La vida en la Narvarte después de los homicidios

'Fue en esa terraza verde'

“¡Muy pronto la casa de tus sueños aquí!”, reza un letrero en la calle de Luz Saviñón, en un color rosa chillante. A breve distancia, desafiando ese optimismo fluorescente, se encuentran dos leyendas que saben amargas: “En el DF más de 150 mujeres son asesinadas al año” y “México es el país más peligroso para ejercer el periodismo en América”. Pendiendo del mismo lazo, hay imágenes de los hombres y mujeres que aquí, hace apenas unas semanas, fueran asesinados con una saña inaudita. 

En este tramo de calle la atmósfera pesa. Pareciera que el aire se vuelve más denso y la tristeza se cuela por los poros. En la esquina con la calle de Zempoala, hay un altar con flores secas y veladoras ya consumidas, convertidas en plastas de cera. Otras que se apagaron antes de tocar el fondo del vaso, hacen de pisapapeles que evitan que se vuele el memorial improvisado a ras de suelo. Hay cinco siluetas negras dibujadas en papel, coronadas por los nombres de los cinco asesinados que ya conocemos, pero que vale la pena repetir, para nunca olvidar: Nadia, Alejandra, Yesenia, Mile, Rubén. 

En la misma esquina hay otras leyendas, una de ellas una transcripción de palabras enunciadas tiempo atrás por una de las mujeres que aquí murieron. “En tiempos de crisis mantener una sonrisa es un acto revolucionario”, dijo alguna vez Nadia Vera, quien estudió antropología social y formó parte de la Asamblea Estudiantil Veracruzana. En un video, Nadia dejó testimonio de la sensación de inseguridad que la llevó a abandonar Veracruz y asentarse en la Ciudad de México. Líneas de investigación, varias. Que si robo, que si narcomenudeo, que si “las muchachas andaban en malos pasos”. El resultado, el mismo: vidas que se evaporaron prematuramente, muertes con lujo de crueldad que ponen de manifiesto que hoy más que nunca, el hombre es el lobo del hombre.

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Fotografías (Pável M. Gaona)

El silencio como medida de precaución 

Los números de metal “1909” anuncian que en este edificio color durazno es donde ocurrieron los homicidios. Frente a él, una patrulla sigue apostada como un cancerbero azul. Al verme tomar fotografías, el policía sale de ella y me mira con recelo. Le pregunto si está aquí haciendo vigilancia especial por el caso de los asesinatos pero no me contesta. Sólo me hace una seña con la mano para que camine. 

Del lado derecho del zaguán metálico hay varios locales comerciales. Uno de ellos es el de la Estética Claudia. El negocio se encuentra casi vacío: sólo una mujer está siendo atendida. Apenas voy a sentarme cuando, con una desconfianza gélida, la encargada (¿acaso la dueña?) me pregunta que qué se me ofrece. Me presento de la manera más cordial que puedo, deshaciéndome en sonrisas y buenas maneras, intentando franquear la pared que la mujer ya sembró entre nosotros. Le pregunto si ha visto disminuida su clientela a raíz de “lo que pasó”, intentando cuidadosamente no usar palabras como “crimen”, “homicidio”, o los nombres de los ultimados. 

“Ya vinieron los policías y ya les dijimos que no sabemos nada”. A las preguntas de si su clientela disminuyó o de si ha visto alterada su vida sólo responde con un par de “nos”, afilados como estalactitas. Es claro que de ella no voy a sacar nada. Entro al siguiente local comercial, la Papelería Narvar Car. Aquí el empleado que me atiende tiene cara de ser un poco más amable y considero que es más probable que mis pesquisas tengan éxito. Finjo que voy a sacar una copia de mi licencia y como quien no quiere la cosa, le pregunto lo mismo que a su vecina. De inmediato su actitud cambia y me mira de arriba hacia abajo. “Ya les dijimos todo lo que les teníamos que decir”. Pruebo la misma pregunta sobre la disminución de la clientela y me dice: “la verdad no sé, eso pasó en vacaciones, así que ni cómo comparar, cuando no hay clases de por sí nunca hay gente”. Sin embargo, es inevitable notar que hoy es primer día de clases y el lugar luce completamente desierto. 

“Fue ahí, en esa terraza verde” 

Hago un tercer intento sobre la misma cuadra, en la Estética ODC. Este lugar también está vacío. Para mi fortuna, la mascota de la encargada juega conmigo y es un excelente punto de partida para empezar la charla. “¿Siempre está así de tranquilo el negocio?”, pregunto. Ella adivina por dónde voy y me responde: “no claro que no, y menos en regreso a clases”. Cuando la cuestiono si es por lo que pasó en el edificio de al lado –todavía evitando las palabras prohibidas— me confirma mis sospechas. “Se siente un ambiente de mucha tristeza. La gente evita venir para acá. Una de mis clientas apenas ayer me dijo que apenas llegó a mi local y le empezó a doler la cabeza. La atmósfera está muy rara”.  

Le pregunto si los conocía y me dice que no, aunque un par de veces los vio pasar. “Fue ahí, en esa terraza verde”. Noto de que todos los pisos, es el único que tiene plantas en el balcón. Del techo hay suspendidos algunas campanas de viento, que según la tradición oriental se usan para armonizar los espacios y alejar las malas energías. Por desgracia, no hay armonizadores que sean capaces de ahuyentar las balas. 

Le pido su nombre para darle crédito en mi crónica, pero ella niega con la cabeza y dice: “prefiero que no, gracias joven. Por mi seguridad”.  Mientras las aceras de la calle Luz Saviñón lucen frases como “Ni una menos”, “Narvarte está de luto” y “Fue el Estado”, los habitantes lidian con las marcas indelebles que dejan en la vida de cualquiera el miedo, la incertidumbre y la impotencia. 

La Narvarte, la ciudad, el país, siguen de luto. 

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Ellos (Pável M. Gaona)

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