los años 60 en Estados Unidos, y los sapos-toro del desierto de Sonora (bufo qlvarius) son sus pequeños mesías, símbolos de una espiritualidad que crece año con año: 5-MeO-DMT.

«Es una experiencia muy peculiar –me dice una actriz que ha participado en telenovelas y algunas películas, y que ha fumado sapo seis veces desde 2016–. Hay muy pocas, poquísimas, percepciones humanas. Lo que yo te pueda comunicar es solo una interpretación de algo que no tiene nada que ver con el mundo conocido».

Fumar 5-MeO-DMT es una experiencia imposible de explicar con palabras, en eso coinciden todos. Hay quien se refiere a este compuesto como una “medicina” o sustancia sagrada, pues, a diferencia de una droga de diseño o un alucinógeno común, sus efectos distan de ser recreativos. Y aunque existen casos de terror, el veredicto común es que se trata de una experiencia sumamente útil.

«Yo lo probé justo en mi cumpleaños 40 –explica un maratonista–. Me documenté lo más que pude, pero hay poca bibliografía seria en internet. Me llamó la atención no encontrar relación con una corriente filosófica.

Los seris comenzaron a usarlo en rituales de sanación, pero es algo muy reciente. Y también, de alguna forma se ha convertido en una moda; pero como es una sustancia no ligada directamente a una cosmovisión, se adapta a la vida moderna y a cualquier creencia que puedas tener. Yo crecí en la iglesia bautista, pero me he interesado en la cultura huichola; también practico y estudio yoga… y la experiencia del sapo es capaz de darle un significado profundo a todo eso, incluso a la fe cristiana».

Según el estudio Epidemiología del 5-metoxi-N,N-dimetiltriptamina: usos, consecuencias, patrones de consumo, efectos subjetivos y razones de consumo, realizado por cinco académicos de distintas instituciones –incluidos la Unidad de Investigación en Comportamiento Farmacológico, el Departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina John Hopkins y el Crossroads Treatment Center de Nuevo México–, la mayor parte de los consumidores de esta sustancia la usan con “propósitos espirituales”. Nueve de cada 10 reportan una experiencia mística, sensación de inefabilidad, pérdida del sentido del tiempo o una “experiencia pura del ser”. Su potencial de adicción es bajo –pocos la consumen más de cuatro veces en su vida– y menos de 10% reporta problemas médicos, legales o psiquiátricos derivados de su uso. Los testimonios, en cambio, aseguran grandes beneficios para aliviar trastornos como estrés postraumático, alcoholismo, drogadicción y ansiedad, entre otros. Aunque, claro, hay que considerar que la muestra de usuarios es pequeña y han consumido poco.

«Me ayudó a superar una profunda crisis de identidad y una relación violenta», me dice una modelo. «Me dio paranoia severa algunos días después, pero mi vida cambió radicalmente», asegura un actuario. «Renuncié a mi trabajo de oficina luego de probarlo por primera vez», confiesa un exfuncionario de gobierno. «Después de probarlo entendíb que Dios es todo y que nosotros no somos sino Dios experimentándose a sí mismo a través de nuestra conciencia», me confiesa una actriz.

«Piénsalo –me instiga otra actriz, quien probó el 5-MeO-DMT hace dos años–. ¿A quién demonios se le va a ocurrir exprimir las glándulas de un sapo que vive en un desierto recóndito, para después secar esa sustancia sobre un vidrio y fumárselo en una pipa? Si te pones a pensar, es un asunto absurdo: esa información no es humana, viene de arriba, de los extraterrestres, de la divinidad, de un estado de conciencia que no es de este mundo, ¡qué sé yo!».

Hay pocos registros que refieran el uso del sapo en ritos prehispánicos. Algunas cerámicas y entierros funerarios mayas lo sugieren, pero no hay evidencia contundente ni detalles que permitan recrear los rituales. Fue hasta 1968 que se descubrió, en algunos círculos, la existencia de esta sustancia en las glándulas del sapo-toro de Sonora.

