30 años después

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La historia de amor de Elia y José Manuel,  contada por él

Todo comienza en 1977, cuando Ely y yo iniciábamos la secundaria. Mentiría si dijera que Ely me llamó la atención desde el primer día. La recuerdo como una chica reservada y estudiosa; sin embargo, prefería el “anonimato”. A mí, me gustaba más estar con mis amigos durante el descanso; pero en cuestión de chicas, aún no se despertaba en mí esa inquietud.

En tercer año, Ely me postuló para jefe de grupo. Con la “autoridad” que tenía, en una ocasión que no estaba el profesor, tuve que encargarme del control del grupo y hubo una guerra campal de alimentos. ¡La empezó Ely!: me aventó una naranja que pegó en mi cabeza. Puse reportes a diestra y siniestra, pero no a ella. No sabría explicar por qué. A partir de ese día ya me le acercaba más, bromeábamos, pero no experimentaba ningún sentimiento más allá de la amistad. Aunque para Ely yo significaba mucho más que un amigo. Me lo confesó hace poco. Me veía como un amor platónico; aunque nunca me insinuó nada. Era muy recatada.

El último día de clases, los dos, tímidamente, buscábamos la oportunidad, entre la multitud de compañeros, de despedirnos. Intercambiamos algunas frases, pero la despedida quedó grabada en mi mente: nos daríamos un beso en la mejilla, pero nuestros labios engañosamente se posaron en las comisuras del otro. Fue muy bello: un beso sin serlo. Para ambos era nuestra primera vez, un beso cálido, furtivo, tímido, pero lleno de emoción y efímera dulzura.

Pero no nació ahí nuestro amor como tal… Ahora lamento no haberme armado de valor para buscarla, preguntarle su número telefónico. Algo para no dejarla ir. Nos ganó la timidez y preferimos dejarlo pasar. Pasaron los años, muchos. Cada quien hizo su vida lo mejor posible.

Aunque el destino trataba de reunirnos. Cuando yo estaba en la universidad, me contó Ely hace poco, ella visitó mi escuela para pedir informes y se encontró a mi hermano. Se reconocieron, platicaron y cuando él le dijo que uno de sus hermanos también estudiaba ahí, ella pensó que se refería a mi otro hermano. La segunda ocasión fue en una reunión del coro de la iglesia. Yo tenía novia y ella apareció. Ely me confesó que sintió feo al verme comprometido y que le hubiera gustado decirme lo que sentía por mí y jugársela con mi novia. Pero sólo nos saludó y después se mezcló con la gente de la fiesta.

Luego nos encontramos en Pericoapa –cuando recién iniciaba, no era como hoy–. Estaba de compras con mi familia (ya me encontraba casado y con dos niñas) y, al pasar por un puesto, ahí estaba ella; el puesto era de su marido y ella llegó de visita con su pequeña hija. Platicamos muy poco ante la mirada fulminante de mi entonces mujer. Ni siquiera me atreví a pedirle su teléfono.

Pasaron los años, muchos más… aproximadamente 30 después de la secundaria. Yo me había separado de mi mujer, mis hijas ya habían crecido. De eso hace cuatro años, en diciembre. Un miércoles fui al mercado sobre ruedas que se pone cada semana en la colonia donde vivo. “Algo” me hizo sentir la inexplicable inquietud de ir, pues no tenía la intención de comprar algo. No me fijo en los rostros de la gente cuando me encuentro en lugares públicos, suelo caminar adonde voy sin más.

De repente sentí una mano en mi antebrazo y escuché mi nombre. Era Ely. Me tomaba con fuerza, como si no quisiera que se desvaneciera ese momento. Cuando pude reaccionar, vi a dos mujeres a mi lado. No podía ubicarlas. “Soy Elia, de la secundaria –me dijo–, ¿no te acuerdas de mí? Ella es mi hija”. Me quedé mudo. ¡Se veía radiante! Era imposible asociarla con la imagen que tenía de ella de la secundaria o con la que tenía de los recuerdos fugaces posteriores. Sólo alcancé a decir: “ Hooola, ¿cómo estás?”. Ely empezó a platicar efusivamente, con una naturalidad que me dejó perplejo. Ya no era la niña tímida que recordaba, todo lo contrario: cabello largo, bien vestida, optimista, alegre, desinhibida, segura de sí misma y muy, muy atractiva. Yo seguía mudo. Apenas alcanzaba a balbucear frases cortas, me sentía muy menso y lento. Cuando su hija dio muestras de aburrimiento, le pedí su número. Me dio el de su casa. Emocionado, sorprendido y prendido de tanta belleza, me despedí.

A partir de ese día sólo tenía su imagen en mis pensamientos. Quería volverla a ver, llamarle e invitarla a salir. Pero no le pregunté, ni ella aclaró, la existencia de un marido. ¿Tendría alguna relación? ¿Existiría un esposo celoso? A los 45 años me sentía como un joven tímido de 15 otra vez. Lo menos que quería era causarle un mal momento en su vida. Decidí esperar para ver si ella lo hacía.

Pasé 30 días de incertidumbre. Cansado de esperar, sin poder soportar más esa angustia que me carcomía, me armé de valor y marqué su número. Esta vez sí me cercioré de no dejar de hacer las preguntas correctas sobre su vida. ¡Estaba soltera y sin compromiso!

Como el tiempo se nos iba, la invité a dar una vuelta en moto. Ella aceptó, aunque ahora sé que les tiene pánico. Fue en nuestra segunda salida, tres días después, que ninguno de los dos pudimos seguir ocultando lo que sentíamos. No fue necesario decir nada, sabíamos que era el momento de acercarnos y disfrutar ese primer beso que ahora gritaba después de 30 años.

Hoy día, Ely y yo nos encontramos comprometidos después de cuatro años de noviazgo. Hemos decidido tomar el reto de vivir juntos. De cuidar este amor que se negó a sucumbir a pesar del tiempo.

Ely me ha dicho que cuando me vio en el mercado no tenía pensado acercarse. Pensaba que seguía casado. Pero a ella también le sucedió algo extraño y maravilloso. Jura y perjura que en el último instante escuchó en su mente: “No lo dejes ir esta vez”.