La vida dentro de la cárcel

Foto: Cuartoscuro

En 2012, con “Ángel” ya en la cárcel, Misael llegó al dormitorio 8. Era un joven de entonces 16 años que a los 12 empezó a robar y asaltar a transeúntes y pasajeros en el oriente de la capital. Eran como agua y aceite, unidos sólo por su precocidad en el delito: el primero, un sicario, y el segundo, un ladrón que no tenía muertos en su historial delictivo, aunque alguna vez estuvo a punto de matar a dos a golpes. El primero, duro y hosco; el segundo, amable y respetuoso del espacio del madre. La dureza de la cárcel hizo que pronto se unieran y Ángel protegiera a Misael, quien a cambio le daba atención y escuchaba sus lamentos. Misael es, también, una improbable imagen de un delincuente: delgado, amable, sonriente, incluso cariñoso con la gente. Todo eso se borraba cuando se ponía en la actitud cábula y amagaba con matar a peatones si no le entregaban lo que quería. «Yo no lo hacía por dinero tampoco, lo hacía porque me gustaba la atención… supongo que eso fue desde que mis papás se divorciaron cuando estaba chiquito y me empezó a gustar que los chavos de mi colonia me veían con admiración», dice.

Le importaba tan poco el dinero que solía tomar del botín un billete de 500 pesos para pagar 80 pesos en tacos cerca de algún Metro… y el resto lo dejaba de propina. Como Ángel, Misael pensó que nunca lo atraparían, hasta que un asalto descuidado cerca de Plaza Universidad lo llevó a la comunidad para adolescentes “La Cuarón”, donde pasó un año y cuatro meses. Allí cumplió 17 años y, luego, su mayoría de edad. Lloró, escupió, maldijo la cárcel y sus reglas gandallas.

Se prometió que nunca más pisaría un lugar así. –Es que mucha gente no sabe –dice Misael–, pero en mi barrio, en muchas colonias del DF, los chavitos ven como un logro que alguien llegue a una corre(ccional). Te meten, sales y te reciben como héroe. Bien acá. Te alaban en la calle, pero yo dije: “No, están pendejos, eso no es vida”». Acostumbrados a imponer sus reglas, decidieron que nunca más se pondrían a disposición de guardias carcelarios, así que cuando el destino juntó sus liberaciones, en diciembre de 2013 y por unos días de distancia, ambos ya habían trazado un plan con ayuda de la subsecretaría del Sistema Penitenciario del DF: relatar la terrible soledad de una cárcel para menores. Tenían la inteligencia callejera, la credibilidad de la prisión, la labia de pandilla y la experiencia delictiva para hablar con conocimiento de causa. Tenían ganas de echar a andar un proyecto de prevención, motivados por sus propios fantasmas, pero faltaba algo: ¿quién creería que, efectivamente, habían cambiado?

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