Cholombianos: la memoria de una cultura inédita y extinta

Entrevistamos a Amanda Watkins autora del libro y organizadora de la expo

El hecho es categórico: los cholombianos ya no existen. Los aniquiló el estigma social y la oleada de violencia en Monterrey. Así lo anuncian las fichas informativas que dan la bienvenida y cierran la exposición que se acaba de inaugurar en el Museo de la Ciudad de México (Pino Suárez 30, Centro Histórico) y que concluirá el 28 de agosto.

Una expo en honor a lo que se reconoce “como uno de los movimientos más originales del mundo”, según la exposición REBELS, celebrada en el Museo Bargoin (Clermont Ferrand, Francia). En entrevista para Chilango, Amanda Watkins –autora del libro Cholombianos (Trilce Ediciones, 2013) y organizadora principal de la exposición– comenta:

“Es un homenaje. Traté de reunir tanta ropa como pude, ropa que ellos mismos confeccionaron en su momento para llevarla puesta; música, fanzines. También hay algunos escapularios, no muchos porque es algo con un valor todavía más personal para los chavos”.

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El interés de Watkins por la cultura Cholombiana (o colombiana como ésta misma se definía) surge cuando llegó a México en 2007 para trabajar como profesora en una escuela de moda en Monterrey. Por casualidad, observó un baile y la primera impresión que se llevó fue colorida, se encontró con algo inédito, contrastante en una ciudad más bien conservadora y uniforme en sus maneras de vestir. Egresada del Royal College of Art, siempre ha sido una entusiasta del estilo callejero, y la cultura cholombiana le hizo recordar el surgimiento de los punks en Londres.

“Entre la policía y el narco estos chavos fueron desapareciendo”

Al igual que los punks en el contexto inglés, la sociedad rechazó a los cholombianos en Monterrey, los etiquetó de manera negativa. Eran sinónimo de vandalismo y drogadicción. En algunas cartas escritas por ellos mismos –y  exhibidas en una vitrina– se leen frases como: “por la ropa la gente me juzga como marihuano”; “a la gente le molesta nuestra manera de vestir y nos critican”; “me siento diferente a los demás, aunque la gente me diga drogadicto, ratero y todo eso”; “cuando la gente nos ve dice que las fachas que traemos son de malandro”; “las bandas a las que yo represento no son parte de la delincuencia, son amigos que disfrutan de la música colombiana”.

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A lo largo de cuatro años, Watkins documentó el estilo de los cholombianos, llamados así por tomar como bandera la cumbia colombiana y tener como imaginario una tierra paradisiaca de música, playa y sabor, además de incorporar a su estilo elementos de la cultura chola, rocker y hip hop. En la exposición pueden encontrarse algunos bocetos de moda diseñados durante esa estancia en Monterrey, donde confluyen fotografías, apuntes, carteles de baile, dibujos y notas periodísticas.    

Destacan los videos de baile, en los que puede apreciarse en segundos la euforia y singularidad de los participantes. La rueda se forma con pequeños pasos que se condensan. Todos juntos, muy juntos, levantando carteles con los nombres de su kombo, de su barrio, esperando un saludo del DJ y volcados al trance de un música que “los vuelve libres”. Un ritual catártico, “electrizante”, como bien anuncia la instalación. Lo que podemos contemplar en los videos es una celebración de la comunidad, una reafirmación identitaria llena de orgullo, colmada de distinción. Nadie como ellos, nadie con esa apariencia que “no le copiaron a nadie, que no sacaron de ninguna parte, porque quizá no había nadie a quién imitar”.

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Leticia Saucedo, quien vio surgir la cultura colombiana en Monterrey y que participa como autora de un artículo en el libro de Watkins nos cuenta: “Hace más de veinte años comencé a escuchar mucha cumbia clásica en la calle. Tenía un negocio en el centro de Monterrey y veía muchos chavos que acudían a bailar. Me llamaba la atención porque yo recordaba que esa música era la que escuchaban mis papás. Pero la manera en que la bailaban no concordaba para nada con la que yo conocía. Bailaban de una forma completamente distinta”.

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Según relata Saucedo, el look de los colombianos (ella prefiere llamarles así) no era el que ahora conocemos, eso fue cambiando: “Lo que se presenta es un homenaje, ya no están. Entre la policía y el narco estos chavos fueron desapareciendo. Se los peleaban, ambos querían levantarlos”, comenta con un tono nostálgico. Y no es para menos, en medio de una fiesta con cumbia a cargo de los Kombolokos, la ausencia de los festejados es evidente. Nadie baila así, nadie se ve así, nadie celebra así. El día de ayer se abrió el acceso a la exposición de una cultura extinta, criticada por muchos, pero afortunadamente documentada con mucho respeto por unos cuantos.

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