La Farmacia París: un clásico chilango

Todavía huele a medicina

Carlos Tomasini

La Farmacia París: Todavía huele a medicina

Cuando era niño, en el baño de mi casa siempre había una gran botella de “agua de rosas” que mi mamá y mis hermanas usaban para desmaquillarse y que tenía una etiqueta blanca con letras rosas que decía “Farmacia París” junto a un dibujo de la silueta de la Torre Eiffel.

 

Ir a la Farmacia París era una obligación semanal en mi familia para abastecerse también de algodón Chapultepec, Wildroot para peinarse, rizadores Alma (unos de una cajita verde con el dibujo de una señora), jabones y champú que, supuestamente, salían mucho más baratos que en el supermercado, por lo que valía la pena el viaje semanal en Metro al Centro. Eran los 80 y la crisis obligaba a ahorrar lo más que se pudiera.

 

El establecimiento principal de esta farmacia se encuentra en la esquina de República de El Salvador y 5 de febrero, a sólo tres cuadras del Zócalo. Abrió sus puertas el 28 de febrero de 1944 y todos los que trabajan ahí dicen que nunca han cerrado desde ese día.

 

En el verano de 1950, el Centro Histórico padeció una de las inundaciones más grandes de las que se tiene memoria en la Ciudad de México, y en septiembre de 1985, esa fue una de las zonas más afectadas durante el mayor terremoto que se ha registrado en la capital. Ni esas dos catástrofes impidieron que abriera sus puertas.

 

Aquí no ha pasado el tiempo. Las medicinas siguen pidiéndose en un mostrador central en el que durante las horas pico reina el caos, después hay que formarse en una caja (decoradas con unos faroles en los que se encuentra el número y que no han cambiado en varias décadas) para pagar y, por último, es necesario regresar al mostrador para recoger las medicinas. Todo este ritual puede llevar un largo rato, pero se supone que el precio y la variedad siguen valiendo la pena.

 

En la parte de perfumería también parece que el tiempo se detuvo, porque las cajas y los estantes se parecen mucho a los de aquellos años en los que pasaba aburridas horas viendo anuncios de aceite de hígado de tiburón marca Kanin (tenían dibujado a un tiburón bocabajo, neta) o las botellas de agua de colonia Sanborns. ¡Y todavía hay juguetes!, esos que nunca me quisieron comprar porque “no me hacían falta”. Total, pensaba yo, los juguetes no se compran en la farmacia.

 

Precisamente el aceite Kanin se encargaba de publicar anualmente un almanaque que se repartía gratuitamente y que contenía publicidad, fechas importantes y algunos artículos de interés general. Nunca entendí por qué, pero era toda una tradición buscarlo y guardarlo en un cajón.

 

Conforme avanzaron los años, la Farmacia París fue abriendo “anexos” a lo largo de la calle de República de El Salvador para diversificar su oferta. En uno de ellos era a donde iba a comprar tubos de ensayo y vasos de precipitados para el laboratorio de Química cuando ya estaba en la secundaria. No sé si salían más baratos ahí, pero era seguro que ahí los iba a encontrar.

 

Su fundador fue Ignacio Merino Martínez, un visionario de los negocios, y hoy continúa siendo un negocio familiar, administrado por la tercera generación de estos empresarios.

 

Y es que hay cosas que no cambian, porque junto a las medicinas de patente y productos de perfumería de empresas trasnacionales, los clientes siguen pidiendo, por ejemplo, “panpuerco”, que es una pomada de hierbas hecha (dicen) con manteca de cerdo y que se usa cuando a los niños pequeños les duele el estómago.

 

Esa pomada y otros productos, como los chochos homeopáticos, se elabora ahí mismo, en la propia botica de la Farmacia París que se encuentra en una antigua construcción que sirviera como noviciado para monjes Agustinos (que también se dedicaban a eso) en el siglo 16. Todos los días llegan cientos de personas a comprarlos, ya sea por mera tradición o por su alta efectividad.

 

Otra cosa que no ha cambiado en la Farmacia París es el olor. No sé que sea exactamente, pero es ese típico que, cuando lo hueles, te hace exclamar: “huele a medicina”.

 

Todos los días, a cualquier hora, parece que la Farmacia París está llena, un poco por la variedad de productos que ofrece y otra por la velocidad de su servicio, que también hace recordar aquellos días en los que la gente no salía con tanta maldita prisa a la calle.

 

Quiero tomar fotos, pero al menos dos vigilantes, de la media docena de ellos que hay a mi alrededor, ya me están viendo con cara de sospechoso (quizá porque llevo un buen rato dando vueltas y tomando apuntes), y es que con la cantidad de gente que circula por aquí, no me extrañaría que seguido se les “pierdan” cosas de los aparadores.

 

Por fuera, sigue igualita. El mismo letrero y la misma fachada del edificio a los que se les dio una manita de gato en 1994, cuando cumplió 50 años y fue visitada por el entonces presidente Carlos Salina de Gortari, hecho inmortalizado en una placa que ahí se conserva.

 

Así que vale la pena darse una vuelta por esa esquina y recordar aquellos días en los que los chilangos iban de compras al Centro Histórico. Larga vida a la Farmacia París.

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