Juan José lloró varias veces por el crimen que cometió

Jilipolloa

Juan José lloró inconsolablemente durante el camino. Sólo balbuceaba incoherencias a un par de oficiales de la policía que lo llevaba bajo custodia, esposado con las manos detrás. Descamisado. La patrulla dio vuelta a la cuadra y llegó al conjunto habitacional de donde se originó la llamada de auxilio.

Para entonces, los ojos de Juan José no tenían lágrimas, su manera de conducirse incluso era fría.

Una marea de reporteros, fotógrafos y camarógrafos llegó al lugar en cuestión de minutos. El tip corrió como reguero de pólvora: había ocurrido un multihomicidio en la colonia Del Valle. «Uno sangriento». Se escuchaba y aparecía en los mensajes y llamadas de celular de reporteros de la fuente policial, quienes serían artífices de los 15 minutos de fama de Juan José: era el único detenido.

Desde el asiento trasero de la patrulla, con las ventanas abiertas para permitir que se ventilara el hedor a sangre, alcanzó a decir:

-Entramos y todo el pedo, y allá adentro se empezaron a escuchar gritos. La riña, ¿no?

-¿Cómo escogieron a esta familia?

-Aflójenme las esposas que no puedo hablar- dijo y se retorció. -Estaba en la puerta, abajo, pues, cuidando que nadie se metiera ni saliera.

-Y con el cuchillo, ¿qué?

-Con el cuchillo yo solito me empecé a picar porque pues… me saqué de onda y empecé a decir “ya, ya valí madre”.

-¿Por qué te picaste?

-Porque me quería morir… me le aventé a un carro ahí en la avenida- dijo, y se enjugó la boca y tomó aire. -Como dicen los que se quieren morir, no se mueren…

Después comenzó a llorar de nuevo, pero no sería la primera ni la última vez que Juan José volvería a llorar.

Al salir de la agencia del Ministerio Público, ingresaría al hospital de Xoco para recibir atención por sus heridas y más tarde pasaría un mes en arraigo por parte de las autoridades capitalinas.

Juan José volvió a convocar a los medios un mes después. Ya no estaba ensangrentado, ni siquiera iba vestido de negro. Estaba esposado y vestía ropa deportiva blanca. Se encontraba frente a los mismos medios que lo vieron y lo grabaron cuando confesó su participación en un crimen.

Se dio lectura a la información relevante del caso. La Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal ejercitaría acción penal contra Juan José Báez Rojas, de 25 años, pero también en contra de José de Jesús Martínez Lazcano y Jaime Iván Carranza Báez, quienes entonces se encontraban prófugos de la justicia.

El subprocurador de averiguaciones previas desconcentradas dio más datos sobre el caso: que Juan José llegó temprano al lugar y estuvo en la casa número cinco. Que horas más tarde, pasado el mediodía, regresó junto con sus dos cómplices a realizar un trabajo de pintura. Que los dejaron entrar los dueños de la casa. Que una vez dentro fueron asesinando a María Esther, de 74 años, y a Félix Ernesto, de 35, y Cinthya, de 50, con cuchillos que tomaron de la misma cocina. Que Ismael, de 74 años de edad, no murió en el lugar, pero sí horas más tarde en un hospital de la Ciudad de México. Que la presencia de los sospechosos se probó con muestras de sangre encontradas en el lugar, del mismo modo que se probó que Jaime Iván era primo de Juan José. Incluso se mostró una secuencia fotográfica de los presuntos homicidas entrando a la casa y luego saliendo a toda prisa.

Los fotógrafos rafagueron a Juan José con luces de flash y obturadores superrápidos. Juan José comenzó a llorar, sus lágrimas eran gruesas y escurrían por sus mejillas regordetas hasta caer al suelo. Un llanto silencioso. Frente a los medios, se daba cuenta de lo sucedido y, aunque se ilustraban pruebas, se decía que Juan José y sus cómplices todavía no eran culpables, sino probables responsables.

Este 15 de julio, él y sus dos cómplices fueron sentenciados a una pena individual de más de cien años cárcel, juzgados por homicidio calificado y robo calificado en pandilla. Aquí la nota.

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