ENSEÑABA LAS NALGAS

De la Chilangoteca

 

 

Victoria me cuenta su historia con un rígido orden cronológico. «Nací en Acapulco en 1967… ¡Oh my God! ponlo al revés, di que en 76».

En la barca de su padre, «siendo una morrita» de cinco años, ya cantaba “La Nave del Olvido”: «Yo quería ser artista en grande». Con 12 años emigró a Cancún, donde su papá trabajaría en mantenimiento del hotel Casa Maya y su madre como mucama del Fiesta Americana. Su carrera inició cuando la contrató María Félix Rueda, directora del ballet folklórico del Hyatt Cancún. «A la hora del show siempre hechicé. Era una niña delgada, guapísima, mi mamá se impresionaba de mis pestañotas largas y el pelo agarrado».

El divorcio de sus padres aceleró su retorno a Acapulco: «era duro ver la realidad, la casa deteriorada, mi mamá mal emocionalmente, mis hermanos chavitos». De ahí, vinieron el show prehispánico del restaurante El Palao, otro de jazz con Aida Morgan en el Centro de Convenciones («oséase, ya enseñaba las nalgas, para que me entiendas»), el ballet del cubano Ibrahim y un periodo de bar tender en el News. Ahí, con 24 años y más de una década de bailarina profesional, su vida cambió. Daniela, una ex compañera, le propuso meserear por un sueldo cinco veces mayor. Un domingo de hace 15 años entró por primera vez al table-dance Tabares. «Veía a un lado y otro y decía “qué pedo con este lugar”. Me acuerdo y me pongo helada todavía». Victoria recapitula un diálogo de esa noche:

— Daniela, dijiste que de mesera…

— Aquí las meseras somos bailarinas. ¿Victoria, vas seguir correteando el camión con ese cuerpazo?

— Pero cómo crees que…

— Aquí es puta la que quiere. La que no, sigue de mesera.

— Pero con tanto hombre aquí adentro voy a valer madres.

Al día siguiente llegó a Tabares con su currículum y un altero de fotos que nadie revisó. Pero el acuerdo se cerró. La primera noche, Victoria hablaba con sus compañeras para sacudirse los nervios.

— Ay, si mi papá estuviera en Acapulco yo no podría estar aquí.

— ¿Dónde está tu papá?

— En Grecia, se lo llevaron a traer un trasatlántico, el Nikolai, porque es ingeniero naval.

Grecia y Grecia y Grecia. Esa noche, contando anécdotas de su padre, debió haber repetido la palabra “Grecia” 100 veces…

— Oye negrita, ¿y cómo te vas a llamar?, preguntó Daniela.

— Victoria.

— No, todas tenemos que tener otro nombre.

«Primera llamada, Grecia. Segunda, Grecia. Tercera, Grecia…»

— Tómala mono, no sabía que era yo. ¿Y voy a subir sin medias, no mames?

— Sí, sin medias —dijo Daniela— voy a pedir que te bajen la luz.

Victoria respiró hondo, cerró los ojos y bailó “Paradise” como una profesional de la danza, usando zapatillas de jazz. Los clientes, ávidos de sexo crudo, se topaban con un espectáculo fuera de serie… pero con demasiada ropa. En tres días, la tanga se mantuvo inmóvil. «Nunca había visto un strip tease. Me bajé y vino el boletero: “Grecia, ya tienes un boleto para una mesa”. “No, deja me pongo algo encima.” “Te lo echas rápido.” Me jalaba de la mano de mesa en mesa. Ese día gané 900 pesos en table y 500 de sueldo, un dineral. Cuando llegué a casa dije, “de aquí soy”: el tabú había muerto.»

Con Arturo, actual propietario del Tabares, tuvo a su único hijo, poco antes de divorciarse. Hoy, el padre de su hijo agradece que si Victoria dice, «no se mueve nadie», nadie se mueve. De ser una bailarina pasó a encargarse de la barra, su último paso hacia la gerencia del Chicas. Ahí, ninguna presencia impone tanto. Levanta la voz, manda, pide orden y limpieza. Ya no ofrece servicio de mesa, y menos aún privado.

Durante la entrevista llega a buscarla Aries, su colega y amiga, que la apura con la mirada para irse juntas a trabajar. «¿Cuanto sacas en un día?», le pregunta Victoria, haciéndola sentarse. «En uno malo, 3 mil; uno bueno, 14 mil.»

«Mi amor, se acabó —me dice Victoria— tengo que irme a trabajar. Si quieres más, pasa por el bar…».

