¿Papás gays?

Mamá, papá y papai

La maniobra con el escalpelo removió los músculos, hasta que el cuerpo apareció. Úrsula recibió en su pecho a su hija recién nacida. Al instante, Alfonso oyó el corte del cordón umbilical y el lloriqueo de Renata. Aquel día de septiembre de 2005, ese hombre se convirtió en padre, aunque en un sentido estricto la pequeña no era su hija. En la sala del Hospital Santa Teresa, en Lomas Virreyes, faltaba alguien: Alexandre, novio de Alfonso y papá biológico de la niña. En Holanda, donde estudiaba química, esperaba ansioso noticias.

En una sala con olor a café, Úrsula mira fotos de Renata en su laptop. Aquí, en la Unidad Latinoamericana, junto a CU, la niña de tres años vive con su madre, con Alfonso, su papá legal, y con Alexandre, su padre biológico.

—Quiero hacer pipí —dice Renata dando saltitos.

Su papá, Alfonso, la toma de la mano y la conduce por un pasillo. Al bajar la mirada, veo sobre una mesa una foto de Alexandre, su otro padre, cuando era niño: sus ojos rasgados y la sonrisa pícara son idénticos a los de su hija Renata.

Fue en 1997, en Mannheim, una ciudad del sur de Alemania, donde Alfonso conoció a Alexandre, un brasileño que había viajado desde Porto Alegre para estudiar alemán en el Goethe-Institut, a orillas del Rin. «Él era un “gurú” del alemán», dice Alexandre, quizá para explicar qué lo enamoró del mexicano. Cuando la relación —que ya supera la década— había madurado, se confesaron el deseo mutuo de ser padres: «Había dos amigas candidatas, con las que finalmente no se dio nada», recuerda Alexandre. El proyecto quedó pendiente.

Hace cerca de cinco años, la pareja ingresó a los talleres del Grupo Interdisciplinario de Sexología, una pequeña AC en avenida Universidad. Entre las participantes estaba Úrsula, una joven y guapa psicóloga. Alfonso y Alexandre se fueron haciendo sus amigos. Al paso de los meses, la pareja gay acordó plantearle ser madre de un hijo suyo. Reunía lo que anhelaban para ese rol: era una profesionista agradable e inteligente, abierta a ideas nuevas. Úrsula, maestra de sexualidad y género en el IPN, recibió la propuesta de procrear un hijo de personas a las que no amaba, y asumir una suerte de

ménage à trois pese a que el único lazo amoroso real era el de la pareja homosexual.

«No me convencía tener a Renata con quien no era mi pareja —explica—. Acepté porque me daban suficiente apoyo a mí y a mi hija».

«Qué valiente», le dijo una prima. «No lo hagas, los gays son misóginos», le pidió su mamá. «No estoy de acuerdo, pero te apoyo», respondió su hermano.

Por internet circulaba que la revista Fertility and Sterility había publicado la historia de una mujer que había tenido dos hijos de padres diferentes, al tener sexo con más de un hombre durante la poliovulación. Alfonso y su novio fueron a consultar al médico: ¿Úrsula podía alojar dos óvulos fecundados con esperma de cada uno? “No hay modo”, dijo el doctor.

—¿Concibieron a Renata por inseminación? —pregunto a Úrsula.
—No —responde.
Guarda silencio y se reacomoda en el sillón.
—Me embaracé como la gente se embaraza.

Úrsula resuelve mis dudas: «Hasta que nació, no supimos quién era el padre biológico. Íbamos a verificar su ADN, pero fue más sencillo: Alexandre es sangre tipo A. Renata también».

Alexandre sale al paso: «Los gays podemos tener sexo con mujeres. La manera en que concibes tu orientación sexual es otra cosa».

Con Úrsula embarazada, Alexandre llamó a Brasil a su madre.

El riguroso y el consentidor

El cabello corto despeja un rostro de tez blanca sin maquillaje que la hace aparentar menos de 29 años. Bisexual antes de dar a luz, Úrsula cambió su preferencia: «Ya no contemplo andar con chavos. Quiero darme un tiempo antes de estar con la mujer correcta».

Las familias de Alfonso y Alexandre lo saben todo. «Para mi abuela —dice el primero—, los gays se van al infierno. Mis primos son los machines. Y mi papá, bueno… de niño me decía que lo peor que podía pasarle era tener un hijo cura o puto. Mucho tiempo después le dije que era gay».

—¿Cómo reaccionaron sus amigos?

—La mayoría, por respeto o porque no saben qué hacer con el tema del bebé, se desaparecieron —dice Alfonso.

