Las calles también son de los ciclistas

Lalo Reynoso lo vio pronto y salió al segundo carril. Con las prisas, Natan había llevado el pancle siempre en la mano y se lo entregó a Lalo estirado, ya en tercer lugar. “¡Dale, cabrón!”, gritó, y luego se dejó ir, hasta que alcanzó el checkpoint, y entonces tiró la bici. El organizador, que estaba subido a una jardinera junto a una intersección, le alzó el pulgar y en ese momento descalificó a dos: uno le había aventado el pancle a su relevo -se le cayó- y el otro lo entregó más allá de la zona acordada. En aquella isleta, al fin sobre tierra firme, Natan se bebió todos los electrolitos que traía.

La segunda vez que hizo ese recorrido, Lalo Reynoso salió como una bala. Tal como hizo Safa, Lalo, un neoyorquino de aspecto tímido, convirtió la adrenalina un oficio. Trabaja en su cuidad repartiendo pedidos de comida en bicicleta y, para sus clientes, “más velocidad es más satisfacción”. Cuando supo que en el Distrito Federal había una carrera urbana por equipos se pagó un vuelo de fin de semana sólo para competir. Ahora no se le podía escapar ese tercer lugar. Por eso, esa misma mañana, Lalo había seguido a un compañero intentando memorizar todos los puntos críticos.

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En toda su vida sólo había tenido un accidente: un choque poco aparatoso con un ciclista. Pero la víspera de la carrera, en la Colonia Condesa, le habían abierto la puerta de un carro en las narices. Ya sabía que ésta era una ciudad distinta. A Lucas Brunelle, otro neoyorquino que viaja para correr y filmar carreras imposibles, México le pareció un monstruo. Peatones anárquicos, semáforos, policías, baches y coladeras destapadas.

“Ustedes no se dan cuenta de dónde van porque están aquí -cuenta Natan que él decía-, pero correr así en esta ciudad está cabrón.” Lalo diría luego que le impresionó la gente tan diversa que había corrido la carrera. Según Natan, al final de su último documental, Brunelle da gracias “al Distrito Federal, la ciudad en la que más amo correr”. Natan mismo piensa que aquí no tienes derechos. Aquí, el ciclista extremo debe asumir que no tiene la exclusiva para sorprender al resto.

El ciclismo está cambiando poco a poco en la ciudad. Aumentan las ciclopistas, aumentan los usuarios y a su vez ellos cargan la presión a las autoridades. Natan lo reafirma. Y parece que ya no se va a poder sacar la licencia de manejo sin examen, algo que, al fin, resultaba indefendible. Pero le sigue pareciendo inaudito que no se retiren licencias tras cometer una infracción grave que puede costar vidas. La ciudad adolece de incomprensión mutua. Se buscan ciudades más humanas y la sensación es que las inversiones más costosas se planifican esencialmente desde arriba de un coche. En otras palabras, sucede que quienes diseñan la infraestructura para el transporte público no parecen precisamente usuarios suyos. “Yo -dice Natan- comprendí la ciudad y el tráfico cuando me subí a una bicicleta”.

Pancho, el primer relevista, alcanzó a Natan y le echó un grito -“¡vente, vente, vente!”—. Natan recogió la bici y siguieron hacia la meta juntos. Y ya con algo más de calma fueron contándose los pormenores. Antes de quedarse atrás al frenar en un semáforo, Pancho había ido trabajando con “El Chore”. Rivales a largo plazo pueden trabajar juntos contra otro rival común, si eso les favorece. Y ambos sabían que Safa era precisamente al que debían descolgar. “Esta carrera genera sentido de comunidad -dice Natan-. Por eso me gusta. Estás esperando que todo haya salido bien, que tú hagas bien tu parte y el siguiente lo lleve a buenos términos. Te pones en los pies del otro, es muy diferente correr solo.” Mientras pedaleaban, Pancho estaba emocionado: si a Lalo no le sucedía nada iban a quedar terceros.

Los presentes en la meta parecían una familia de suricatos oteando el horizonte. Buscaban cabezas entre los coches a lo lejos. Varios ciclistas pasaron rumbo a sus quehaceres pero al fin alguien gritó: “¡Ahí viene, ahí viene!”. El encargado de la meta mandó despejar la línea imaginaria y el campeón certificó su promesa: Saúl Hernández y todo el equipo de Safa se habían bautizado Get Paid (páguennos).

Les dieron 10,800 pesos para repartir entre los cuatro. Cuando Natan y Pancho entraron en meta alguien les levantó tres dedos -“¡Terceros, qué chingón!”-, y poco después apareció una patrulla y se bajaron dos agentes. Es el fin, pensaron muchos. Y para sorpresa de todos, los agentes pidieron a la masa que ocupara sólo dos hileras y ayudaron a desviar los carros hasta el tercer carril. Se respiraba euforia. Se supo que ocho equipos no habían completado el recorrido aunque al mismo tiempo tampoco se habían reportado.

Después se mencionó algún incidente sin consecuencias graves y que alguno incluso había llegado vomitando, pero lo contó entre risas, era parte del juego. Aparecieron ciclistas veteranos y otro al que su mujer y su madre le trajeron un bebé con el que se fotografió en brazos sobre su bici, como sucede un domingo cualquiera, por ejemplo, en el Paseo de Reforma. Los ruteros, mujeres incluidas, dijeron que el 4×10 no era lo suyo pero que querían repetir. Y, por su parte, Terremoto Crew se había hecho oír.

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El Mundial de Bicimensajeros en el DF

Aquello fue también un calentamiento para el Mundial de Bicimensajeros. Safa y otro repartidor chilango de nombre Joaquín Sánchez confirmaron en Lausana que esa cita que empezó en Berlín en 1993 se haría en 2014 (entre el 28 de mayo y el 2 de junio) en el Bosque de Chapultepec. Allí, ellos y otros muchos correligionarios se encontrarán, ahora sin coches y con sponsors, y el DF se presentará ante esta movida planetaria.

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Días después de la carrera el buen humor seguía. Algunos amigos de Natan recordaron a un chico que, con extraña combinación de jeans estrechos y una bici estratosférica, había corrido los cuarenta kilómetros él solo. Era fácilmente reconocible por la descripción. En los momentos previos, ese chico, apoyado en su manubrio, esperaba un poco apartado. Se le veía tímido, sereno, bien portado, con la misma felicidad en el rostro de quien lleva por todo compañero una flecha y quiere ser parte de algo grande. Desde luego no había pagado, corría por fuera. Pero al cabo de una hora, aunque los mejores equipos lo habían rebasado, ese chico entró con muy buen tiempo.

-Qué chingón que se echó toda la vuelta -dice Natan-. Claro que me late que corriera, al final, la calle es de todos.

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