De pronto tu hambre se activa y decides lanzarte al sitio de comida alemana. Por afuera se ve pequeño y cálido; al entrar te darás cuenta de su amplitud, y sus puertas, sillas y paredes (llenas de fotos) de madera rústica te harán pensar en un pueblito europeo.

Los meseros son amables y sugieren probar la ensalada alemana. La dulzura de sus chícharos y de la mayonesa combina perfecto con lo salado del jamón y los cuadritos de salchicha, mientras que las papas tienen impregnado el sabor penetrante de la cebolla. A diferencia de la ensalada rusa, este platillo no es precisamente ligero, pero su porción es adecuada, al igual que la crema de espinacas: rica, calientita y espesa.

Pero con las krakaver todo cambia. Las copas alargadas de cerveza alemana y el salchichón grueso, curvado y alargado, dan la impresión de que uno está en un bacanal. Es casi imposible no preguntarse, cuántas reses, cerdos y terneras se habrán despachado para hacer ese salchichón. A la primera mordida se desparrama la grasa; a la segunda se siente el sabor salado por todos los poros y el estómago se infla.

Para contrastar sabores lo mejor es la mostaza en semillas, tan ácida que dan escalofríos dentro de la boca.

Las papas asaditas que acompañan a la salchicha tienen un gusto sencillo y natural que contrasta con lo intenso de las cebollas. Ahora, después de esta comilona, apenas se puede caminar.

Si eres de buen comer y te gusta la comida pesada, adelante; pero si más bien te inclinas por lo light, probablemente no te convenga este lugar, salvo que quieras probar la gran variedad de cervezas, que van de cuatro a 10 grados de alcohol.