El dios de los ácidos

El libro de la semana por Gnoli y Volpi

En algunas regiones de Europa se utilizaba  antiguamente el cornezuelo del centeno para acelerar el trabajo de parto. A sabiendas de esto, en los años treinta del siglo pasado, los laboratorios Sandoz trabajaron en el aislamiento del principio activo de tal hongo. Al inicio consiguieron la ergometrina que da fuerza a los músculos del útero.

Posteriormente, la búsqueda de un estimulante cardiaco colocó en un “extraño estado de conciencia” al químico Albert Hofmann, cuando sin proponérselo absorbió un poco de Lysergsäure-Diethylamid (LSD-25). Ingirió un cuarto de éste para comprobar la causa de su situación.

El Dios de los ácidos relata el devenir del LSD a través de un par de entrevistas que Antonio Gnoli (periodista) y Franco Volpi (filósofo) realizaron entre 1997 y 1999 a Albert Hofmann. De este modo nos enteramos de cómo esta droga psicodélica fue introducida en psiquiatría y psicoterapia para lograr traer de nuevo a la superficie de la conciencia contenidos psíquicos, olvidados en pacientes en los que el análisis era difícil.

Se intentó emplear como cura del cáncer y el alcoholismo. Incluso, aunque parezca extravagante, la agencia antecesora de la CIA pretendió descubrir elementos antiamericanos en las fuerzas armadas estadounidenses empleándola.

La divulgación masiva de la existencia del LSD llegó cuando algunos personajes públicos compartieron sus vivencias en psicoterapia. Pronto la droga circuló por Hollywood, pero hubo tres ámbitos determinantes para su popularización: el literario con Aldous Huxley; el académico, con Timothy Leary, y el juvenil con su “revolución psicodélica”.

Huxley, que había experimentado con mezcalina, le concedió atributos místicos. Leary fundó una religión cuyo sacramento era la ingesta de la droga. Y la juventud enarboló el ácido como un liberador sexual y una forma de protesta social. Todo lo anterior terminó en prohibición. Más por cuestiones políticas que prácticas, pues en Estados Unidos las pruebas no cesaron.

A partir de ese momento, Hofmann se interesó por el aspecto ritual de algunas plantas con propiedades alucinógenas. Se adentró en el estudio del kikeon empleado en los misterios eleusinos, indagó las semillas de ololiuhqui y el teonanácatl mexicano. Frecuentó a Ernst Jünger, Robert Graves, Kerényi, Gordon Wasson y Georges Dumézil, entre otros.

Lo que comenzó como una indagación científica, llevó a Hofmann a comprender —según él mismo— la importancia de “volver a unas condiciones de vida más naturales”. El químico deja entrever su conciencia plena de los avatares actuales, pero también reflexiona sobre el pasado. Termina la entrevista recordando el mito de Prometeo, quien robó el fuego a los dioses. Recalca que por ello fue castigado. ¿Alusión?

La última investigación de Hofmann fue más íntima y trascendental, lo dijo a sus colegas en Basilea: “La búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida”. 

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El dios de los ácidos (Cortesía)

Dios de los ácidos
Gnoli, Antonio
Editorial Siruela
Precio: $112