A cinco cuadras

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La historia de amor de Erick y Karla, contada por él

 –Hola, ¿ya de salida? –fue lo primero que se me ocurrió decirle al verla en ese andén del metro. Yo iba pensando en los proyectos que cada día dejaban en la universidad. Estaba dando lo mejor de mí en esta nueva oportunidad de retomar los estudios universitarios dejados ocho años atrás. Entonces la vi.

–¿Para dónde vas? –le pregunté.

–Voy a Hidalgo.

–Órale, yo también –y comenzamos a platicar. La conocí seis meses atrás, en un taller de la universidad que se impartía dos sábados. Ella cursaba el quinto cuatrimestre de Diseño Gráfico y yo, el séptimo. Me llamó la atención no haberla visto antes. Cuando hubo un descanso, me le acerqué para platicar de todo un poco.

Después de vagar 28 años, mi vida estaba estancada. No me puedo quejar acerca de las victorias y fracasos en el amor, pero haciendo una reflexión, tuve más rechazos que novias, amigas con derechos y relaciones prohibidas. Me sonrío una vez más por recordar a cada una de ellas, con sus terribles y a la vez bellos ojos, comenzar su cruel danza de labios sensuales al decirme “te quiero como amigo”. Qué cagado es el amor.

–Yo trasbordo para Guerrero –me dijo cuando llegamos a la estación Hidalgo. Íbamos por la línea 2.

–Yo también –le respondí mientras seguíamos platicando y avanzando entre un mundo de gente. Al llegar a la estación Guerrero, nos bajamos y continuamos el recorrido del transbordo, ahora hacia la línea B.

–Voy para Plaza Aragón –me dijo.

–Pues yo también –respondí. Ella arqueó las cejas y, dubitativamente, siguió el camino a mi lado.

Un día en la universidad, mi buen amigo Julián me dijo: “Entonces qué, ¿ya vas a dejar el celibato?” “¿Crees que ya es tiempo?”, le respondí, porque la última relación casi termina en tragedia griega y decidí darme un tiempo para descansar de esos dulces pero terribles amores. Habían pasado casi seis meses y mi corazón ya estaba sanado y mi mente regresó de la locura posquebrantamiento del amor. Por consejo de Julián comencé a buscar a posibles candidatas. Ella estaba en mi lista.

Pasó cerca de un mes de esa plática cuando recibí un ultimátum por parte de la bandera de la universidad: “Vamos a ir al cine todos el miércoles y debes invitar a alguien”. Esa fue la sentencia. El martes, ya de salida, me preguntaron si ya tenía con quien ir al cine. “¡Ah, no mames!, se me olvidó”, respondí. Regresé a la escuela y busqué en los diferentes salones donde ya casi no había movimiento. Así que me fui corriendo hacia los talleres que estaban al fondo de la universidad y, en el cruce de un pasillo con otro, me encontré con ella. Mientras giraba 180 grados le grité: “¡A ti te andaba buscando!” Ella se detuvo y, extrañada, se me acercó. Con el aire que me quedaba le solté: “Oye, ¿quieres ir al cine conmigo?”.

–En la siguiente estación me bajo –me dijo al llegar a la estación Tecnológico.

–Yo también –respondí. Conforme habíamos avanzado por la línea B, la plática se había ido quedando sin tema. Además, veía en sus ojos cómo nacía la desconfianza. Trataba en vano de hacer el camino más relajado, pero como que ella me empezaba a ver como un loco acosador. Bajamos de la estación Olímpica con total desconfianza por parte de ella y comenzamos a subir las escaleras.

–Bueno, ¿para dónde te vas? –me preguntó al pasar los torniquetes girándose hacia mí.

–Pues para allá –le dije, señalando hacia la derecha.

–Yo también –respondió sorprendida.

–¿En dónde vives?

–En Fuentes de Aragón, ¿y tú?

–Al lado, en Álamos –y seguimos caminando hacia el mismo rumbo, donde sólo nos dividían cinco cuadras. Ella tenía 15 años viviendo en la calle de Otoño y yo, 21 en la calle de Valle de Teotihuacán. Y nunca nos habíamos visto, ni en el mercado, ni en la papelería, ni en las tortillas, ni en la panadería, ni en los tacos, ni en las tortas, ni en las canchas, ni en la avenida principal, ni en el tianguis, ni en el bazar navideño, ni en las fiestas de amigos comunes. Nos fuimos a encontrar en la Unitec de Cuitláhuac, un verano de 2003.

Llegó el miércoles. Conforme pasó la mañana, y se fue terminando la jornada estudiantil, la bandera se reunía en el mismo lugar donde, día con día, planeábamos los reventones, las salidas y demás cosas de nuestra edad. Poco a poco todos fueron cancelando la salida al cine. Me saqué de onda y les dije que no podían hacerme esto. ¿Cómo le diría que nadie iba a poder acompañarnos? Tal vez me tomara por un loco acosador y pervertido sexual.

–Oye, ¿qué crees?, no quiero que pienses mal, pero mis amigos cancelaron la salida al cine –le dije un poco perturbado y ya un poco resignado–. No quiero que creas que es choro mío, pero si no quieres, igual y no vamos al cine.

–No importa, vamos nosotros solos.

Al poco tiempo comenzamos nuestro noviazgo y después de seis meses, de regreso de una posada, conforme recorríamos la avenida 608, comencé a sentirme extraño. Una voz dentro de mi cabeza me susurraba “hazlo ahora o te arrepentirás”. Esa voz resonaba una y otra vez, me sentía aturdido, no sabía lo que estaba pasando y sólo atinaba a tomar de la mano con más fuerza a mi amada.

Estacioné el carro de mi papá en la esquina de su casa, tomé aquel objeto metálico del portamonedas, bajé del carro y le abrí la puerta. Cuando ella descendió, me arrodillé, tomé su mano, saqué la anilla de un refresco de lata y traté de ponérsela en un dedo. Un poco torpe, sólo atiné a colocársela en el dedo meñique. Alcé la mirada y, con un nudo en la garganta, sólo pude decirle: ¿Te quieres casar conmigo? Ella estaba perpleja, eran las dos de la mañana de un 20 de diciembre de 2003 y ahí estaba yo, hincado, pálido, haciéndole la pregunta más importante de mi vida.

–No te estoy pidiendo que te cases conmigo ahora, mañana o en un mes. Algo dentro de mí me está gritando que si en este momento no te lo pido, me arrepentiré…

Ella estaba atónita y poco a poco comenzó a enjugarse su rostro por pequeñas lágrimas que salían de sus ojos. Por un momento pensé: “¡Diablos! Aquí viene la misma respuesta que tantos años me acompañó en mi vida amorosa”. Me levantó y de sus dulces labios salieron estas palabras: –¡Claro que sí!