Las tachan de quedadas

En plena celebración

«LOS SHADJANIM SOMOS SÓLO ENVIADOS que hacemos “más fácil” la tarea de H (entre los religiosos judíos no se escribe el nombre de Dios. Se dice H para abreviar Hashem, un eufemismo que significa “su nombre)», me escribe por Facebook Sara Safady, que ha reunido a más de mil “amigos” en un año. «Yo estaba soltera y mi hermana mayor igual, entonces decidí hacer algo al respecto. Si a mí no me llegaba por el momento, entonces intentaría ayudar a los demás con ayuda de H. Muchas de mis amigas ya se estaban casando y yo no había ni salido; es una prueba muy difícil estar esperando a la persona indicada, pero ¿qué hay de imposible para H? ¡Es sólo cuestión de mucha fe, fe y más fe!». A través de los mensajes, Sara está en contacto con cientos de solteros, a quienes investiga un poco antes de buscarles alguien. «A veces salen y a veces no –explica–. No me gusta hablar mucho de lo que he logrado con ayuda de H, pero pienso que cuando uno quiere llevar a cabo alguna labor así, debe de perseverar hasta que H mande la ayuda, y vale mucho la pena».

Sara divide su tiempo entre el estudio de la religión, la casa y la página de Facebook. Por ahora recibe alrededor de 10 mensajes diarios, además de que publica lecciones, historias bíblicas y comentarios pertinentes a la vida cotidiana y ritual varias veces al día. Una de esas lecciones que ha visto cumplirse en carne propia es la de que todo a su tiempo es bueno. «Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no, aunque te pongas; uno no debe nunca perder su fe en H porque en un parpadear de ojos las cosas pueden cambiar». Considera que ayudar a las parejas es una labor sagrada, que debe hacerse con mucho tacto y discreción. Hay quienes optan por métodos más burdos.

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“SI TANTO TE GUSTA, INVÍTALA TÚ”, le dijo un muchacho de 28 años a su mamá cuando intentó señalarle a una chica “preciosa, divina, hermosa” en una boda. Luego los vio bailar una canción y desaparecer en la terraza el resto de la noche. Porque el muchacho, “no es que sea mi niño, pero era un muy buen partido, y juega bien futbol, pero no baila”. La belleza es hoy una de sus nueras. Y ella fundó, a instancias de un rabino de fuera, un grupo de mujeres que hacía enlaces, fiestas, incluso casinos para reunir solteros. “Yo a éste lo caso porque lo caso”, se proponían ante los mejores partidos. Y tan lo casaban que pronto empezaron a buscarlas bobes (abuelas) y mamás para enviarles a sus hijos a escondidas. ¿El método? Empujarlos, empujarlos y empujarlos. Porque si la chamba del muchacho es resistirse, la de mujeres como ellas es insistir. «En mi generación todas se casaban; las feítas, las chinas, las lacias», añora una de las mujeres que trabajó en aquel grupo, motivada por el deseo de contribuir a forjar nuevos núcleos familiares judíos. Y también por la convicción de que perder un eslabón de la cadena es un dolor para una familia de por sí pequeña. Hubo quien dejó a las chicas esperando la llamada o, de plano, plantadas; otros que no encontraron pareja y les recriminaron que no sabían hacer su trabajo.

También los que, una vez establecidos en pareja, las dejaron de saludar, como avergonzados de admitir que ellas les habían ayudado. Irónicamente. Pues según la tradición, hacerle un regalo de reconocimiento a las personas implicadas en el enlace le asegura buena fortuna a la nueva pareja. Por si acaso, en comunidades más estructuradas, como la de Nueva York o Israel, se establecen con frecuencia cuotas de hasta mil dólares por enlace; cinco mil cuando es exitoso… o 10% del precio del anillo de compromiso. Después de aquella conversación en la terraza, cuando la belleza de la boda y el no-bailarín empezaban a salir, vino de fuera un rabino muy grande. El padre de ella les preguntó si les importaría presentarse ante él. El diagnóstico: el muchacho no sólo jugaba bien futbol; no sólo era un muy buen partido; era su bashert. Eso sí, prescribió casarse en dos meses. Porque los rabinos, en estos asuntos, tienen autoridad para prescribir. 

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