Editorial: Un dos tres




La historia ya te la sabes, y parece un thriller: un día, la
niña desaparece. No, no la secuestraron: simplemente desapareció en medio de la
noche, en su cuarto. No se recibieron llamadas pidiendo dinero. Lo raro fue que
a los padres pareció no importarles mucho que su hija, que padecía de sus
facultades mentales y físicas, estuviera perdida. Los medios lanzaron una
campaña para buscar a la nena. La Procuraduría de Justicia de EdoMex volteó la
casa al revés, y no encontraron nada. A los pocos días, zaz: la niña apareció
muerta al pie de su cama. A estas alturas, los papás eran sospechosos de
haberla matado, voluntariamente o por negligencia: no se descartó que, como
estaban peleados, la desaparición de la niña sirviera como chantaje de alguno
de los dos. La mamá lloró en la tele, el papá, un buen día desapareció; a las
nanas se les tomó declaración, y ahora se les contempla como culpables, aunque
el gran perdedor de todo el caso fue el gobernador del Estado de México, por
inútil. La historia parece una novela de detectives (y, sí, en esta novela
todos somos los detectives, o al menos así nos sentimos), y es tan rebuscada,
que a estas alturas tampoco nos extrañaría que al final resultara ser parte de
la campaña publicitaria de Gandhi para hacernos leer. Así los tiempos en este
(siniestro) mes del niño del año del bicentenario.

 

Pa’ como somos los chilangos: una de las
primeras cosas que hacemos es inventarle chiste a todo. No pasó ni una semana y
ya rolaba por todos lados el chiste cruel: “un, dos, tres por Paulette, que
está debajo de la cama”. Ojetes. Y así como nos burlamos de ella, nos burlamos
del Chicharito, que llegó al Manchester (“Little Pea” será su nuevo nombre de
ataque), de Ricky Martin, de Luis Miguel. Pero no de la iglesia católica (así,
con minúsculas; no nos presiones: por nosotros, le pondríamos “iglesia
caótica”), no de la guerra contra el narco. Se supone que la comedia es
catarsis (decía Monterroso: “la buena comedia pretende hacer pensar y, con
suerte, hacer reír”), pero acá la aplicamos medio chueco. Ni hablar: en
cuestión de crítica a nuestro entorno social, nos parecemos demasiado a la
pobre Paulette: estamos desaparecidos; somos un circo. ¿Cuánto tiempo pasará
antes de que nos encuentren debajo de la cama?