Campo libre

Carlos ?lvarez Montero.

En la sala de espera del consultorio del doctor Jang-Ho Moon hay una decena de sillas  negras de plástico recargadas en las paredes. Sobre una mesa hay una grabadora de cassette, un altero de revistas de moda coreanas y varios ejemplares del Hanin Diario, uno de los periódicos en coreano hechos en México. También hay dos anaqueles con libros infantiles y cómics, de los cuales sólo puedo entender los dibujos. Detrás de la recepción, un cuarto con estantes repletos de carpetas. Ahí están los expedientes de sus 3,941 pacientes: coreanos que viven cerca o que apenas hablan español y no pueden explicar sus síntomas a un médico mexicano.

El doctor Moon llegó al DF en abril de 2003. Amigos suyos que vivían aquí lo convencieron de que dejara Seúl y estableciera un consultorio para atender a sus connacionales porque no había ningún médico coreano. Como hablaba algo de español —lo aprendió en Perú, en un centro médico del gobierno coreano— empacó sus maletas y se instaló en la Zona Rosa.

Cuando llegó, no imaginaba lo difícil que sería obtener los permisos para abrir un consultorio. Le dijeron que podía solicitar un FM3 (permiso temporal, con estatus de No inmigrante Visitante) y que hasta después de cinco años, podría obtener un FM2 (calidad de Inmigrado, para profesionistas, empresarios o inversionistas), requisito indispensable para revalidar sus estudios de medicina, pedir un crédito y crear una empresa. Estuvo a punto de regresar a su país pero un amigo abogado solicitó una reunión con el Instituto Nacional de Migración para que pudiera explicar su caso. Aceptaron darle el FM2 y un año después obtuvo su cédula de la UNAM.

«Vine para ayudar, para contribuir a mi comunidad. Aquí no hay otro médico coreano porque es muy difícil. Tiene que hablar castellano y la revalidación es complicada», dice este hombre despreocupado de la competencia. Mientras platica, tiene a un paciente en otra habitación recibiendo suero y otro hombre lo espera en la sala. «El estilo de atención es muy diferente. Por ejemplo, aquí, para ir al médico privado es con cita, pero en mi país, es siempre abierto. Llega la gente y el doctor los atiende. Mis paisanos piensan que es una ventaja, y por eso, además del idioma, me buscan».

Lo que más le gusta de México es «el campo, la tierra inmensa» que observa cuando sale de la ciudad; algo que, por la forma como lo dice, parece que nunca conoció en un país como Corea del Sur, cuya superficie podría caber 20 veces en México. Dice que «tiene un plan» y no piensa regresar a su país de nacimiento. El siguiente paso para el fundador de Grupo HAMECO (Humanitario Amistad México-Corea) es crear un sanatorio para hospitalizar a sus connacionales. Mientras, ya inició el papeleo para nacionalizarse, algo que  pocos hacen.

A diferencia del primer  grupo de inmigrantes coreanos de 1905, muchas de las nuevas olas que han llegado desde los 90 están aquí sólo por un periodo de tiempo y luego se mudan a otros países del continente o regresan a su nación. Aunque ha habido un crecimiento en la población de la comunidad, entre 2002 y 2005 se redujo aproximadamente 10%, según datos del Ministerio de Asuntos Exteriores y Comercio de Corea. En  2009, se expidieron 927 FM3 y 378 FM2 a originarios de Corea.