Primeras gramáticas

Salón de los dinosaurios

Alvaro EnrigueTiene que ser algo más que una casualidad el hecho de que la publicación de la primera gramática moderna y el descubrimiento de América sean simultáneos. Mientras Martín Pinzón gritaba «Tierra a la vista», Isabel la Católica recibía la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, en cuya dedicatoria a la reina se lee la inquietante y misteriosa sentencia: «Porque lengua, su majestad, es imperio.» El reinecito de Castilla descubrió al mismo tiempo dos continentes de riqueza demencial: uno interior y otro exterior.
     Gracias a la deliciosa lectura de Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo, de Ascensión y Miguel León-Portilla (FCE, 2009), ahora sé que mucho antes de que el francés o el inglés soñaran con su propia normativa lingüística, circulaban por México gramáticas del nahua y el purépecha: las lenguas dominantes en Mesoamérica. Lengua era imperio y su resistencia.
     Contado con rigor y gracia, Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo es un libro para legos en el que los León-Portilla se apoyan en la biografía, el ensayo, la narrativa, la historiografía, la exposición gráfica y algunas categorías de análisis lingüístico duro para describir el momento más deslumbrante del que tal vez sea el proceso histórico más influyente en toda la historia del Mundo Occidental: la Conquista de México. ¿Quiénes escribieron esos libros? El primer gramático mexicano fue un inquisidor español; el segundo, un perseguido francés.
     El libro de los León-Portilla es una sobria reseña del instante mestizo en que se dibujó en caracteres latinos el saber indígena y se contó el europeo en lengua autóctona -modificando a nivel de estructura y para siempre a las culturas nativas de América y Europa. Si los conquistadores y los frailes que los acompañaban vieron algo indescriptiblemente nuevo y se encomendaron a la pulsión por describirlo, los gramáticos de León-Portilla fueron, tal vez, los primeros en emprender el trabajo de levantar un mapa interior de todo aquello.

ÁLVARO ENRIGUE dice que comer con los de Chilango es como ir a Disneylandia. Donald está de acuerdo.