7 cosas que detestabas del regreso a clases

Levantarse temprano, el uniforme y más...

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Levantarse temprano, no poder dormir hasta tarde y cambiar los jeans y los tenis por una falda “línea A” y zapatos negros bien boleados son señales de que terminaron las vacaciones.

Aunque a algunos les generaba una especie de ilusión regresar a la escuela para arrancar un nuevo ciclo, lo cierto es que siempre había algo que detestabas desde ese día y se mantenía hasta el fin de cursos.

A continuación, presentamos algunas de esas cosas que te provocaban berrinche el primer día de clases y mantenían enojado todo el año, con el fin de que recuerdes esos no tan lejanos días y no sólo por exponer nuestro traumas de la niñez (bueno sí, algunos).

1. La caja de colores

Muchos padres pensaban que una caja de colores Mapita o Blanca Nieves eran buena opción para que los niños pudieran iluminar sus tareas y trabajos durante el año escolar, pero nunca se detenían a pensar que, en tu opinión, la punta duraba muy poco o solían romper el papel de los mapas con división política sin nombres cuando se presionaba demasiado el lápiz sobre ellos.

Además de los puntos menos en la calificación por el trabajo mal hecho, esto generaba una eterna discusión entre el pequeño que le solicitaba a sus padres una caja de colores de una mejor calidad y los padres que argumentaban que no podían invertir más dinero en un “lujo” como ese.

Lo peor llegaba cuando los niños envidiaban al chavito que sacaba durante la clase una gran caja de metal que contenía varias decenas de colores Prismacolor con los que lograba una hermosa textura y tonalidad en cada uno de los estados de la República Mexicana de su mapa, inclusive, se daba el lujo de iluminarlos todos diferentes.

¿Tú eras de la banda de los Mapita o de los fresas del Prismacolor?

2. Las monografías y biografías

Antes de que existiera la Wikipedia para copiar y pegar la tarea, había que ir a la papelería (sí, ¡salir a la calle para hacer la tarea!) para comprar una monografía o una biografía.

Esos pequeños pedazos de papel servían para leerlos y hacer un texto inspirado en lo que decían en su parte trasera, el cual se ilustraba con los dibujos que venían en la parte delantera.

Las biografías solían estar llenas de imprecisiones históricas y lugares comunes de los personajes, pero curiosamente garantizaban un 10 si las tareas se apegaban a ellas, además, eran una forma de no ir a buscar la información a otra herramienta un poco más complicada: la enciclopedia.

Por su parte, las monografías podían ser de cualquier tema, como “La Primavera”, “El Transporte” o “La Vaca”, y algunas que generaban más traumas que enseñanzas, como “Las Adicciones” o “El Comunismo”, debido a la crítica que había en sus textos y lo grotesco de sus imágenes.

Todavía existen y siguen siendo un recurso muy socorrido por muchos, pero definitivamente internet va ganando la batalla.

¿Cuál es la monografía más grotesca que recuerdas?

3. Los cuadernos

Podían ser uno para cada materia o uno para varias asignaturas, pero no había momento más importante para cualquier niño que pasar del cuaderno de forma italiana al cuaderno profesional. ¡Era símbolo de que ya era grande!

Comprar cuadernos con el margen hecho era un gran alivio para muchos porque, de lo contrario, habría que pasar horas marcándolos con la regla y un lápiz rojo.

Para los que tenían que llevar cuadernos forrados de algún color en particular, resultaba inútil comprarlos con diseños de algún personaje de caricatura en la portada; sin embargo, siempre hacían la lucha para que se los compraran sus papás, aunque pocas veces tenían éxito.

Cuando se usaban cuadernos con divisiones, la peor pesadilla era terminarse una de ellas y dejar otra a la mitad, lo cual era todavía peor cuando se trataba de cuadernos “mixtos”, que son aquellos que tienen una parte con rayas, otra con cuadrícula y una más con hojas blancas.

Muchos niños noventeros trataron de curarse el trauma de los cuadernos supliéndolos con una carpeta con aros (si era Trapper Keeper, mejor) que era todavía más difícil de cargar, manejar y administrar, pero hicieron que muchos estuvieran a la moda.

¿Tú tenías una o no tienes idea de qué es una Trapper Keeper?

