Prosas etílicas

7 genios etílicos

Charles Bukowski. Hank.

Uno de los borrachos más famosos de la literatura murió milagrosamente a causa de la leucemia. "Milagrosamente", decimos, no por haber disfrutado su deceso, sino por el impresionante aguante que el hígado de Bukowski demostró después de 50 años de alcoholismo.

El autor estadounidense es un borracho famoso a razón de una celebridad autoimpuesta. Escribía sobre sí mismo, sobre su vida urbana y miserable, sus altercados con las mujeres y su pasión por los excesos. Siempre polémico, actuaba desafiante y grosero, violento a ratos, para incrementar con escándalo su creciente fama.

Hank, como le llamaban, era un infeliz trabajador postal que decidió dejarlo todo (menos el vino) por la literatura. Si bien no tuvo un arranque trepidante hacia la cima, sí utilizó sus años de pobreza (vivía en desarrollos residenciales de seguridad social, comía muy poco, trabajaba por horas repartiendo cartas) para llenar su obra de datos autobiográficos. No hay una sola página en sus libros que no recuerde a las farras, la decadencia, la cruda, la autodestrucción.

Murió, entonces, de leucemia. Milagrosamente.

Hunter S. Thompson, el orate
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Hunter Thompson (Linda Arizona Skies)

Su fama reciente lo hace, quizá, el más popular de los escritores de esta lista (que incluye, sí, a Poe y a Joyce). Fue inventor del llamado periodismo gonzo, donde el reportero de alguna nota se involucra tanto en la acción descrita que termina por ser el personaje principal de la misma.

Su libro más famoso, Miedo y asco en Las Vegas, narra unos días de chamba  por encargo llenos de drogas, sexo, alcohol y alucinaciones. Terry Gilliam la llevó a las pantallas de cine.

Thompson fue un radical durante su vida entera: su gusto por los excesos, las armas y la política contestaria lo harían una leyenda para las juventudes admiradas de su sarcasmo… y envidiable diversión.

Tantos años de alcohol, ácidos y cocaína (para acotar de alguna forma sus venenos de preferencia) pesarían sobre el autor, que decidió quitarse la vida un fin de semana tranquilo del 2005.

Truman Capote
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Truman Capote (Richard Avedon)

De pluma ágil y una frialdad narrativa impresionante (falta ver Capote, película estelarizada por Phillip Seymour Hoffman para entender esto, o leer sus textos), Truman Capote entraría a los espacios más selectos de la literatura por su talento poético… y su personalidad provocadora.

Su primer momento de fama vino a finales de la década de los 40, cuando su maravilloso libro Otras voces, otros ámbitos fue acompañado por una fotografía de connotaciones homoeróticas muy escandalosas para la época. Después vino A Sangre Fría, la escalofriante narración de un asesinato múltiple a la mitad del territorio estadounidense que lo consagró como un grande en el mundo de las palabras.

Sin embargo, el éxito fue tan inmenso que Capote dejó de escribir, casi por completo. Dedicó sus días a reventar con la aristocracia social de Nueva York, sentando un precedente importantísimo para los mundos del arte y el glamour. Andy Warhol haría de esta actitud, poco tiempo después, su modus vivendi. Eran grandes amigos.

Pero las farras pesaron. Capote bebía sin parar, consumía pastilla y media, engordó y entró en decadencia. Su necesidad etílica era enorme, tanto así que para sus últimos años no había entrevista que no diera alcoholizado.

A diferencia de muchos alcohólicos suicidas o sobrevivientes, Capote sí fue víctima de sus acciones. Murió de cirrósis a los 59 años, mucho tiempo después de no escribir nada, en lo que Gore Vidal llamó "una brillante decisión para su carrera".