Sus amigos de “ambiente” les piden ir sin Renata a sus reuniones.

—Voy a taer mi ticico —dice la niña, y aparece en un vehículo rojo de llantas anchas y manubrio platinado, desde el que observa a su madre abrigándose para salir.

—¿Poqué te va, Úsula? —pregunta.

—¿Quieres acompañarla? —interviene Alfonso.

—Sí.

—Entonces, ponte un suéter —le pide.

Es Alfonso, un lingüista de 48 años, quien establece límites, la baña, le exige acostarse a las 9 PM y escoger la ropa que llevará a la escuela al día siguiente. A él, Renata lo llama “papá”.

Alexandre, biotecnólogo de la UAEM, de 37 años, le compra dulces aunque no coma bien, e incluso se los da a escondidas. Para Renata, él es su “papai” (papá en portugués).

Registro Civil

Aquella mañana, el empleado del registro civil tomó las identificaciones de Alfonso y Úrsula y llenó el acta de nacimiento. Quedó inscrita con los nombres de “Renata Taketa”, y con los apellidos “Medina Sánchez”. “Taketa” es, en realidad, el apellido de Alexandre; “Medina” el apellido de Alfonso y “Sánchez” el de Úrsula. En minutos, todo había sido resuelto con justicia: el padre biológico no era el legal, y el legal no era el biológico. «No dimos explicaciones», aclara Alfonso.

Es 15 de junio, Día del Padre. Úrsula entrega a Renata dos camisas nuevas para que se las regale a sus padres, pero la niña prefiere ocupar su tiempo deambulando en casa mientras come un esquite.

Renata aún no cuestiona por qué su familia es así. «Cuando lo haga le explicaremos la diferencia», dice Alexandre en esta sala decorada con la pintura de un sol de rostro inexpresivo creada por José María Covarrubias, un icono gay del DF que se suicidó en 2003.

En la sesión de fotos, Renata juega a la comidita en una mesa con la bandera del arcoiris de la diversidad sexual, como la que agita con sus padres en la Marcha del Orgullo LGBT frente a las imponentes

drag queens. “Dame”, le pide Úrsula, y la nena le acerca la cuchara. “Dale a tu papá”; la pequeña dirige el cubierto a la boca de Alfonso. “Y ahora dale a tu papai”, le dice, antes de que Renata lo lleve hacia Alexandre.

Hace poco, Renata veía la tele. En la pantalla apareció un bebé junto a su madre y su padre. Un solo padre. Absorta ante la familia “incompleta”, se dió vuelta y preguntó: «¿Y su papai?».

Princesas azules

Al volver del trabajo, la luz parpadeante le indicó que había un mensaje. Hugo Galváiz puso play a su contestadora: «Si tu mano o tu pie es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo lejos; mejor es que entres manco o cojo en la vida que, conservando las dos manos o los dos pies, seas arrojado al fuego eterno.» Atónito, oyó los fragmentos del Evangelio de Marcos. La voz masculina no cesó: con frenesí, tachó a la familia de Hugo de “pervertida”. Y, como despedida, la grabación citó algunas líneas de San Mateo, también sobre la tentación y el pecado.

Han pasado algunos años. La madre de Hugo, Rosa María Ortiz, compra por teléfono boletos para un evento de Astrid Hadad: «Quiero dos», pide esta muy femenina tanatóloga de 58 años. Al concierto irán ella y su mujer, Guadalupe González, joven enérgica que sin protocolos me lleva a la sala.

En un esquinero hay fotos familiares. La más grande, en blanco y negro, muestra a un Hugo adolescente sonriendo al lado de su madre y de Guadalupe, a quien hoy también llama “mamá”. La foto es de hace 15 años, los mismos que estas lesbianas han vivido juntas.

En otra foto aparece Nayet, la hija de Rosa María. El día que esa niña sonrió a la cámara, hace más de 20 años, su mamá era esposa de su padre. En una imagen más veo a Manuel, hijo menor de la mujer, vestido de frac. Corresponde a una mañana de noviembre de 2006: Rosa le anudó la corbata a su hijo y le colocó el ramillete de azahares en el saco, mientras Lupita lo filmaba. A mediodía, Manuel cruzó el portón de la Iglesia de San Hipólito, en el Centro Histórico, de la mano de sus dos madres, que lo entregaron en el altar del templo para que esposara a Norma, su novia. «Casi todos los invitados sabían que tenía dos mamás —dice Rosa María—; Manuel nunca nos ha ocultado».

