Las tres viudas negras del rock

Las femme fatales que arrastraron a ídolos

Facebook oficial Courtney Love

En mi humilde opinión, las mujeres son de las pocas cosas en el mundo que tienen un poder supremo. O más bien, la atracción en general, pero para hacer esta historia más interesante, digamos que son, exclusivamente, las mujeres.

Una mirada, una palabra, una mueca o una palmadita bastan para que, como si tu mamá te estuviera gritando otra vez enfrente de tus cuates, te cuadres a sus peticiones. Es que nos vuelven locos… o locas, según sea el caso.

El punto es que tienen un poder oculto, una persuasión inquebrantable y bien que lo saben. No se hagan que la virgen les habla, sí lo saben. Y están dispuestas a utilizar su poder para conseguir lo que quieran.

Desde Cleopatra o Clitmenestra, hasta Isabella Rosselini en Blue Velvet o Sharon Stone en Basic Instinct, las femme fatales son ese personaje fuerte, catastrófico y envolvente. Y por supuesto, la música no se salva de ellas.

Con motivo de los cincuenta añotes de Courtney Love, recordamos a tres de las mujeres más odiadas en la música…

Yoko Ono

La clásica. La de siempre. La de antaño. Yoko Ono probablemente tenga los mismos haters que Mark David Chapman (asesino del buen John). ¿Y por qué? Pues porque la creencia popular dice que, literalmente, desbandó a los Beatles.

Si vamos a hablar del cuarteto de Liverpool, entonces hablaremos de uno de los primeros fenómenos de cultura popular con tan tremendo alcance. Es cierto que antes habíamos tenido el fervor por el Rey Elvis, pero lo de los Beatles terminó por cimentar las bases de una nueva manera de clamor popular. Un fanatismo limítrofe que a veces rozaba en la locura, o en la obsesión compulsiva como la de la increíble Overly Attached Girlfriend. Los Beatles cambiaron el mundo y, según sus fans, Yoko Ono cambió a los Beatles.

John Lennon, el ídolo, cayó cual costal de papas en el encanto de una artista japonesa. Casualidad o fatalidad, pero lo cierto es que cuando los Beatles estaban en sus últimos años de ser uña y mugre, apareció la muchachita oriental.

(Si quieres leer ‘Todo sobre John Lennon’, da clic aquí)

Conocidas son sus peleas con Sir Paul, y tal vez más conocidos son sus gritos, desde aquellos en “Yer Blues” —cuando John todavía estaba vivito y coleando— hasta los recientes en el festival de Glastonbury que, la neta, sí parecen sacados de un pobre animalito moribundo. Hay quienes dicen que Yoko es una adelantada a sus tiempos y que su controvertido arte dadaísta avant-gard (era parte de un colectivo denominado Fluxus, precisamente dedicado a estos asuntillos de alcurnia del llamado anti-arte) es una expresión de honestidad pura, y no simplemente gritos horripilantes o exposiciones extrañas. El juicio depende del espectador.

Según las leyendas, mientras Lennon seguía con Cynthia —su esposa por aquellos tiempos—, conoció a Yoko Ono. Fue en una exposición de Ono que involucraba clavos y martillos y, quién sabe qué mosco le picó, pero parece que John sintió inmediata fascinación por la japonesita. Después, Cynthia encontraría a Ono en su casa con su bata puesta, mientras John la saludaba con un: “Oh, hi”. Kaboom. Hasta con su matrimonio acabó el tifón de Oriente.

Y de los Beatles ni hablar, unos cuantos años después, la que alguna vez —¿o todavía, beatlemaniacos?— fue la banda más grande del mundo se había acabado porque, según la leyenda, una femme fatale se había interpuesto en su camino.

Pero deléitense con su hermosa y neo-dadaísta voz:

Nancy Spungen

El punk nació de la podredumbre. De un sector tan marginado de la sociedad, que los inglesitos fresas no querían ver ni en pintura. Pero lo que subyace no se puede ocultar para siempre. Alguna vez la presión se hará tal, que lo que se esconde saltará a la vista para atacar por sorpresa a una sociedad hipócrita, como casi todas.

De entre esas cenizas de oscuridad, pobreza y rabia, surgieron los Sex Pistols. Era música cruda. Acordes tocados con frenesí, voces rasposas y enojadas, reclamos a la parte más alta de la pirámide social.

No creo que quepa duda alguna del porqué de su rápido ascenso. El pueblo necesitaba una voz. Necesitaba unos tamborazos. Y necesitaba un ícono.

La juventud en frenesí adoptó a Sid Vicious como su estandarte. No era un virtuoso, ni siquiera era un músico, era la imagen que los Pistols necesitaban. Un muchacho joven que idolatraba las tendencias punkies dispuesto a demostrar que la decadencia podía pasar a ser algo en onda. Pero para estar en onda debías ser un drogadicto. La heroína se convertía en el común denominador de los músicos. Y Vicious, con una herencia heroinómana por parte de su madre, caería en la adicción mientras era bajista de los Sex Pistols. Además —obviamente la fama te llega a la par de los fans—, Sid Vicious conocería a Nancy Spungen.

