CALZONES ROJOS

Dfondo

VÍARuy Feben

El auditorio del Centro Cultural Fausto Vega se encuentra abarrotado. Sobre el escenario, proyectada en un fondo blanco, hay una imagen de Juanito de cuatro metros de altura. Carlos, su hijo, toma el micrófono para presentar ante 300 personas el programa social “Todos somos Juanito”, a cargo de Reinventa, la AC del propio hijo de Juanito: «Que se oiga ese ánimo: ¡¿Se va a quedar o no se va a quedar Juanito en Iztapalapa?!», grita Carlos.

La multitud ruge: ¡Jua-ni-to! ¡Jua-ni-to!

El quórum es, por decir lo menos, diverso. Hay una escritora: Trixia Valle, autora del libro La vida en el reventón. Un hombre de negocios: Carlos Morales, presidente de la Asociación de Empresarios de Iztapalapa. Un político: el diputado local electo del PAN Rafael Medina. Y un amigo entrañable de Juanito, enlace con la clase política en esta etapa de reflectores: Román Díaz Vázquez, creador del Círculo Nacional e Internacional (sic) de Seguidores de Juanito, que ya toma el micrófono para soltar una frase memorable, que me hace recordar los sofismas de la prepa: «Juanito es la solución, porque todos somos Juanito».

De nuevo, aplausos, gritos, flashes, celulares que desde la tribuna lo videograban. Juanito improvisa un discurso de menos de tres minutos, pero quizá no alcancen las manos para contar las veces que repite la palabra “pueblo”. Concluye y los vítores renacen.

Concluido el evento, los asistentes se desbarrancan sobre el escenario. Morenas de cabellos dorados hacen cola para sacarse una foto. Una señora trae a su joven hija para que él la abrace. Hombres pero más mujeres lo jalonean, le ruegan atención, le piden pavimentar una calle, poner una luminaria, sacarse una y otra y otra foto. Juanito, destanteado, suda, pero sin dejar de sonreír. A la procesión de fanáticos sedientos de fotos, palabras, aliento y peticiones, sigue otra, de varones con corbata y grandes nombres:

—Juanito, soy Guillermo Porte Romero, vengo de Parte de Cuauhtémoc Cárdenas. Sólo quiero decirte que te apoyamos, ¿te podemos hacer una cita con el ingeniero para el 28?

— ¿De parte del Ingeniero? —responde el maduro Román, brazo derecho de Acosta—. ¡Pero claro!, Juanito siempre ha admirado al Ingeniero.

Como enjambre picado, las grabadoras y micrófonos se le postran en el rostro. ¿Vas a dejar el cargo? ¿Qué opinas de AMLO? ¿Qué le ofreces a Brugada?

Después de 60 estremecedores minutos de celebridad, Juanito llega al camerino, lejos ya de sus seguidores. Está a punto de hacerse varias fotos para Chilango, que le ha rentado un traje talla 42. Con seguridad le va a quedar grande. El político hace una mueca de incomodidad.

Va a un cuarto privado a cambiarse. Me dispongo a hacerle unas preguntas desde del otro lado de la puerta. Cuando lanzo la segunda, me dice: «Mejor pásale». Frente a mí se va quitando el saco, la corbata, la camisa. Queda al descubierto su barriga enorme. Cuando se baja los pantalones, no hay manera de evitar ver la trusa roja que aprieta las nalgas del delegado electo. «Nomás me van a tomar de la rodilla para arriba, ¿verdad? No quiero que se me vean los zapatos cafés, los calcetines verdes y el pantalón negro… voy a parecer (Alfonso) Zayas. Ayúdenme a doblarme las mangas, ¿no? Por favor, agua. Me quiero humedecer el pelo».

Juanito se ve en el espejo, se acomoda la cinta, arregla el nudo de la corbata, pide a su asistente Teresa que le ponga polvo en la cara —hinchada y curtida por el sol— para eliminar el brillo. Juanito está enamorado del espejo y más de Juanito, pero algo no cuadra: el pelo.

Se hinca, levanta su pantalón y saca del calcetín un pequeño peine negro. Como si nada, da a su melena negra volumen y orden. «Me pinto el cabello y los pelos del pecho», confiesa. Y ahora, otra vez, contempla su reflejo, mientras tres asistentes hombres y dos mujeres, inmóviles, observan sentados en los rincones la coquetería del jefe.

Juanito posa delante de un fondo gris con traje oscuro y corbata. Ante la cámara cruza los brazos, levanta su pulgar triunfante, hace cara de malo. Un par de minutos antes de que la sesión concluya, me acerco a él con la banda verde, blanco y rojo para la imagen que pensamos usar en la portada.

—Juanito, queremos ver si te animas a ponértela…

Rafael Acosta observa la banda que sostengo en mis manos y hace un silencio.

Sin hacer un solo gesto ni retirar un instante la mirada de la banda, me dice, muy serio:

—Yo creo que no hay ningún problema.