Rosa salió del clóset hace cerca de 25 años, cuando dos de sus hijos eran adolescentes y Manuel un niño de cinco años. Abrió el secreto aún casada. «Soy lesbiana», les dijo a los pequeños a quemarropa: «Fue difícil: Nayet se enojó mucho y Hugo (de 12 años) me dijo que ya lo sabía.»
—¿Qué son las lesbianas? —le preguntó Manuel.
—Mujeres que aman a otras mujeres.
—¿Y tú las amas? —añadió.
—Sí.

La bibliotecaria

Guadalupe estudiaba Derecho en la UAM Azcapotzalco. Para el último año de la carrera iba mucho a la biblioteca. La flechó quien le daba los libros, Rosa María, una mujer casada, 20 años mayor que ella. Fue hacia 1993 cuando el vínculo inició, pero debió pasar algún tiempo para que, como su pareja, le confesara que era madre de tres hijos. «No lo vi como un plus —reconoce Lupita—, pero tampoco como un “pero”».
Rosa María encaró a su madre y le confesó su opción sexual. «Cuando se lo dije, se atacó —recuerda Rosa—. Me dijo: “en la familia hay rateros, prostitutas, maleantes, pero una lesbiana es el colmo”». Su mamá condenó por años la relación, hasta que el 12 de diciembre de 2000 llamó a Guadalupe para felicitarla por su santo. Murió un mes después.
—¿Cómo trataba a Guadalupe?
—No me invitaba a convivios para que no fuera con ella. La llamaba “la muchacha”, como si el nombre manchara sus castos labios.

Hugo, de 36 años, usa un piercing en la ceja, pulseritas, jeans. Vive con sus madres en la colonia Libertad, en Azcapotzalco. Cuando este programador en sistemas tenía 23, su madre aceptó que Guadalupe, dos años mayor que él, viviera con ellos. Si hubo conflictos, los desestima: «Le hacía caras, me molestaba esperar a que saliera del baño». Pero al instante matiza: «Al principio batallé mucho, pero ahora no tengo conflictos ni me azoto por mi familia “alternativa”».
Hugo me recibe en su cubículo de la UAM, al que entran dos amigas suyas a oír la entrevista.
—No se espanten —les dice sonriendo.

«En la vida es inocultable lo ratero y lo pendejo —sostiene—; y yo diría que también la preferencia en el amor, como mis madres».
Con Guadalupe, mamá por adopción, Hugo comparte libros, discute de política y acepta que ella asuma el rol de madre biológica: «Se encela de las mujeres con que salgo: le caen gordas, les hace el feo, le parecen tontas». Al mismo tiempo, tiene una “madre cuervo”, su mamá biológica: «Es amorosa: de las que sacan el álbum para presumir al niño».
—¿Cómo mira tu entorno a tu familia?
—La ignorancia hace que, por tener dos madres, me pregunten cosas como: ¿tienes SIDA?, ¿y tú eres homosexual?
Bisabuelas lesbianas

Guadalupe, abogada de 38 años, descarta tener hijos biológicos. «Veo la maternidad como una deformación del cuerpo», lanza esta mujer de gestos recios. Dirige con Rosa el Grupo de Madres Lesbianas, una AC que lo mismo imparte talleres acerca del cáncer cérvico-uterino que sobre la evolución del movimiento lésbico.
—¿Cómo te sientes cuando los hijos de Rosa te dicen “mama”?
—Como pavo real.

Manuel, el hijo menor, estaba predestinado: trabaja en el Instituto de las Mujeres del DF. Su afinidad con su mamá adoptiva es el mundo techie. Cambian música en el iPod, hablan de bandas, estudian sus celulares. Le ha pasado que cuates pregunten quién es la mujer que besa a su madre, pero haber cursado la prepa en un Centro de Educación Artística del INBA lo rodeó de tolerancia. Su resentimiento, en cambio, apunta a la ineptitud: «Me han llegado a decir: ¿llevas a tu novia a tu casa y no sientes feo que tu mamá la vea? ¿Y si le tira la onda?»
—¿Cómo es ser parte de esta familia?
—Esta “letra escarlata” es una ventaja, te hace diferente y hasta podría inundarme de ego.

Nayet, la hija mayor de Rosa María, es madre de un niño y de dos mujeres. Una de ellas es Gabriela, la menor, que a su vez ya es mamá. De modo que Rosa María, a sus 58, y Guadalupe, a los 38, son bisabuelas.
—¿Cómo te sientes hoy con tu familia? —pregunto a Rosa.
—Muy feliz. Nos han discriminado, pero hemos hecho ver a la gente que tenemos valores, como una familia tradicional.

