La prostitución sí existe

Después de algunas copas y cervezas, Clara me dice: “la vida de una fichera es casi igualita a la de las demás. Todas las mujeres de más o menos mi edad estamos cortadas con la misma tijera”. ¿Y cuál es esa tijera?, le pregunto, Clara se ríe un par de veces y me responde: “pues, ya sabes, el marido huevón y golpeador, los embarazos. Cuando una es joven y la familia no ayuda, ni encuentras trabajo, conoces a una amiga y te recomienda chambear, y así”. 

Además de Clara, en este lugar trabajan 6 mujeres. La más joven tiene 25 años, la mayor, 56. “Ella, por ejemplo –nos cuenta Clara mirando a la más joven–, no es una fichera, porque ficheras ahora sí que nomás las de antes. Y aunque tiene sus clientes, la verdad es que la mayoría prefiere a las ficheras de verdad, no sé por qué, pero así es”.

A través del micrófono que un cantante utiliza para amenizar las noches de este lugar, los mismos “compañeros” de trabajo no dejan de hacer burlas y bromas pesadas respecto a los besos que de vez en cuando hay entre las compañeras de Clara y sus clientes.

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Ficha (Aldebarán Rodríguez)

Le lanzo la pregunta: “¿Y cuando estás con un cliente le aguantas todo?” Ella, sin inmutarse,  responde: “Pues no todo, pero tampoco es como que una pueda hacer mucho y decirle que no. Hay unos que sí son bien caballerosos y te toman de la mano y te dicen palabras bien bonitas, y te tratan con respeto; pero hay otros que desde que te sientas o ya te están tocando las piernas, o te quieren besar en la boca o te quieren meter mano“.

¿Te molesta mucho? “Pues te acostumbras, no es bonito pero es parte de mi trabajo.

Todos estos lugares que pueden estar ubicados en Fray Servando, La Merced, Garibaldi, parecen hechos con la misma fórmula: una amplia entrada principal, un hombre afuera de ésta -que lo mismo hace funciones de guarura que de vendedor de cigarros-, una planta baja con una barra que cualquier hotel de lujo envidiaría y en la que el ambiente es un poco más familiar; una planta alta -que es aquí en donde se ficha- y en donde según se cuenta, hay cuartos que hacían la función de una habitación de hotel exprés, en donde los clientes -si así lo desearan, previo pago del arancel- podían tener relaciones sexuales con la fichera. Esta práctica está casi en extinción debido a que los dueños y gerentes no se arriesgan a una multa, además de que las ficheras que aceptan tener relaciones sexuales, prefieren ir a los hoteles aledaños y no repartir sus ganancias.

¿No sientes nada con los besos? “Ya no, los besos para mí ya son cosa sin sorpresa, a lo mejor a los clientes sí les gustan mis besos y por eso siempre me piden más –risas–, pero la verdad es que a mí los suyos no”. 

¿Y has besado a muchos clientes? “A unos que otros sí, pero no tantos como tú crees” –más risas–.

La prostitución es un fantasma que persigue a todas ellas. De acuerdo con los comentarios de esta mujer de más de 50 años, la prostitución sí existe, pero eso es algo entre el cliente y la fichera.

“Algunas compañeras sí ejercen la prostitución, sería mentira decir que no, pero eso no es algo que todas hagan, si a un cliente le gustaste mucho y quiere algo más, pues te lo va a decir, ¡y más te lo va a decir en este tipo de lugares! Pero ya depende de cada una aceptarlo o no”.

“A veces los clientes quieren sexo, pero otras sólo quieren hablar en un lugar más privado, aunque cada vez son menos los que quieren hablar y cada vez son más los que quieren coger”.

Siguiendo con la plática y antes de terminar su copa, Clara –en tono cortante y serio– por fin me cuenta un poco sobre su vida.

“De mi familia ya sólo me quedan una hermana y mis 2 hijos, aunque la verdad ya tiene mucho tiempo que no los veo. A mis hijos los dejé de ver porque se casaron y se fueron a vivir fuera del DF, y a mi hermana no la veo porque nunca nos llevamos bien, siempre hubo problemas entre ella y yo”. “¿Y tu esposo?”. “A mi esposo lo abandoné porque me golpeaba y me quitaba el poco dinero que ganaba en otros trabajos”.

Lo último que esta mujer me dice, antes de levantarse y seguir fichando es: ” Hay muchos que dicen, esta vieja está bien mensa, ¿por qué no lo denunció?, ¿por qué no se divorció y le exigió pensión alimenticia?. Pero todas esas personas no saben que las cosas en México y con sus hombres, hace 30 años, eran muy diferentes a como son ahora”.

Después de esas palabras, Clara termina de beber su copa, se levanta un poco apresurada de la mesa y se despide de mí, voltea hacia la barra, intercambia miradas y gesticulaciones con una compañera, se aleja de mi mesa y comienza a caminar hasta una nueva; ahí hay un hombre de una edad un poco mayor que la de ella, se detiene frente a él, se sienta justo a su lado, y con su voz ronca y entrecortada le pregunta: “¿me invitas una copa?”.