El pintoresco sujeto de los carteles

¿Te lo has topado?

El señor de los carteles
Foto: Pável M. GaonaNo es de la ciudad, pero es muy chilango topárselo.

Chilango que se respeta se ha topado a este cuate que, casi de la nada, se aparece en cuanto evento público haya en la Ciudad de México. Ahí donde haya borlote, ahí estará con sus pintorescos letreros.

En la Marcha del Orgullo LGBTI de 2016, por ejemplo, recorrió Reforma con un cartel que decía: «Si vas a tomar la mano de otro hombre, que sea la de Jesucristo». Cuando nuestro añorado DF dejó de serlo para convertirse en CDMX, su manta decía: «Adiós DF: hola Sodoma y Gomorra». Hasta al concierto de Madonna fue y su cartel decía: «Like a sinner» (Como pecadora), en alusión a “Like a Virgin”.

Después de varias semanas de cazarlo, al fin lo encontramos y le hicimos algunas preguntas, para conocer de una vez por todas la historia de este sujeto tan sui generis. Son casi las  siete de la noche y sentados en una esquina de la calle 5 de Mayo del Centro Histórico comenzamos la platicada.

Antes que todo: ¿cómo te llamas y qué edad tienes?
Me llamo Samuel de la Cruz Silva, tengo 51 años.

Como que te oigo un acento del norte, ¿de dónde eres?
¡Según yo ya no se me nota porque he andado por todo el país! Pero tienes buen oído, soy Monterrey, Nuevo León.

¿Qué haces aquí en la ciudad?
Pues lo que ves: propagando la palabra.

Ok, ya. Pero ¿cómo llegaste aquí? ¿Por qué no te quedaste en tu tierra?
Pues mira, yo trabajé años como vigilante en un hospital psiquiátrico allá en Monterrey. Me gustaba mucho leer, la ciencia, ir a conciertos. Sin embargo tenía un problema de depresión y en una de mis crisis renuncié y me fui a Acapulco. No iba a divertirme ni de fiesta a la playa. Quería encontrar un lugar lejano donde nadie me conociera para suicidarme. Pero antes de eso quería ver el mar. Porque yo vengo de una familia humilde y nunca había tenido la oportunidad.

¿Por qué tomar esa decisión tan radical? Si trabajabas en un psiquiátrico, ¿por qué no buscaste ayuda ahí?
¡Sí lo hice! Tomé terapia unos años y no te voy a decir que no me ayudó, sí, era un desahogo. Pero lo mío era más profundo. No creas que uno se suicida nada más porque sí. Lo pensé mucho, aunque fríamente. Finalmente lo planeé todo: pedí vacaciones en el trabajo, compré mis boletos y me fui a Acapulco. Llegando allá destruí mis identificaciones para que nadie me pudiera reconocer. Estando tan lejos de mi casa seguro me aventarían a la fosa común. Al menos ese era el plan.

Un suicida que acabó en la cárcel

Pero supongo que algo no salió como planeabas, porque estamos aquí platicando…
Pues mira, sí me fui a Acapulco y tuve la oportunidad de ver el mar por primera vez. Era la cosa más impresionante, me quedé con la bocota abierta. Pero ya que había cumplido mi último deseo, me fui al cuarto de mi hotel e intenté suicidarme con un picahielo. No me preguntes por qué, pero por más que intenté clavármelo, no se me hundió.

Ay, ahora me vas a decir que eres Wolverine…
[Ríe] Ya sabía que no me ibas a creer. Yo en tu lugar tampoco lo creería. En ese mismo momento yo tampoco me lo explicaba. Como me enojó tanto la situación, después de haber planeado y viajado tanto,  salí a la calle donde estaba mi hotel y me desahogué contra el primer lugar que encontré. Estrellé los vidrios de una tienda y me metí a hacer destrozos.  Ahí me quedé hasta que llegó la policía. Ni siquiera intenté escapar, todavía se tardaron un rato en llegar. Para no hacerte el cuento largo: estuve casi cinco años en la cárcel por daños en propiedad ajena, porque resulta que la tienda era del artista Sergio Bustamante y las piezas que rompí eran carísimas.

Bueno, ¿y eso qué tiene que ver con los letreros que hoy traes?
Pues ahí adentro de la cárcel encontré un grupo de oración cristiana en el que encontré la paz que me hacía falta. Y cuando salí, gracias a ellos ya tenía trabajo comida y dónde vivir. Pero yo sabía que tenía otra misión, adentro de la cárcel me cayó el veinte. He viajado por todo el país pidiendo ride, durmiendo donde me cae la noche. Allá en Monterrey tengo familia y casa dónde quedarme, pero la comodidad no es lo mío: yo voy a donde se necesita la palabra.

¿Entonces estás aquí en la Ciudad de México porque te parece que es donde más se necesita?
Se necesita en todos lados. Hoy estoy aquí mañana quién sabe.

“Hago estos letreros para que la gente se enoje”

Hablemos de tus letreros, que son muy ingeniosos. Yo que durante años hice publicidad y creo que podrías ser buen publicista.
¡Eso me han dicho! Muchos los hago para que la gente se enoje, porque si les das el clásico mensaje bíblico ni te voltean a ver. Por ejemplo, este Día de las Madres, fui al Auditorio Nacional con uno que decía: “La madre de Jesús vale sombrilla: el efectivo es su hijo”. No te quiero contar cuántas veces me la recordaron y hasta me agredieron.

¿Entonces te han agredido por esto que haces?
Uy, claro. Me gritan “loco”, “fanático”, “ponte a trabajar, pinche huevón”. Pero no entienden que este es mi trabajo.

¿Y de qué vives?
Me quedo en un albergue de acá de la ciudad. Y así como hay gente que me agrede o me grita, hay otros que me regalan ropa, comida, algo de dinero y así me la llevo. Pero lo material no me preocupa: mi misión es otra y la tengo clara: predicar la palabra.

Le agradezco por haber contestado a mis preguntas en buena onda. Nos despedimos con un abrazo de cuates y no puedo evitar preguntarme: “¿Me abrazaría igual si supiera que yo soy uno de esos sodomitas que pretende salvar con sus folclóricos carteles?”. En eso se va el hilo de mis pensamientos mientras yo camino por el Eje Central y a él se lo traga la estación Bellas Artes de la línea 8 del Metro.