Al despertar, Rosa y Guadalupe tienen un “ritual íntimo”. «Pido al ángel de Lupita que la cuide y ella le pide lo mismo al mío. Te daría el nombre de los ángeles pero son sólo de nosotras». Ríe. Rosa suele trabajar en casa y Guadalupe en la oficina. ¿Quién cocina? Los padres de esta última salen al quite preparándoles la comida de la semana. Por la noche, ambas cenan, ven la tele y, dice Rosa María, «si queremos hacer el amor nos alcanza el día. Es la princesa azul que desde chica soñé».

Papá postizo

Con sigilo, Adriana bajó las escaleras y siguió en la calle a Teresa, su madre. Se ocultó tras el nicho de una virgen y la vio entrar a una combi. En segundos, lo confirmó: su mamá besaba a una persona. No era su padre, sino otro hombre: Melesio.

La observó hasta que su mamá la descubrió y bajó del vehículo.
—¡Vete a la casa! —le ordenó.
—¿Qué haces, mamá? —le preguntó.
—Estoy con mi novio —contestó sin reservas.

La pequeña se dio vuelta y caminó a su casa.

«Ya estaba separada. Vivía con mis hijos en este departamento y quería rehacer mi vida», dice Teresa Siurob en su diminuto búnker de confort, en la Guerrero, para explicar ese día de hace 13 años.

Melesio abraza con dulzura a Teresa frente a Adriana y Miguel, los hijos de ella. «Este es nuestro sillón a la hora de los besos», dice esta mujer de 58 años.

¿Qué tienen de buenas?

Teresa, guapa mujer de origen veracruzano, había visto a Melesio fuera de la escuela de sus hijos, en el Centro Histórico. Una tarde, detectó que ese hombre caminaba atrás suyo. Nerviosa, al voltear cayó al suelo. Él la levantó y le preguntó su nombre. Melesio, comerciante de la Central de Abasto, era padre de dos hijos, Salvador y Elizabeth.

Con los meses, Teresa y Melesio se alejaron de sus parejas e iniciaron una relación: él tenía 48 años, ella 45. La presencia de Melesio en casa de Teresa se volvió cotidiana.

«“Buenas tardes”, nos saludaba al llegar. Un día le dije: “de buenas no tienen nada: ya llegaste”. Queríamos que se largara», acepta Adriana, de 24 años, egresada de Comunicación en la UNAM.

España y Suecia juegan la Eurocopa. Miguel, el hijo de Teresa, un publicista de 25 años, discute con Melesio el partido: se agarran la cabeza ante las fallas, ruegan que los ibéricos hallen el triunfo.

«Al inicio fue difícil —admite Melesio—, pero jamás impuse nada».

Poco a poco, los hijos de Teresa aceptaron al novio de su mamá. Lejos de sesudas tácticas persuasivas, él acudió a lo sencillo: «Por ejemplo, pedía a Tere no regañarlos si llegaban tarde de una fiesta».

Asistente educativa de la SEP, Teresa permitió que su pareja conviviera con su hijos. Hoy, los cuatro pasan largos periodos en casa y pasean en sitios como La Marquesa, donde se dan gusto con la trucha empapelada.

Pero fue hasta hace poco que Melesio permitió a los hijos de Teresa conocer a su hija Elizabeth, tras años de que él se resistiera a un encuentro.

—Liz, te presento a Miguel, Adriana y Teresa —le dijo él. Elizabeth los saludó y con soltura dio a Teresa un beso en la mejilla.
—Pudiste hacerlo hace diez años —le reclamó a Melesio su hija.

Las familias se han ido acercando: los hijos de Melesio y Teresa ya viajaron con sus padres a Acapulco y Veracruz.

Adriana sale de su cuarto maquillada, con jeans ceñidos, para irse de fiesta. Le pide dinero a Melesio.

—Pásame mi cartera, está junto a las fotos —responde él. Adriana la toma de un mueble en el que hay una foto de ella con Miguel, su papá, el día de su graduación hace unos meses. Melesio le da cien pesos.

«Esta es una familia diferente. Ya no somos mamá, papá, los niños, la bacinica y el gato —concluye Teresa—. Mejor así que padres insultándose, con hijos frustrados y deprimidos».

Herlinda cerró los ojos y sintió cómo la aguja llevaba a su útero la sustancia del medio de contraste. Una vez más, los médicos la sometían a una histerosalpingografía: la toma de imágenes a sus trompas de falopio para verificar si la imposibilidad de embarazarse obedecía a que estaban obstruidas. «Lloraba del dolor», recuerda Herlinda. En aquel 2005 decidió poner punto final a los múltiples esfuerzos contra la infertilidad.

