Dime que vamos a parchar

Dfondo

De cabello triste como flor marchita, Charlie Monttana viste jeans grisáceos —debieron ser negros— salpicados de pintura beige, tenis sin agujetas y desabotonada camisa amarilla sin mangas.
El estudio del rockero ídolo del oriente del DF es un cuarto con un baño y un pequeño escenario elevado a la altura de un escalón. Al fondo hay una guitarra eléctrica negra marca Jack Daniel’s, como su whisky, y otra dorada. Las paredes están llenas de fotos de las bandas a las que perteneció; y alrededor vasos, envases de cervezas extranjeras, cartones de Corona y una computadora beige apagada que pudo ser la novedad tecnológica del ‘98: monitor de cara redondeada y trasero grande.
Dany y Lobo, sus hermanos y managers desde hace 25 años —cuando arrancó su carrera musical—, lo oyen silenciosos. «Cuarenta y cinco mil personas», contesta Charlie cuando le pregunto a cuántos ha convocado en un solo fin de semana en sus tocadas de Tlalnepantla, Neza, Chimalhuacán, Ecatepec, Texcoco. Veo sus cachetes hinchados, su piel rosa, sus ojos orientales, la panza que salta como borbotón de su camisa.
¿Qué tiene Charlie, por qué ninguna se le resiste, por qué el conurbado de la ciudad lo adora? «Quizá sean sus letras», me digo, y repaso una de sus más populares canciones:
Dime que vamos a parchar / una dieta de putas hamburguesas, coca, tacos no me hace feliz / me hace falta sentirme pegajoso.
—¿Tu propuesta musical ha cambiado con los años? —le pregunto.
No. Sigo cantado a los borrachos, a las chicas fatales, a los pandilleros, a la cruda, a la soledad, al dolor, al table dance. Ni defiendo a las ballenas, ni a la selva, ni hongos, ni nada ecológico. No hago esas tonterías. Mis canciones pueden sonar a caricaturas ochenteras, no me preocupa. La canción “Como las hojas” tiene una metáfora oculta, pero no tengo el sentido presuntuoso de esos escritores. Para nada me considero poeta. ¿Qué diría (Charles) Bukowski? “Este estúpido está meando fuera de la bacinica” —contesta fuerte y estricto.
El rockstar que arrastra multitudes de groupies desde los 80 vive en gira por México y Estados Unidos. En 2008 pasó casi cuatro meses en Los Ángeles, Austin, Houston y Dallas. Su trote superstar ya le pasa factura. Amante del picante, el alcohol y las desveladas, sufre presión alta, intestinos inflamados, males urinarios. «Me gusta ir al table, comer de todo, estar crudo, oír música suave, echar desmadre», acepta cuando le pido enumere lo mejor de la vida. Estudió en la Escuela Libre de Música, en la Roma, y luego en la Escuela de Iniciación Artística del INBA. «No me sirvió para mucho —acepta—: no sé leer música y canto horrible». Entró a la banda Vago, donde empezó a componer, y un par de años después se integró a Mara. Solista desde hace 13 años, ha grabado 23 discos. «Como las teiboleras, los futbolistas o luchadores —dice Charlie maniatado por el frenillo que le hace decir las “s” como “d”—, la música es esparcimiento. No hay un trasfondo cultural, ni contracultural. El rock es el rock. Punto».  
Entra Fernando Melo, su jefe de prensa, veracruzano en sus 20 que al venir al DF le ofreció trabajo gratis porque era su fan.
Sus hermanos llegan con bolsas de cervezas. Las ponen junto a Charlie y me piden que tome. Me niego, insisten y acepto.
Charlie se para a servirse Jack Daniel’s en un vaso de plástico —también con la insignia del whiskey de Tennessee—, se echa un trago y va a peinarse para las fotos. Cuando vuelve, ahora sí, es él: negros pantalones acampanados, altísimas botas de plataforma y playera negra que dice “I fucked your girlfriend”. El crepé electrifica su pelo y pese a la penumbra luce gafas de sol. El atuendo lo metamorfosea: la modorra se vuelve alegría, habla fuerte, hace movimientos de un lado a otro.
—¿Sólo saldré yo en las fotos, no? —pregunta al fotógrafo casi en una advertencia, pese a que su banda está presente.
—Como quieras, Charlie—le responde.
Monttana se acomoda frente al fondo negro. Mete su dedo a la nariz, cambia de posición la guitarra. En minutos abandonará su casa de muros sin yeso, ventanas sin vista y bolsas de cemento en el piso. Lo espera Tláhuac, donde será, una vez más, la estrella.