Pero fue Octavio Rettig, un médico cirujano de origen jalisciense, quien comenzó a difundir lo que a finales de julio reunirá en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), con apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a neurocientíficos, antropólogos, autoridades y “facilitadores”. Se discutirán distintos temas alrededor del bufo alvarius, como la conservación de la especie, los efectos neuroquímicos del consumo de 5-MeO-DMT, perspectivas espirituales y los problemas éticos de su popularización, entre otros.

De acuerdo con el sociólogo Jesús Ernesto Ogarrio, Rettig llegó a la comunidad seri de Punta Chueca, Sonora, en 2012. Años antes, el médico había logrado superar la adicción a ciertas drogas sintéticas gracias al veneno del sapo, así́ que se propuso iniciar una campaña de salud en el interior de la comunidad que, en ese momento, atravesaba una crisis porque muchos de sus miembros eran adictos al cristal (metanfetamina). El éxito de Rettig al “curar” a varios ancianos seris derivó en una hermandad entre él y la comunidad que, desde entonces, adoptó al sapo como un animal sagrado.

Hoy Rettig, un hombre barbado de cabello largo, invierte su vida en difundir el legado del bufo alvarius en conferencias y ceremonias. En decenas de videos que circulan por internet puede vérsele asistir a personas que se convulsionan después de fumar la sustancia del sapo en la orilla de la playa, mientras él toca cascabeles y entona cantos seris: chamanismo vía YouTube.

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Ilustración: Tavo Montañez

No es el único entusiasta. Aunque todavía pequeño, se ha publicado un puñado de libros sobre la sustancia activa del sapo. Al 5-MeO-DMT se le suele confundir con el DMT, presente en el tepezcohuite y la ayahuasca. Similares en su estructura química, la diferencia de los efectos entre ambas sustancias es abismal: mientras el DMT puede provocar alucinaciones y una experiencia un poco más lúdica, el 5-MeO-DMT anula por completo los sentidos y simula una muerte mental; la estructura psicológica se desintegra.

Además, el 5-MeO-DMT no es la única sustancia contenida en el veneno del sapo. En menores cantidades también es posible encontrar bufotenina, un alcaloide con propiedades alucinógenas, y otros compuestos que potencian su efecto de forma, a veces, impredecible.

El DMT es producido por gran parte de los seres vivos de forma natural, y el 5-MeO-DMT se ha encontrado en el hipotálamo de algunos vertebrados, aunque aún no se sabe cómo logran producirlo ni para qué. De acuerdo con James Oroc, autor de Tryptamine Palace, 5-Meo-DMT and the Sonoran Desert Toad, cuando uno consume cualquiera de estas sustancias, activa la misteriosa glándula pineal: ese pequeño capullo entre los dos hemisferios de nuestro cerebro, responsable de producir sustancias como la serotonina, la cual permite que la electricidad y sus mensajes pasen de un nervio a otro, de una neurona a la siguiente.

Tanto el DMT como el 5-MeO-DMT tienen una estructura similar a la serotonina, por eso la glándula pineal puede absorberlos fácilmente. De hecho, la serotonina que segrega nuestro cerebro está estrechamente ligada a nuestro comportamiento social, a la toma de decisiones y a buena parte de nuestros impulsos. De ahí́ que fumar sapo pueda provocar cambios irreversibles en nuestro entendimiento.

¿Preocupan las pequeñas sectas y gurús improvisados que han surgido alrededor del sapo?, le pregunto a Octavio Rettig.

«Es complejo –responde–. Hay bastante charlatán y oportunista. Yo le enseñé́ la medicina a los seris y comparto su canto porque es poderoso. Pero esto ya está́ fuera de control. Por eso ahora me dedico a educar y compartir no solo la medicina, sino todo lo que debe existir detrás: cultura, una cultura que debemos crear entre todos».

Pero es imposible saber si la cultura podrá́ frenar la industria o regularla. Una sesión de sapo o de 5-MeO-DMT sintético puede llegar a costar hasta 200 dólares. Existen cientos de páginas que narran experiencias con el 5-MeO-DMT e incluso se venden paquetes en los que supuestos chamanes ofrecen retiros espirituales con ayahuasca, peyote, hongo y sapo incluido.