Diagnosticada con esquizofrenia a los 15 años, la muchachita nativa de Filadelfia llegaría a Londres con ojitos soñadores. La escena perfecta para dejar ir al inconsciente y entregarse a los vicios. Según cuenta la historia, el verdadero objetivo de Nancy era Johnny Rotten, el cantante de las pistolas; sin embargo, Rotten no cedió ante los encantos americanos y en su lugar, Vicious fue quien quedó prendado de ella. Lo que sigue son 23 meses de drogas, drogas y más drogas. Aunado a esto, la prensa comenzó a llamar “Nauseating Nancy” a la gringa, obvio por su recatadito comportamiento, en el que se la pasaba insultando y atacando a cuanto podía. El ciclón de tragedias ya estaba formado, sólo faltaba hundirse por completo.

Un día, el cuerpo sin vida de Nancy fue encontrado apuñalado en su baño. Sid Vicious fue arrestado y acusado de asesinato en segundo grado. Él se declaró inocente. Cuatro meses después, y con el juicio todavía no empezado, Sid Vicious murió de una sobredosis de heroína. Según algunos, fue su propia madre la que —en un acto de “piedad”— asesina a su hijo para que este no sufra la condena de ir a prisión, ya que éste no podía ni siquiera inyectarse. Otros dicen que fue suicidio. Un pacto de muerte que Sid y Nancy tenían y que él siguió al pie de la letra. Hoy, Nancy es una de las mujeres más odiadas porque según los románticos del punk, la decadencia de Sid fue culpa de la muchachita. ¿Ustedes qué creen?

Courtney Love

Y llegamos a la que nos concierne. A lo que nos truje, Chencha. La viuda del grunge. La esposa más odiada de los años noventa: Courtney Love. Como probablemente saben, fue esposa de Kurt Cobain. La neta es bien difícil encontrar un fanatismo más idolatrante. Crecí escuchando, viendo y aguantando a fans de Cobain que lo encumbraban como un dios de carne y hueso. Veían en él la representación más fiel del sentimiento adolescente, de las adversidades cotidianas y los sentires humanos. Por ahí dicen que Cobain fue el último de los grandes héroes de la música. Un mártir que se convirtió en mito. Y su muerte, su supuesto o verdadero suicidio, condenó a Courtney Love a ser la punching bag de injuriosos grungeros.

En un lugar en donde los bosques parecen sacados de películas, donde el aire se siente verdaderamente fresco y la brisa lleva un toque de invierno perpetuo, allí nació Kurt Cobain. El pueblo se llama Aberdeen y, cuando recorres las carreteras de la West Coast norteamericana y te encuentras en su entrada, te recibe con un “Come As You Are”, sí, como la canción de Nirvana. El aroma de la juventud. La tragedia implícita.

Cuando Cobain nació, era un niño normal. Después sus padres se divorciaron y todo cambió. Su mundo se volvió otro y no parecía ser tan esplendoroso. La música y el arte siempre le acompañaron. Kurt había nacido para expresarse de alguna manera. Así formó una banda, misma que se ubicó temporalmente en donde estaba lo mero bueno de una nueva oleada.

En Seattle surgieron las bandas que definirían buena parte de los 90. Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains y, por supuestísimo, Nirvana. La Generación X al fin tenía un megáfono para gritar sus vivencias. La voz rasposita de Cobain, los riffs inspirados en los Pixies y las letras desesperanzadas y melancólicas fueron polen puro para las abejitas pubertas desconsoladas. Kurt era su mesías. Y cuando tu mesías descubre a su otra mitad, los celos son incontrolables.

(Si quieres leer ‘Unplugged, ¿la muerte invocada por Cobain?’ da clic aquí)

Kurt Cobian murió un 5 de abril de 1994. Lágrimas y más lágrimas. El significado y significante de la vida de muchos se extinguió para nunca más renacer. Había que encontrar culpables. Pos sí. Courtney, that bitch, Love era la indicada para culpar. Aunque los coroners y demás expertos forenses dictaminaron que había sido suicidio por un escopetazo, los creyentes no estaban tan seguros. Es más, no lo están. Hasta hoy, Courtney sigue siendo acusada de asesinar a su esposo, o por lo menos, conducirlo hacia el suicidio.

Y aunque las acusaciones pueden ser debatibles, la neta es que Courtney nunca ha sido una santita. Siempre ha estado envuelta en escándalos con drogas y peleas. Crea fama y échate a dormir, mija. A pesar de que su clímax mediático llegó siendo la esposa de Kurt, Love también tenía sus propios proyectos como Hole, que, digan lo que digan, tiene buenas rolitas. Pero al final, Love siempre será parte del club de las viudas negras del rock.

Feliz cincuenta aniversario, Courtney, aunque algunos desearían que ardieras en el infierno.