Lo que los taxistas odian de ti

Todos nos quejamos de ellos pero...

Foto: Cuartoscuro

Los taxistas son unos de los héroes de la ciudad: se la pasan todo el día en el calor infernal recogiendo gente que quiere llegar pronto a su trabajo o a cualquier destino. Muchos se saben la mejor ruta para llegar a tiempo y los más pacientes hasta te hacen el trayecto más ligero con una buena plática. Hay algunos que son medio gandallas -no podemos negarlo- pero hay clientes que también se pasan a la hora de abordarlos. 

En Chilango pasamos varias horas metidos en taxis para saber cuáles son los clientes más enfadosos o qué cosas son las que odian de nosotros. Nos contaron historias escalofriantes de clientes que no saben llegar a su casa y otras de abuelitos regañones ¡Y esto es lo que más detestan! 

Los niños

Una queja común son los niños. “Hay papás que dejan que los chamacos se comporten como en su casa: se suben con los zapatos llenos de lodo y se paran en el asiento de atrás. Unos tiran su refresco, dejan el asiento embarrado de capsu’ y los papás no hacen el intento por limpiar. Pero lo que más odio son que los sientan justo atrás de mí y van pateando como burros, o llevan las piernas estiradas y uno va todo encorvado. No es culpa de los niños, pero los papás deben de entender que no está chido” 

Los abuelitos

“Subir a la gente grande es un albur”, nos dice uno. “Pueden ser bien amables o pueden ser bien latosos: digamos que uno quiere agarrar otra ruta que no es la que ellos acostumbran pa’ llegar más rápido ¿no? ¡pos te regañan!. El otra vez me tocó una viejita que me dijo que le cobraban 30 pesos del aeropuerto a San Jerónimo ¡tarifas de hace años!. Y una vez una ruquita me mentó mi mamacita porque había mucho tráfico y pensó que yo estaba haciendo tiempo para cobrarle más ¡como si fuera mi culpa! A veces mejor ni los subo”. 

¿No sabe por dónde queda?

Otro ruletero nos contó que alguna vez subió a una chica que no sabía llegar a su casa “me trajo dando vueltas como dos horas porque no sabía dónde era. Me metió en la colonia Morelos que está bien chacalona y neta que hasta me dio miedo, ya mejor la bajé. Otros tienen más o menos la idea y quieren que uno adivine, pero pos no “. 

¿No tiene cambio?

Una queja habitual de los taxistas es que la gente quiere pagar con billetes grandes cuando la dejada es de menos de 50 pesos. “La gente debe entender que uno no siempre trae cambio, ya que procuramos cargar poco dinero por aquello de los asaltos. Pagar con un billete de a 500 una dejada de 25 pesos nomás no sale y hay que pararse en una gasolinera o esperar a que pase algún compañero que te quiera cambiar. Y luego hasta se enojan que porque se les hace tarde”. 

Paradas lejanas

Otro taxista nos contó una cosa que detesta: “Está uno en el semáforo en rojo y a diez metros de la unidad una persona hace la parada. Pero no camina hasta el taxi, se queda esperando a que nos acerquemos. Cuando se pone el siga, avanzamos y se quiere subir: por supuesto que toda la fila de autos que está atrás de nosotros se pone a pitar ¿por qué no caminó los diez pasos cuando estábamos parados? ¡Yaaaaa!”.

¿Está bien su taxímetro?

“Sabemos que pagan justos por pecadores, pero vea mi taxímetro”, nos dice uno. “Tiene el sello de que está verificado y en orden. Hay clientes que piensan que les estamos cobrando de más pero la ley nos obliga a traer bien nuestro aparato ¿que hay taxistas que los modifican? Pos sí, sobre todos los piratas, pero para eso hay que fijarse que uno traiga placas y el tarjetón visible. Me molesta que crean que los voy a robar”. 

Si no trae dinero no se suba

La mejor historia la oímos de un taxista del Centro: “Un día se subió una chica muy guapa con escote. Se sentó en el asiento del copiloto y me hizo llevarla a un lugar lejano. Cuando llegamos que me dice ‘no traigo dinero, pero cóbrese’ ¡y se abrió la blusa!. Yo le dije que no, que tenía que entregar cuenta, pero me amenazó diciendo que si no me cobraba así, le iba a llamar a una patrulla porque intenté abusar de ella. Que me salgo y que la bajo de un tirón. Si no trae dinero, pos no se suban ¡ni modo que mis hijos coman de mis fajes!”.

Ya ven, los taxistas también tienen su corazoncito.