«Es el viejo oeste», fulmina Rettig.

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Aterrizaje

Todavía no entiendo cómo, pero estoy de vuelta.

Tardo varios minutos más en asimilar lo que ha sucedido. Es como si el humo del sapo me hubiera volteado, de adentro hacia afuera, como un guante. Salvo por mis zapatos, que me he quitado antes de fumar, tengo toda la ropa puesta. No dejo, sin embargo, de sentir un extraño pudor. Me doy cuenta entonces de que hay otras maneras de estar desnudo, vulnerable.

Escéptico al folklor y al discurso espiritual, bastaron seis miligramos de algo parecido a un moco seco –el veneno de un sapo que pasa 10 meses enterrado– para que mi mente se rindiera. Durante siete minutos me he olvidado de mí mismo y he sido testigo de ello. Sin perder la conciencia he visto cómo mi estructura psicológica se disolvía, hasta perder mi nombre y mi historia. Ahora, al recobrar mi forma humana, siento miedo. Sé que mi identidad entera pende de un hilo delgado y frágil. Saberlo, sin embargo, reconforta: el cuerpo parece menos tenso, la mente, más clara.

La “facilitadora” sigue tocando los cuencos tibetanos, respira. Mi corazón parece querer escaparse de mi pecho y mi mente lucha por recobrar sus funciones. Quiere plantearse todos los dilemas éticos alrededor del manejo de una sustancia tan potente. Pese a lo anterior, no dejo de sonreír.

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Ilustración: Tavo Montañez

¿Cómo lidias con una responsabilidad así? –le pregunto a la “facilitadora” en cuanto recupero el habla–, ¿cómo haces para no perder el control al tocar lo más profundo de las personas?

«Es una responsabilidad enorme, por-que te cambia toda la perspectiva –dice sin dejar de mirarme fijamente, serena–. Pero yo no creo que descubras algo que no sepas. Cuando eres niño tienes esos cablecitos bien conectados. Yo creo que de lo que se trata es rememorar que eres parte de un todo y recordar, físicamente, que vas a morir, son muchas cosas. Por eso es que el entusiasmo que genera es inevitable. Muchos, después de probarlo, se vuelven “profetas del sapo” y comienzan a recomendarlo con todos sus amigos. Yo intento no aceptar a cualquiera, no voy a echarme esa responsabilidad. Platico con cada uno antes, con cualquiera que me lo pida, intento evaluar qué tan maduro es, qué tan preparado está para una experiencia así́».

El miedo se esfuma apenas comienzo a sentirme en control de nuevo. Entiendo la razón: me atemoriza ser juzgado y, principalmente, manipulado por ella. Sería tan fácil, después de lo que acabo de sentir. Me asusta, sí, comenzar a hablar de otras dimensiones, de otras vidas, de chacras, de Buda o del Espíritu Santo; amanecer mañana convertido en un esquizofrénico o en un hippie aspirante a chamán. Pero ella no interviene, escucha, responde mis dudas, lo cual me tranquiliza, me ayuda a aterrizar.

Me abraza y dice que estará́ en contacto conmigo los siguientes días. Ya lo había dicho antes: «Es muy importante que quien te facilite el sapo sea una persona íntegra, que se preocupe, que dé un seguimiento para que se asegure de que estés bien. Hay muchos supuestos chamanes que te citan en un bosque, te dan a fumar esto y después desaparecen para siempre. A muchos les cuesta volver a integrarse al mundo, porque después de tocar esa eternidad es imposible volver igual a tu vida».

Los días llegan sin contratiempos. Sigo hablando con otros entusiastas del 5-MeO-DMT y algunos mencionan regresiones, visiones, cambios drásticos en hábitos, renuncias al trabajo o arrebatos místicos los días posteriores a haberlo fumado. Yo sigo siendo ateo. En todo caso, no puedo dejar de notar una calma inusual y una sensación de libertad, como si en cada una de mis decisiones no hubiera posibilidad de error ni de angustia. La vida sigue. Respiro.

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