4. Forrar los libros

Pocos recuerdan cuál era la portada de los libros de texto, porque la mayoría éstos debían ir forrados, por lo que el trabajo de decenas de fotógrafos e ilustradores ha pasado desapercibido por generaciones (sirva este recordatorio como homenaje a ellos).

Para los que les tocaba forrar sus libros (y no sus papás), no había mejor opción que comprar forros prefabricados, con los que no hacían falta tijeras ni cinta adhesiva, ya que sólo había que colocarlos porque eran hechos a la medida; pero lo cierto es que los padres siempre han preferido comprar varios metros de plástico para tal fin, y los más creativos hasta aprovechan materiales como las bolsas de plástico transparente. El “hule cristal” no era buena opción, porque solía provocar que los libros se pegaran entre sí dentro de la mochila.

Los que querían ser originales le ponían una calcomanía (así le decían antes a los “stickers”) a sus cuadernos, y los que optaban por ahorrar papel (o les daba flojera) sólo forraban la tapa superior de los cuadernos profesionales.

Quién sabe si los libros y cuadernos duraban más cuando se forraban, pero es una tradición (o maldición) que perdura hasta nuestros días.

¿A ti te gustaba forrar tus libros? Si respondiste que sí: ¡¿de verdad?!

5. El pegamento

Ya sea en lápiz adhesivo o en pegamento líquido (“el prít” o “el resistol” para los cuates), este material suele ser de los que más frustraciones ha dejado en los niños.

Las generaciones más longevas seguro recuerdan “el elefantito”, que era un envase en forma de ese animal y que contenía una pequeña cantidad de pegamento blanco, cuya trompa servía de aplicador y la cual solía taparse cuando se secaba (si es que antes no se derramaba sobre los demás útiles dentro de la mochila debido a que la tapa no embonaba muy bien).

Otra presentación del pegamento blanco tenía un aplicador que era una especie de palita adherida a la tapa (similar a la del merthiolate de los botiquines) y que lo único que lograba era dejar grumos sobre lo que se pagaba que parecían efectos involuntarios de relieve.

En cuanto al lápiz adhesivo, éste solía ser el preferido para trabajar, y más si eran de “sabor” uva o algo por el estilo, eso sí, los padres debían revisar que no fueran tóxicos… por si  gracias al color morado y al olor se les apetecía morderlo.

¿De cuál usabas tú? ¿No se te antojaba morder el prit (sin albur)?

6. Los hermanos mayores

Para los que tenían hermanos más grandes con edad suficiente para ir en la misma escuela no había nada peor que les dijeran cosas como “¿por qué no eres como tu hermano?” o “¡qué bueno que no eres como tu hermano!”.

Bueno, sí podía haber algo peor, como heredar el suéter del uniforme, el juego de geometría armado con las escuadras que habían sobrevivido a los dos años anteriores o hasta la flauta para la clase de Música.

Así que hay generaciones enteras que nunca tuvieron su mochila llena de cosas recién compradas al inicio de clases.

¿Tú eras el hermano mayor o el menor?

7. El uniforme

Aunque la SEP dice que no es obligatorio, lo cierto es que la mayoría de las escuelas usan uniforme por diferentes motivos, que van desde la seguridad para los estudiantes ya que con ellos pueden ser claramente identificados, hasta que resultan una solución democrática para que no haya diferencias marcadas entre los alumnos, al menos en su apariencia.

Pero los uniformes casi siempre son feos, de materiales que no se usan en ninguna otra prenda y de colores o estampados que jamás en tu vida se vuelven a usar: ¿quién tiene en su guardarropa un pantalón con diseño “príncipe de Gales”?

Además, con el tiempo, parecía que los pantalones o las faldas se iban “encogiendo”, ya que los dobladillos no terminaban el año escolar a la misma altura donde lo habían comenzado. Así que la ilusión por ponérselo sólo se limitaba al primer día de clases.

Los pantas, trajes de gala y demás invenciones pocas veces eran prácticas para el estudiante, aunque bastante redituables para quienes los vendían y muy dolorosas para quienes las pagaban.

¿Te gustaba usar uniforme? Si no eres policía, sobrecargo o futbolista: ¿te gustaría usar uniforme de grande para ir a trabajar todos los días?

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