Cap. 2 No firmo piratería

Portero, portero

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Tuve que esperar mes y medio para la entrevista. Fueron y vinieron decenas de emails y llamadas. Esa tarde, semanas antes de por fin, llegue a las instalaciones de Coapa. En un muro de la entrada leí el siguiente graffiti “ Te amo MEMO.

Eres el mejor y te amaré siempre”. Entre. El jugador se movía en el campo mientras Romano se dirigía al equipo que enfrentaría a Chivas. El domingo anterior, las Águilas habían caído 3-1 con Pachuca: su octava derrota al hilo en el torneo Clausura 2008.

—¡No me la avientes así! — reclamó Ochoa a “Arturito” González un utilero con parálisis cerebral que en cotorreo le pasó mal un balón. Sin ánimo, atajaba maquinalmente un remate tras otro.

Atrás de la portería, dos treintañeras   teñidas de rubio, jeans ajustados y pechos generosos, no le quitaban la mirada:

“Voy a pedirle que el autógrafo me lo ponga aquí” dijo señalando su escote. Ambas se carcajearon. %u2028%u2028Termino la práctica y el equipo salió del campo. Unos veinte niños lo esperaban:  «¡Memo, Memo!» Le hablaban, tomaban fotos, oían su voz, le pedían autógrafos. El jugador, paciente, repartió firmas en souvenirs que le entregaban los fanáticos.

La dama del escote le pidió una firma (en una playera) y le regalo una sonrisa que Memo nunca vio. Un niño corrió hacia su mamá «¡me tocó la mano!» Una mujer bajita y morena, junto a sus tres hijos, le entrego una camiseta del América. Memo la revisó y la regresó al instante: «Lo siento, señora, no firmo piratería», respondió sin dejar de caminar.

Al acercarme al portero, una rubia de tacones me interceptó, semioculta tras sus lentes oscuros: «deja que se bañe, atienda a Nike y otras personas y estamos contigo».

Manager, representante, amiga íntima, confidente, Naxla Mina, consultora de la empresa Alterpraxis, conoció a Memo en sus oficinas. El Universal organizó entre el americanista y “Kikin” Fonseca una reta de XBOX, máxima afición de Ochoa. Desde este día, la joven, encargada de la promoción de la video consola, le ha entregado al jugador su lealtad ad honorem —según confiesa ella— como publirrelacionista.