Jesús Malverde, el santo consentido del narco

De ladrón a objeto de veneración

Cada día, Doña Alicia Pulido pone especial empeño en mantener reluciente la capilla de Jesús Malverde y la Santa Muerte, ubicada en Doctor Vertiz 118 esquina con Doctor Liceaga, en la Colonia Doctores. “La Niña Blanca y el Jefe” comparten una urna de cristal adornada por flores de plástico amarillas, ubicada sobre la banqueta. Doña Alicia colocó el altar a este santo debido a que, según nos cuenta, salvó a su hijo de un grave accidente en el que chocó con un tráiler. Días antes alguien le había regalado una estampita de Malverde y a decir de ella, esa fue la primera prueba de su poder milagroso.

Yo no en la banqueta, sino en un local, se encuentran dispuestos otros altares y los productos que Doña Alicia ofrece a los fieles que vienen a mostrar su devoción por Malverde y por la Santa Muerte. A pesar de que en la iglesia de San Hipólito en el Centro (donde tradicionalmente se venera a San Judas Tadeo) algunos asistentes llevan también imágenes de Malverde, al interior de ese templo no hay imágenes, pues no es un santo reconocido por la Iglesia Católica. Las autoridades eclesiásticas se niegan a canonizarlo por considerar que un ladrón no es un ejemplo de vida virtuosa y por no tener registros claros de milagros obrados por él. 

¿Existió Malverde?

Su existencia real aún está discutida, pues algunos afirman que se trata de la materialización de un deseo de la gente pobre por vengarse de los ricos explotadores. El mito decía que operaba en los Altos de Culiacán, donde se ocultaba entre la maleza para cometer sus asaltos. Eso sí, sólo robaba a las familias acaudalas, pues una vez teniendo el botín en sus manos, los repartía entre los más necesitados, convirtiéndose en una suerte de Robin Hood mexicano. Se decía que su apellido “Malverde” era una contracción de “el mal verde”, pues su modus operandi era esconderse entre la hierba y así sorprender a sus víctimas. 

Sin embargo, en el Registro Civil de Sinaloa, apareció un acta de nacimiento que data de 1888 y que da fe de la existencia de un niño que fue registrado bajo el nombre de Jesús Malverde, hijo de Guadalupe Malverde, una madre soltera. Este dato ha llevado a pensar que el santo pudo de hecho haber existido, puesto que tanto las fechas de nacimiento como el origen desfavorecido del niño coincidían con la leyenda que se contaba. 

Sobre su muerte también hay varias versiones. Una afirma que fue colgado de un árbol, otros que fue decapitado y sólo su cabeza fue colocada ahí. Sin embargo ambas versiones coinciden en que cuando las restos cayeron a tierra, al tratarse de un ladrón, las autoridades prohibían su entierro, como castigo ejemplar de lo que ocurría con aquellos que se atrevieran a violar la ley. Sin embargo, las personas fueron poniendo piedra sobre piedra, convirtiendo el lugar en una tumba. Luego, sus restos fueron exhumados y llevados a la actual capilla de Malverde, ubicada en Culiacán, donde actualmente sus devotos, muchos de ellos miembros del crimen organizado, le hacen ofrendas y llevan bandas que cantan narcocorridos en su honor. 

“Los Santos los hacemos los fieles”

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Altar callejero (Pável M. Gaona)

A Doña Alicia no le importa que el culto a Malverde  no sea reconocido por la Iglesia Católica. “Los santos los hacemos los fieles, la gente devota. Un padre puede decir lo que quiera, pero es un humano, igual que nosotros. Muchos dicen que cómo podemos venerar a un ladrón, que es un santo de narcos. Pero aquí viene todo tipo de gente, señores con sus esposas, jóvenes, hasta niños. No le pedimos riquezas, le pedimos que nos mantenga con trabajo y salud, que ayude a nuestras familias”. 

Los 3 y 17 de cada mes son los elegidos para elevar un rosario para “El jefe de jefes”, “El jefazo” o “El paisano” como también lo conocen. La fiesta grande la celebran el 3 de mayo, día de la Santa Cruz, pues muchos de sus seguidores son albañiles, personas humildes y trabajadoras. 

Diariamente, Doña Alicia Pulido sale con un cochecito, decorado con herraduras que ella pinta de dorado, misma que los fieles dejan en el altar de Malverde, ya sea porque le piden algo o porque ya se los ha cumplido. Pasa por Vértiz, Río de la Loza y Eje Central. Por las noches vende tacos y su mandil con manchas de aceite da fe de ello. Rezandera de día y taquera de noche, Doña Alicia se muestra orgullosa de haber levantado la única capilla en el DF que le da asilo a Jesús Malverde, el santo de los pobres.

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