Razones para no andar con un músico

No todo es glamour y rock

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Ser músico es una suerte de la que no cualquiera puede presumir; sin embargo, andar con un músico, eso sí, no tiene nombre. Ya sea que se trate de un rockstar de garaje o un mariachi de quinta, todos los ejemplares de este gremio tienen sus cosillas que, dicho sea de paso, no siempre resultan cómodas o agradables para sus parejas.

Por ello, te ofrecemos algunas razones para que, en caso de que estés pensando andar con uno de ellos, no lo hagas y huyas lo más lejos posible, pues como dicen por ahí: “más vale aquí corrió, que aquí quedó”. Van, pues, los argumentos:

-Deberás lidiar con su fama y popularidad; peor aun, aceptar que parte esencial de su chamba es tener groupies. De tal modo, si eres celoso o celosa, esto puede representar un gran problema.

-Hasta eso nunca les hace falta el trabajo, pero tendrás que acostumbrarte a que, en muchas ocasiones, les pagan las presentaciones ¡con chelas! (no es que sean borrachos, simplemente cobran bien por su talento). Por tanto, si no te late que tu pareja se aviente sus chupes, vas a sufrir.

-Si piensas que te complacerán interpretando tus rolas favoritas (esos grandes éxitos de Maná, OV7 o Fernando Delgadillo), jajaja, nada más lejano de la realidad. Siempre van a salir con que eso no es música y no va con su estilo post-punk alternativo, o que no se pasaron miles de años en el Conservatorio para tocar esas jaladas.

Si te piensas casar con uno de ellos, ¡aguas!, pues ese grandioso heavy metal no se toca solo el día del concierto. Deberás resignarte a escuchar cómo lo ensayan una y otra vez, al máximo de decibeles, hasta que les salga chido, o bien, hasta dejar sordo a todo ser viviente que se encuentre cerca.

-En las reuniones te pueden hacer quedar muy mal, pues suelen ponerse sus moños delante de la gente para tocar o cantar unas rolitas. Además, nunca falta que en plena noche bohemia con los cuates, se tarden mil horas afinando su guitarra (¡chale!, ni que se tratara de un recital en Bellas Artes).

-Nunca podrás salir con ellos los fines de semana, pues justo son los días en que más chamba tienen. Si insistes, tendrás que verlos sólo por la tarde y de rapidín, jeje, o bien, esperar hasta las tantas de la madrugada, cuando terminen sus presentaciones, para gozar de su presencia. Ahora que si el toquín se prolonga debido a tanto encore (“¡otra, otra, otra!”), ahí sí ya estuvo que te quedaste con las ganas.

-Sucede con relativa frecuencia que, gracias a su desbordada inspiración e inventiva, los ensayos a mitad de semana con su grupo se convierten en briagas memorables. De tal suerte, si tenían una cita para ese día, ¡ya estuvo que se canceló! Deberás acostumbrarte a ello.

-Ni se te ocurra salir con ellos a un bar karaoke, pues te harán pasar un rato muy desagradable: asumirán un papel crítico (tipo juez de La Academia o La Voz México) respecto a los cantantes espontáneos. Pero eso sí, nunca pasarán al escenario; argumentarán que las estrellas de su magnitud no se rebajan a esas ridiculeces.

Jamás vas a ocupar el primer lugar en la lista de sus grandes amores. Primero está su sagrada lira Stratocaster o cualquiera que sea su instrumento (desde un tololoche, hasta unas maracas); después, su público y sus groupies; luego, su mánager (al que le deben su fama) y su productor (quien materializa su talento en una grabación exquisita), y ya al final estarás tú.

En fin, chilangos, éstas son algunas razones para no andar con músicos profesionales o amateurs, rockeros famosillos o miembros de un conjunto versátil, trovadores o directores de orquesta. Todos son hermosos seres humanos, pero su oficio no es muy conveniente para eso de las relaciones amorosas. Mejor tenerlos como cuates. O ya si de a tiro tú también eres medio música, pues éntrale, pero eso sí, bajo tu propio riesgo.

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