 

SEBASTIÁN

Hace más de una década, si uno continuaba cuadras adentro por la calle Sonora, donde hoy se concentra el grueso de la actividad policial, llegaba a la colonia Aguas Blancas, la Zona Roja de Acapulco por más de 40 años. El Molino Rojo y El Burro, pero La Huerta, como ningún otro prostíbulo, crió legiones de pecadores que se arrojaban a los placeres lúbricos que les prodigaban canadienses, gringas y acapulqueñas que fichaban con los comensales, con la esperanza de emigrar a uno de los 10 cuartos traseros. Los guías de los tours americanos, casi sin excepción, para distender a la clientela se desviaban del itinerario que marcaba el Fuerte de San Diego o La Quebrada. Juan Castro, mesero del Hotel Los Flamingos desde 1968, fue una de las tantas almas débiles: «De chavalo, en los años 60, mis amigos me dijeron, “te vamos a llevar a La Huerta, para que veas cómo bailan. Agarras la que te guste y te echas una cheve”. Les dije, “no sé de eso”. “Véngase chamaco”, me dijeron, “pa’ que se enseñe”. Pagaron todo y me gustó el ambiente. Cada semana iba solo. Ahí me hice hombre».

Pero como siempre ocurre, llegaron los productos importados. El table-dance, Tabares antes que ningún otro, arruinó la vieja tradición de La Huerta, que terminó arrasada junto al resto de la Zona Roja. Hoy, la oferta es diversa, pero el liderato lo tiene Chicas, hermano menor de Tabares.

Mr. Domingo, un enano entrado en años, de smoking y sombrero, me recibe sonriente: apenas cruzo el umbral de este planeta en penumbras neón con astros, cometas y lunas que centellean, estira la mano y me entrega un tequila. Desde mi mesa, ideal, ubicada a la altura del escenario, alcanzo a ver a Estrella, una frondosa morena con cara de muñeca, de unos 18 años, mojando su cuerpo desnudo en la “bañera”, una pequeña cascada de utilería a unos pasos del escenario y los tubos. Junto a ella, otras dos jóvenes, silenciosas, hacen fila para bañarse tras haber bailado con el tubo. No lo harán solas. Alguien del público toma la manguera y rocía los cuerpos perfumados. La escena, inspirada en Náyades y Tritón, de François Boucher, es de una armonía helénica. De pronto, irrumpe Grecia que toma el micrófono.

—Creo que somos un chingo para hacer tan poco desmadre. Total, ¡no los oye su vieja!

El público se enciende, grita, se levanta de la mesa y aplaude. En decenas de pantallas, las películas XXX del canal Hustler insisten en llenar de vaivenes frenéticos el ambiente, cuando en el escenario hay otra cadencia, lánguida y hechicera, que cumple su objetivo: las chicas bambolean sus caderas sobre las mesas, envuelven de caricias a los clientes y los llaman a olfatearlas. El deseo explota y no hay remedio: por 200 pesos “toqueadero”, por 1500 “el amor”. A las tres de la mañana, sexo en vivo. Sobre el escenario, Claudia, una adolescente magra, casi en huesos, se contorsiona nerviosa en el tubo. Elige a uno del público, lo sube y se lo encaja entre las piernas. Un minuto, dos y nada. El chavo opta por subirse los pantalones, asustado ante la tremenda chifladera. Del fondo del antro, alguien levanta la mano y muy decido baja corriendo para subir al escenario. «A este se me hace que lo tuvieron amarrado un mes», grita Grecia. Pero no hay forma: el amor reclama rinconcitos oscuros y no escenarios iluminados. Otra bragueta se levanta. Claudia, resignada, tendrá que obedecer la orden del animador: «ni modo mi niña, te tocó Sebastián». Sebastián, un juguete largo, grotesco y plástico, es lo que Claudia llevará a su intimidad para que la jauría se calme y deje de reclamar a gritos.

Un grupo de juniors entra, con el pecho levantado, mirando a todas partes. El que va al frente abre cancha: cabello largo, piel dorada, músculos poderosos. Es Julián, del DF, un chico Sport City consentido de Grecia. «Ya llegaste, papito —se sincera—. Niñas, a ese ni me lo toquen.». Para él, la mejor mesa, el mejor servicio. Estrella sube al escenario, mirándolo. Él responde, y ella retribuye enredándose en el tubo, apretándolo y soltándolo, moviéndose cual molusco, girando. De fondo, música de Alizee, la Lolita francesa. Los labios de Estrella se entreabren, como si quisieran besarlo, ya, ahorita mismo, mientras ella termina de desnudarse. Vuelca en su cuerpo jarabes de fresa y chocolate y tehuacán, y con las manos se los esparce, voluptuosa, anhelante. «¡Que talento —grita alguien del público—, se ve que desde chiquita le pedía a Santaclós su tubito». «Mami, eres el origen de la civilización teibolera», vocifera otro.

—Estrella, escoge uno —ordena Grecia, desde el micrófono.

No hay duda, será Julián, pese a que la jefa se moleste. Estrella baja del escenario y le ofrece los senos. Julián la toma de la cintura, se pone de pie y los mete en su boca. La multitud grita excitada. La camisa de Julián, blanca e impecable, ahora es un embadurne de chocolate y fresa. Jadeante, toma a Estrella de la mano para perderse en el fondo.