Gancho al hígado de una mujer tlalpense

Una historia de lucha

Ubicado al sur de la Ciudad de México, se encuentra el gimnasio Juan Fabila, el primero que existió en la alcaldía de Tlalpan. Tiene el aspecto de ser un sitio olvidado donde se resguardan las memorias del único medallista mexicano en los Juegos Olímpicos de Tokio ‘64, el pugilista cuyo nombre identifica a este pequeño templo de boxeo y hospital del alma que en su interior una mujer lo mantiene lleno de vida.

A sus órdenes, jefa

De lunes a viernes, ya sea en el turno matutino o vespertino, hombres y mujeres de diferentes edades acuden al gimnasio para entrenar bajo las indicaciones de Daniela Fabila, una instructora de box nada convencional.

Creció entre guantes y costales, inmersa en una cultura deportiva con el ring como panorama cotidiano. Licenciada en Educación Física con especialidad en box, ella también es cinta negra en karate y escolta profesional.

Con formación militar gracias a estudios en la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), se encargó de entrenar durante 12 años a los elementos del ejército adscritos al equipo de box. “Fue un ambiente difícil, precisamente por mi condición femenina. Los militares no están acostumbrados a recibir órdenes de una mujer. Tuve que imponerme con experiencia, conocimientos y demasiada seguridad en mí misma”, comenta para Chilango.

Su labor en la milicia le llevó a obtener la Medalla al Mérito Docente Militar, sobre todo después de que sus alumnos arrasaran con triunfos en las competencias boxísticas a nivel castrense. No lo enaltece en su currículum, pero puede presumir de haber traído en cintura a más de dos mil soldados.

Una profa querida

Quienes llegan al gimnasio muchas veces traen sobre sus hombros frustraciones, tristezas, depresiones, ansiedades o autoestima devastada. Llegan con ganas de tundir a golpes lo que sienten como mala suerte o episodios difíciles de superar. Daniela los encamina a canalizar esas emociones a través del pugilismo.

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Para dicho propósito ha tomado distancia del carácter fuerte y duro que forjó en el ejército. “No puedes exigir de la misma manera a un militar que a un chico común y corriente. Me he adaptado al cambio para no herir susceptibilidades, para que no se sientan amedrentados, ofendidos, vejados”.

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Pese a que ella diga que no es cálida con sus alumnos, que oscilan entre los 15 y 26 años, chavos y chavas la adoran. Es su “profa”, su “maestra” consentida. Le aprecian por su estilo oral, que es una mezcla de tono materno con la voz de una amiga que te aconseja o te pone en tu lugar, en este caso para generar disciplina.

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Correr, hacer abdominales, repetir series de lagartijas y conectar ganchos en rounds de sombra, son algunos ejercicios que sirven a los chicos para liberar sus penares, al mismo tiempo que estimula su aprendizaje por un deporte que va más allá de soltar trancazos. “El box les ayuda a agilizar su memoria, su visión, aparte de darles movilidad en todo el cuerpo y una mejor coordinación”, puntualiza.

¿Por qué el box?

La respuesta inmediata está en la sangre que corre por sus venas, sin embargo, independientemente del apellido que posee y de la figura que fue su padre, Daniela quiso ser boxeadora profesional por el gusto de tirar golpes. Recuerda que era buena con las manos para conectar lo que fuera, algo que le resultaba fascinante, atractivo.

Pero su sueño de subirse a un ring se acabó desde antes de intentarlo. Primero porque su papá se opuso por completo. “Me dijo que no, que eso no era para mujeres, que era exclusivo de puros hombres y se podía prestar a malas interpretaciones”. Después de eso, la realidad le confirmó que el machismo y misoginia impedían cualquier admisión femenina: “en mis tiempos (principios de los años ochenta) no estaba permitido, era vetado”.

Hoy día, a más de 30 años de esa ilusión truncada, luego de haberse topado con un ambiente boxístico masculino que le cerró la puerta y con otro al que pudo dominar como lo fue el ejército, Daniela instructora le habla a la Daniela adolescente que quería comerse el mundo en un cuadrilátero para comentarle lo siguiente: “Valió la pena esperar. No fui boxeadora, pero la vida me destinó a ser instructora. Amo lo que hago”.

El mejor reconocimiento hacia su temple por afrontar y vencer barreras proviene de su padre, quien venció estigmas y prejuicios de antaño gracias a ella. Viéndola trabajar, escuchándola en sus lecciones, observándola en la forma de conducirse con los alumnos y mirándola en sus aptitudes, se enorgullece de que su hija haya logrado y logre sobresalir en un mundo que se creía era de hombres.

La raíz es la raíz

Ahí donde inicia o culmina Insurgentes, en la colonia La Joya, Daniela acomoda guantes, caretas y manoplas que utilizan aquellos chavos que han olvidado su equipo, o que no tienen dinero para adquirirlo todavía. Lo mismo hace con peras y desgastados por el uso.

Ninguno de los materiales es nuevo, ni las instalaciones son modernas. Falta dinero, sí, pero eso no es excusa y, por el contrario, tiene un efecto nostálgico que vecinos, alumnos y generaciones tlalpenses valoran: la esencia del gimnasio como símbolo de apego al barrio. “Puedo decir que es mi casa, pero en realidad es la de muchas personas que nacieron y crecieron en Tlalpan”.