Los chivos

Un día de marzo de 2010, Alejandro Borrego, uno de los dueños de ArteJoven.com, un sitio para la difusión de artistas mexicanos, recibió a Dan Ismaj en su despacho en Reforma, en la colonia Lomas Altas.

Dan lo impresionó con los nombres que mencionaba con plena familiaridad: parecía conocer a todo el mundo en el medio artístico. Platicaron sobre la posibilidad de trabajar juntos para mejorar el sitio y Dan aprovechó para llevarle un par de cuadros de Juan Sebastián Barberá. Alejandro no había oído nunca de él pero le gustó una tela de 30 x 40 cm que muestra, en fondo blanco, siluetas de rostros y grecas delineadas en negro con franjas de tonos rojizos y morados.

—Me gusta pero ahorita no tengo mucho dinero –dijo Alejandro.
—Vamos a hacer una cosa. Dame lo que puedas y te lo dejo mientras. Si no lo quieres, te regreso tu lana –propuso Dan.

Dos días después volvió el vendedor de arte. Aunque Alejandro aún no estaba muy decidido, le dio un cheque por mil pesos ante la persistencia del vendedor. Al poco tiempo, se arrepintió y le dijo que se lo iba a devolver.

—¿Sabes? Dame dos mil más y ya te lo quedas–ofreció Dan; era una oferta tentadora.
—Bueno, va… pero necesito que me des certificado de autenticidad.
—Sí, luego te lo traigo.

Era una ganga a 65% menos del precio original, pero con algo tan barato era imprescindible conseguir el certificado. Pero Alejandro no pudo encontrar a Dan a partir de entonces. Nunca le había pasado algo así: Borrego, comunicólogo, estaba involucrado con una obra posiblemente robada. Decidió buscar directamente
al artista. Al hablar con Barberá, supo que Dan Ismaj lo había dejado sin noticias de sus cuadros o de su pago. Apenado por la situación, resolvió devolverle el cuadro titulado «El chivo». El pintor le ofreció, en agradecimiento,
un grabado.

A sus 46 años, Juan Sebastián Barberá ha producido más de cinco mil obras entre dibujos, grabados, acrílicos, óleos, escultura y arte objeto. El 6 de enero de 2010 a las 12:38, Dan Ismaj le escribió:


«HOLA JUAN SEBASTIAN MI NOMBRE ES DAN ISMAJ SOY CHEFF Y MANEJO OBRA ME INVITARON A TU EXPO Y ME PARECIO MUY INTERESANTE Y ME ENCANTARIA TRABAJAR CONTIGO UN SALUDO Y ESPERO ESTAR EN CONTACTO MUY PRONTO» (sic).

El artista no suele hacer caso de los correos que le llegan de desconocidos. Pero tras recibir varios, y por el interés que mostraba en su obra, aceptó contactar a Dan. Le pareció agradable, «aunque un poco loco». Se vieron la primera vez en la GB Gallery, en San Ángel, con la cual trabaja desde 2009. Dan le habló de lo conectado que está con la gente del arte; le dijo que venía de una familia de artistas y de corredores; y que su primo era Emmanuel
«El Chivo» Lubezki, el famoso fotógrafo de cine que ha trabajado en películas como Como agua para chocolate, Reality bites, Y tu mamá también o Hijos de los hombres. Saber eso le dio plena confianza a Juan: el cineasta había sido un amigo muy cercano en la juventud; juntos formaron la efímera banda ochentera «Las aves de rapiña», donde Emmanuel tocaba el bajo, y Juan, la batería.

Juan Sebastián invitó a Dan a su casa-estudio en la colonia San Nicolás Totolapan el 28 de enero de 2010. Hizo otra excepción a sus reglas. Aunque generalmente recibe gente en su estudio o en la galería, donde vende la obra
y paga la comisión, si fuera el caso, Dan lo hizo sentir «como si fuera de la familia». Y además lo convenció: «Tú sabes que de la vista nace el amor, préstame esos tres cuadros pequeños, para que escoja un doctor que yo creo que puede estar interesado», lo animó.

Entre copas y plática, Juan Sebastián le prestó «Retrato del chivo», «El grito del chivo» y «El chivo». La referencia de los títulos no es a Lubezki: los acababa de terminar y aún no tenían nombre pero les vio forma «como de un chivo». Cada uno se debía vender en 20 mil pesos; Ismaj se llevaría el 40% de eso. Juan fue paciente con su nuevo dealer.

Lo invitó a su exposición individual en marzo de 2010 en GB Gallery. Dan pidió que le hicieran unas tarjetas de la galería con su nombre para «ayudarlos a vender más». Le dijo al pintor que había colocado dos de los tres cuadros y que ya le depositaría el dinero. Semanas después, aún no aparecía nada en la cuenta de banco de Barberá.

Desconcertado, el pintor lo llamó. Dan lo calmó afirmándole que «le esta- ba depositando en ese mismo instante». Esa fue la última vez que le contestó el teléfono; del pago, Juan a la fecha no sabe nada.