«Ya son seis años desesperantes de tratamiento», le explicó a Juan Antonio, su esposo. En ese periodo, se había disciplinado a medir cada mañana su temperatura basal para conocer sus días fértiles. Para fomentar la ovulación, tomaba Lutoral y Omifin. Y para que crecieran sus folículos ováricos recibía hasta cuatro inyecciones de Pergonal al mes, por las que pagaba 4 mil pesos. El proceso suponía exámenes constantes que eran un tormento físico y económico.

Pero Herlinda aún deseaba ser madre. Por eso acordó con Juan Antonio iniciar el proceso de adopción. Las gestiones iniciaron en 2005; ambos debieron someterse en el DIF a estudios psicológicos y de solvencia monetaria. Recibieron a Pablo, su hijo, cuando el pequeño tenía cerca de un año.

El año pasado, Herlinda notó que algo andaba mal en su cuerpo: su menstruación había cesado. Acudió al médico y confirmó su sospecha: a sus 43 años, sus ovarios estaban agotados. «Es el climaterio», le dijeron. Se resignó a la esterilidad. Pero con los meses los padecimientos crecieron: vinieron bochornos, mareos y, fundamentalmente, sobrepeso.

En febrero, el ginecólogo Javier Rivera le pidió tenderse en una camilla para revisarla. Juan Antonio, de 45 años, aguardaba a su esposa bajo los tres relojes blandos de La persistencia de la memoria, de Dalí, que colgaba de un muro en la sala de espera.

El médico puso el transductor en el vientre de Herlinda y observó la pantalla. De inmediato fue hacia la sala de espera. «Venga», le pidió al marido de su paciente. Juan Antonio apenas atinó a reaccionar al ver el monitor del ultrasonido. Dentro del vientre de su esposa, de 44 años, se movía un feto de siete meses: su hija.

Retorno al biberón

El pequeño Pablo, de tres años —overol de Mickey Mouse y pelota de Winnie the Pooh—, sale a la puerta recién bañado y peinado con esmero. El hijo adoptivo del matrimonio recibe ansioso a la fotógrafa en su departamento de Mixcoac. Sobre los sillones hay sonajas y muñecos, y de un cuarto sale un rumor de caricaturas.

Nora, hermana de Herlinda, mece en sus brazos a Zara, de sólo dos meses: «Tus papás están viejones, pero saliste bien chula», bromea viendo a la bebé, que mueve sus ojos claros de un lado a otro. Herlinda López, abogada civilista, goza en estos días de licencia laboral: «Es sorprendente: pensé que nunca tendría hijos biológicos y de repente llegó uno, cuando había dejado de intentarlo».

El embarazo de Herlinda fue, presumiblemente, un resultado extemporáneo de los largos tratamientos contra la infertilidad. Pese a su edad, no hubo problemas en la gestación.

En la primavera de este año Zara llegó a casa y arrebató al pequeño Pablo su monopolio. Las reacciones fueron inmediatas: el niño quiere ser un “bebé” tan atendido como su hermana y gozar sus derechos: ha exigido volver al biberón pese a que ya lo había dejado.

Y Juan Antonio también ha debido lidiar con su parte. Diana, una hija de 13 años de una relación previa, se resiste a que su papá le haya dado una hermana casi de un día para el otro: «Al inicio no lo creyó y  se enceló —explica Juan—. No quería saber de Zara ni venir aquí».

—¿Cómo viven esta paternidad?

—Cuando Zara tenga 15 años yo tendré 60: la época en que vienen los problemas de salud y la improductividad —se sincera Juan.

—Estamos llegando a los 50 años y cuando ella tenga 20 tendremos 70. Espero que aún nos podamos mover —agrega Herlinda sonriendo, pero agobiada también por los números.

Todo está listo para la foto: Zara es la protagonista de la escena. Pablo, sin embargo, no está de acuerdo.

—Trae tus juguetes para que salgan en la foto —le pide su mamá.

—Nooo, muy aburrido —dice haciendo puchero.

—¿Y si sales en la foto con la pelota? —le sugiere la fotógrafa.

—Nooo, muy aburrido.

Han pasado cuatro horas desde la última comida y Zara llora. Su mamá la lleva a su regazo. «Mira a tu hermanita», le dice Herlinda a Pablo, como para mitigar los celos.

Juan Antonio González, funcionario de Liconsa, luce agotado: aunque ya es tarde, se ha llevado el trabajo a casa para avanzar en pendientes pero cerca de su mujer. Antes, apura sus labores de padre estrenado: lava platos, cocina y prepara un agua de jamaica que trae a la mesa, donde han colocado el moisés: «Nuestra gran inspiración —dice— somos nosotros mismos».